Entra en un vagón

jueves, 7 de junio de 2012

Vagón 72. Miguel (4)

Apoyados los dos brazos sobre el borde del lavabo, Miguel dejaba que el agua saliera con fuerza del grifo.

Volvió a hacer un cuenco con las manos que puso mecánicamente bajo el chorro y de nuevo hundió el rostro en ellas.

Esto es una locura, un auténtico infierno. Ni en mis peores pesadillas hubiera pensado … ¡ja! ¿Pero qué es esto? “Ni en mis peores pesadillas” ¡¿Qué soy el protagonista de una mierda de película de sobremesa con diálogos cutres?!

Me estoy volviendo paranoico. Tengo que relajarme. Este tren va a hacerme perder la cabeza. Pero es que el cansancio no me deja pensar, así no hay manera de que mi lado racional tome el control y eso es algo que no me puedo permitir. Tengo que descansar.

¿Y ahora qué pasa? Parece que el tren aminora la marcha, pero ¿por qué razón? Desde que subí a este maldito convoy no habíamos parado nunca, y menos aun en medio de ninguna parte. Quizá estemos parados el tiempo suficiente para bajar y dejar que el aire helado calme la fiebre y la jaqueca que me genera este ambiente enrarecido y la presencia de tanta chusma.

Y seguro que me será mucho más fácil encontrar a ese jodido revisor.

¿Dónde mierda se habrá metido?

miércoles, 6 de junio de 2012

Locomotora. Caronte

Como una ferralla perezosa, la máquina se ha puesto a rodar una vez más. Ahora el tren avanza a velocidad constante, como alegre de desgastar los raíles de la vía. El maquinista es un tipo con suerte, dijo el doctor. Sin ser enterrado en la nieve, la fiebre se lo hubiera llevado con ella hasta el abismo que dicen que hay al final de los mapas. Como un capitán Ahab rejuvenecido, asegura a voz en grito que si para cruzar la Estigia hiciera falta un tren en lugar de una barca, él sería elegido Caronte. No anda desencaminado, porque parece que no hay más trenes en esta tierra yerma, y esta tierra yerma cada vez se parece más a los infiernos.

martes, 5 de junio de 2012

Vagón 21. Podría ser


Podría ser ya verano y la nieve derretirse. Podría ser que Elisa fuera Claire definitivamente. Podría ser que Asile fuera Erialc mirándose a un espejo. Podría ser que el tren se detuviera para siempre. Podría ser que los viajeros saltaran en marcha para enzarzarse con la primavera. Podría ser que no volvieran los fantasmas. Pudiera ser todo mucho más sencillo, natural, fluido como la nieve derretida. Definitivamente Claire. Definitivamente. 

lunes, 4 de junio de 2012

Vagón 42. Otra vez en la ventanilla

Marta se arrodilla frente a la ventanilla con las piernas bien separadas, se pasa el pelo por delante para cubrirse los pechos y que no se los vean desde el exterior del tren, y apoya las manos contra el cristal. Ester se va deslizando hasta quedar tumbada boca arriba con la cabeza entre las piernas de Marta. Marta, desde encima, mira dulcemente a Ester y le dice:

-Te deseo mucho pero aún te quiero muchísimo más.

Ester le busca el puntito con la lengua y, al encontrárselo, se lo llena de besos sonoros. Marta sonríe. Ester empieza a olisquearla y a soplarle entre las piernas y Marta exclama:

-Uy, uy, uy, uy…

-Si aún no he empezado…

-Pero te siento muchísimo y sé que voy a formar un escándalo. Espera un momento.

Marta se incorpora, acude al rincón donde Ester ha dejado bien doblada su ropa y coge las braguitas. Vuelve a su posición y dice:

-Así nadie me oirá gritar.

Y se mete las braguitas de Ester en la boca. A Ester le da la risa viendo cómo sobresalen de los labios de Marta y, cuando se le pasa la risa, empieza a subirle por la cara interna de los muslos mordiéndoselos. Al llegar a las ingles le pasa la lengua y oye un sonido que no consigue salir de la garganta de Marta:

-Mmmmmmmm.

Por fin Ester le alcanza el centro con la lengua y le va subiendo y bajando despacio. Mira a Marta a los ojos y la ve muertecita de placer. Ester sigue moviendo la lengua, se la lleva hasta el puntito y empieza a dar vueltas. Marta empieza a moverse nerviosamente y Ester la coge de la cadera para fijarla y que no se le escape de la punta de la lengua. Se siguen mirando. Ester, al ver cómo Marta aprieta los dientes mordiendo las braguitas, le siente los dientes acariciándole las entrañas y se estremece, Marta se quita las bragas de la boca y dice:

-¡Ester! 

domingo, 3 de junio de 2012

Vagón 37. De vuelta al vagón

Juan entró en el vagón como un remolino. Su infinita sonrisa en aquel rostro arrebatado evidenciaba un encuentro afortunado con la felicidad.

—Tenías que haber bajado, Julia.

—Estás empapado —advirtió la mujer de los juegos sin poder contener el contagio de la alegría de Juan—. Voy a buscarte ropa seca.

—¿Qué has hecho? —preguntó Julia interesada.

—Un muñeco de nieve. ¡Y una pelea de bolas! Y ángeles. ¿Tú sabes hacer ángeles en la nieve?

—Sí. —Julia estira su cuello y asoma la cabeza sobre Juan para ver dónde está la mujer de los juegos—. Me ha dicho cómo se llama —le dice a Juan susurrando.

—¿Sí? ¿Cómo?

—Pues muy fácil, te tumbas en el suelo y mueves los brazos y las piernas. —La pequeña ha vuelto a alzar la voz y levanta las cejas repetidas veces mirando a Juan.

—¿Ángeles en la nieve? No me extraña que estés empapado. Anda, cámbiate —dice la mujer alargándole la ropa al muchacho.

—Pues me lo he pasado muy bien. Tenías que haber bajado, Julia, te habrías divertido.

—A mí no me gusta la nieve, está fría y además moja. Mira cómo te has puesto —al decirlo, Julia se hizo un ovillo, como si el frío que debiera sentir Juan lo estuviera pasando ella. 

sábado, 2 de junio de 2012

Vagón 5. Despertar

El hombre lleva una gorra gris, de visera, como las que usan los revisores de los trenes... Mi mente trabaja a marchas forzadas, tratando de ubicarme en el espacio y en el tiempo. ¿Estoy vivo? ¿Cómo es posible? Me vi, cayendo sobre las vías, justo cuando el tren asomaba del túnel...

El hombre busca en mi pecho. Está tratando de desprender las correas del paracaídas. Miro alrededor, y poco a poco voy comprendiendo. El hombre es el revisor del tren. Ha retirado la lona azul del paracaídas, que había caído sobre mí, cubriéndome totalmente. He aterrizado en uno de los balcones esquineros, debe ser un vagón de lujo. Mi cabeza golpeó, seguramente, contra la barandilla, que ha quedado bastante torcida.

El revisor ha logrado quitarme el arnés, y puedo respirar con libertad, pero el dolor agudo en la nuca vuelve, y otra vez todo es silencio y oscuridad...

viernes, 1 de junio de 2012

Vagón 18. De hambre y frío

Antonieta se fue como vino… insensata, indispuesta, adentrada en su propia cárcel. Se fue como vino, habiendo descubierto que lo que más buscaba no habría de tenerlo jamás.

El demonio estaba aburrido. Miraba a Camila de reojo, sin siquiera ganas de desnudarla en pensamientos. Se había acomodado la corbata y acomodado el pelo revuelto e ignoraba exitosamente el palabrerío de Camila que desde hacía buen rato se concentraba en las calamidades de quien no siente.

- ¿Ahora a tí qué te pasa? –le preguntó Camilia, cuando notó la indiferencia.

- Nada. Déjame descansar. Vete a dar una vuelta por los vagones. Me enfadas.

Camila se levantó entre ofendida y divertida y se le paró en frente:

- ¿Qué? ¿Te arde el hecho de que la despabilada ésa no hubiera podido sentir ni contigo? No tienes la culpa. Viene llena de pájaros en la cabeza y nomás no se puede concentrar.

- Yo no me detengo en esas tonterías. –El demonio estaba tratando de no levantar la voz, para evitar que a la vez se soltara una tormenta.

- Cuéntame, ¿qué tienes?

El demonio miró a través de los cristales sucios. Cerró los ojos y recordó. Esa nostalgia, tan pesada y a la vez tan reconfortante, tan llena de luz. Daría cualquier cosa por volver a sentir la luz. Antonieta lo había arruinado todo. Todo. Estaba convencido cada vez más de que lo que le molestaba de ella era su incapacidad de querer encontrar lo que buscaba. Seguir vagando en el mundo, en los tiempos y las dimensiones, sin volver a ser. ¿Cómo entender tal desvarío?

Camila regresó a los minutos.

- Parece que algo anda mal en el tren. He escuchado en el baño a unas personas decir que se están terminando los víveres. ¿Tal vez por éso no nos movemos? ¿Te has dado cuenta de que no nos movemos? –había un poco de pánico en su voz.

- No me importa. No me incomodes. La que se muere de hambre eres tú a fin de cuentas.

- ¿Tan poco te importo?

- Sólo estoy aquí porque no tengo nada mejor que hacer. En vez de estar ahí parada, ven y siéntate en mis piernas. Quiero sentir tu calor.

- Bueno, pero despacito cuando me sientas, ¿sí? Con este frío no creo que esté muy dispuesta.

El demonio cerró los ojos. Si hubiera podido, hubiese llorado.

jueves, 31 de mayo de 2012

Vagón 37. Encadenando

La mujer de los juegos ha vuelto al vagón. Le pregunto que si ya han hablado con el padre de Juan y me dice que no con la cabeza. Sonríe. Está contenta.

—¿Y Juan?

Me dice que se ha quedado fuera jugando con otros niños. Si quiero, me puedo bajar con ellos, están haciendo un muñeco de nieve. Pero no quiero. Estoy enfadada con Juan por haber puesto triste a la mujer de los juegos. Bueno, ya no estoy enfadada porque ella está contenta.

—No hay ningún teléfono cerca —me explica—. Pero ya han subido comida al tren. Se acabó la coliflor hervida. —Vuelve a sonreír. Está muy contenta.

—¿Jugamos a las palabras encadenadas? —Me gusta mucho ese juego. Nos reímos mucho cuando nos atascamos y nos inventamos palabras que no existen.

—Si quieres… Empieza tú.

—Caracola.

—Lavandera.

—Ra… rábano. ¿Cómo te llamas?

martes, 29 de mayo de 2012

Vagón 42. Recuperando el tiempo perdido

Marta y Ester están desnudas y llevan rato mirándose el cuerpo y acariciándoselo. Marta se da la vuelta y Ester le pasa la mano por la espalda. Luego Marta se pone a los pies de Ester y se los acaricia. Se están resarciendo de los días de racionamiento en que hasta las miradas y las voces se reprimían. Había sido idea de Marta:

-Lo vamos a hacer como yo diga, sin emocionarnos mucho, sin gritar y sin movernos como locas. Cuantas más calorías ahorremos, mejor. Ah, y tú te quitas sólo la falda y yo me quito sólo el pantalón.

Ester se había quedado mirándola como pensando que se había vuelto loca:

-Pero si siempre lo hemos hecho desnuditas del todo…

-Pues mientras dure el racionamiento, no. Por lo que he dicho de no emocionarnos, que si te veo los pelillos, los pezones, el ombligo o los pies me entra un no sé qué que empiezo a morderte y se me van todas las energías.

-¿Si me ves los pies también?

-Pues claro, que los tienes muy bonitos.

Por eso llevan rato con la mirada de la una paseando por el cuerpo de la otra, porque ahora ya no hay barreras. O se miran a los ojos en actitud desafiante a ver cuál de las dos va a ser capaz de provocar más placer en la otra. Por fin Marta se sube al cuerpo de Ester, Ester se aferra a ella con los brazos y las piernas y empieza a moverse para frotar su cuerpo contra el de Marta. Marta le da un beso dulce y, al acabar, le dice en voz baja al oído:

-¿Y esa chupadita que me has prometido?

-Pues ya te estás poniendo contra la ventanilla.

domingo, 27 de mayo de 2012

Vagón 72. Adrián (3)

Sentado en una roca a unos metros del convoy, Adrián siente el viento y cómo éste le desordena el pelo. Siente el sol que calienta su rostro y todo su cuerpo. Siente el frío vigorizante que eriza el vello de sus brazos descubiertos. Pero nadie sería capaz de apreciar ninguno de estos detalles.

El convoy paró hace unos minutos y, siguiendo las indicaciones del médico, el maquinista reposa tumbado en la nieve, por fin tranquilo, libre de espasmos. Mientras, algunos pasajeros se han acercado a la única construcción que se divisa en el horizonte. Suponen que será una granja y albergan la esperanza de encontrar suministros …

Nadie reprocha a Adrián que dejara el estuche encima de su asiento y se alejara unos pasos, en lugar de acompañar a los expedicionarios o de ayudar al médico y la camarera con el maquinista. Ni una mala mirada, ni un comentario susurrado a sus espaldas.

Y nadie se le acerca, nadie hace ruido alguno, mientras acaricia el violín y construye esa melodía hechizada, temerosos de romper el embrujo, ansiosos de escuchar más y rogando no termine nunca ese momento.

Adrián toca. Toca como siempre lo ha hecho. Siendo uno con la música, fundiéndose con el violín, dando gracias.

Y con una gran sonrisa en su sereno rostro.

viernes, 25 de mayo de 2012

Vagón 42. De vuelta a las andadas

El abuelo estaba preocupado. Las dos últimas veces que había encendido el ordenador para comprobar por los monitores del vagón 42 cómo les iba a Marta y a la otra figurita se las había encontrado formalitas: vestidas, sentadas y hablando. Nunca antes las había visto así; es más, nunca antes las había visto vestidas.

El abuelo se había quedado mirándolas y escuchando lo que decían para ver si se enteraba de lo que les ocurría. Pero estaban calladas. Dedujo que no se habían peleado porque estaban sentadas una junto a la otra y cogidas de la mano pero se extrañó de que no se besaran ni se acariciaran.

El abuelo no sabía que se estaban conteniendo por la falta de alimentación y ahora ya está tranquilo porque acaba de encender el ordenador y las ha vuelto a encontrar desnudas. Ester está tumbada boca arriba mientras Marta, recostada a su lado, la mira y le acaricia los pelillos con el dorso de la mano. El abuelo escucha. Y Marta dice:

-Tienes un cuerpo precioso.

-Pues tú más.

-No, tú más.

-Que no, que tú…

miércoles, 23 de mayo de 2012

Vagón 37. En medio de ninguna parte

El tren por fin se ha detenido. Tiene gracia, tenía miedo de que no pudiera parar y ahora daría lo que fuera por que siguiera en marcha. Si quiere llamar a su padre… habrá que llamar a su padre. Supongo que ha llegado el momento de que sepa la verdad. Al menos una parte. La parte.

—De acuerdo, bajemos a buscar un teléfono. —Le tiendo la mano decidida, como estuviera segura de lo que hago—. Julia, ¿tú también quieres llamar a tu madre? Vamos; todos abajo.

—No, no… yo no quiero. —Mi niña abre mucho los ojos para hacer más grande su negativa—. Yo os espero aquí, no quiero bajar del tren.

—Vale, pero no salgas del vagón, ¿de acuerdo?

Julia sube sus pies descalzos al asiento y niega con la cabeza, no puede hablar porque se ha llenado la boca de galletas. Sonrío y le doy un beso. Me la comería a besos. Mi princesita guapa.

Aunque nos hemos abrigado, fuera del tren hace frío. Creo que hemos parado en medio de ninguna parte. Pero están cargando cajas, ¿de dónde las traen? El revisor me cuenta que hay una granja abandonada, miro hacia donde señala y sí, puedo ver un edificio destartalado que podría ser una granja. Le pregunto que si allí ahí teléfono, me dice que no. Respiro aliviada y miro a Juan para que me confirme que entiende que no puede llamar a su casa. ¿Dónde está? Allí, haciendo un muñeco de nieve junto a otros niños.

—¡Juan! Ven, por favor. —Me giro hacia el revisor—. ¿Le importaría repetirme lo del teléfono delante del niño?

No parece que le haya incomodado mucho el no poder llamar. Tal vez no sea el momento de que sepa la verdad. Ni siquiera una parta. La parte.

Dejaré que juegue con los otros niños hasta que nos pongamos en marcha. ¿Quién es ésa? ¿La camarera “simpática”? Sí, es ella. Parece que para ese pasajero sí habrá carne. Qué tontas nos ponemos cuando nos enamoramos. En fin, subiré a hacerle compañía a Julia, mi niña bonita.

—¡Juan! Yo vuelvo al tren, en cuanto suene el silbato subes, ¿vale?

—¡Sí, mamá!

martes, 22 de mayo de 2012

Vagón 21. Ese pequeño bypass de dos horas

En este tren es mejor correr las cortinas para no ver lo que ocurre fuera. El mundo ya no es el mundo. Rodar sobre las vías es ahora la vida, el planeta, la civilización.

Claire tiene un par de horas libres a la semana y nos parece normal a todos. Nosotros, los viajeros, no tenemos que hacer nada al cabo de cada día, mientras ella no puede dejar de atender con sumisión de esclava ni un solo minuto su restaurante. Dijeron que todo iba a cambiar y era cierto. Cambio a peor. Pero solo para algunos.

Ahora, en ese pequeño bypass de dos horas, atajo de la rutina, Claire está desnuda frente a mí. Mientras me besa la cara interna de los muslos, me juro a mí mismo que me pondré un delantal y ayudaré en todo lo que pueda a que este tren sea un poco más acogedor para todos. La llamo Elisa y levanta la cabeza. La llamo Claire y me siento libre de pasados.

La nieve precede al verano. Invariable.

lunes, 21 de mayo de 2012

Vagón 44. Moebius

Sin saber cómo, Yamila volvía a estar sentada en su departamento, con Pelusa en los brazos. Si hubiera sido un gato habría ronroneado. Procuró alejar de su mente la idea del gato. No le apetecía materializar otro bicho del que hacerse cargo. Obtenerlos era sencillo, pero deshacerse de ellos resultaba imposible la mayoría de las veces.

Pelusa saltó de su regazo, encogió de repente y se coló debajo del asiento. Se había abierto la puerta del compartimento de Luz y una oscuridad antinatural invadía el rectángulo de pasillo sobre el que debían haberse proyectado los rayos lechosos de aquel sol de invierno oculto tras las nubes.

Sí, debían de haber parado. Esa vez no se levantó, ni la mujer de negro cerró los ojos. Continuó comiéndose el pasado.

domingo, 20 de mayo de 2012

Locomotora. Volver a estar en marcha

La recuperación ha sido espectacular. El maquinista, hasta hace un rato zombi febril, está ahora como una lechuga, dispuesto a poner pronto este convoy de nuevo a volar sobre los raíles. El revisor y el doctor han hecho inventario de los víveres conseguidos, con ayuda de algunos pasajeros que todavía trajinan pie a tierra. Dicen que en unas horas podremos volver a estar en marcha. Pronto tendré los armarios del restaurante repletos de nuevo. Ha sido un día divertido. Hacía siglos que no jugaba en la nieve.

sábado, 19 de mayo de 2012

Vagón 72. Ángel (3)

¿El joven del violín? Bueno, suponía que aquel estuche albergaba en su interior un violín, vamos, tenía toda la pinta. Pero: ¿y si en lugar de un violín transportara una metralleta, como en las pelis de gánsters?

“Déjate de tonterías, que mira que se te dispara la imaginación y luego no sabes pararla …”, pensó mientras su boca esbozaba una sonrisa por primera vez en mucho tiempo.

Un gánster bueno, con conciencia, que huye de “la familia” porque es incapaz de cumplir las violentas y despiadadas directrices de su condición de miembro de la mafia y desafía a su “padrino”, que manda en su persecución, uno tras uno, a asesinos sin escrúpulos, alma, ¡ni corazón!

“No, DEBE ser un violín”, se obligó a repetir, intentando contener sus pensamientos y apartando la mirada, volviéndola hacia el paisaje que se adivinaba blanco en la penumbra de la noche.

“¿Sabrá tocarlo? Me encantaría preguntarle.”

De pequeño estudió piano. Su madre se empeñó en apuntarle a mil y una cosas con la esperanza de que se fuera curando lo de su timidez y su fobia social: Tenis, inglés, kárate, piano… Los deportes no eran lo suyo, desde luego, ahora bien, la música era otra cosa. Nunca fue bueno, pero le abrió la vida a un mundo que le embriagó y del que ya no pudo separarse nunca. Solo hizo un par de cursos, con aquella profesora encantadora, Aurora, que luego cambió de ciudad, dejándole huérfano y triste. Su madre le apuntó al conservatorio pero tuvo que desistir después de que una extraña fiebre dejara a Adrián postrado en cama casi una semana, entre vómitos y sudores.

“Sí me encantaría preguntarle si es un violín lo que guarda en su estuche. Y si sabe tocarlo.”

“Y me encantaría preguntarle cómo se llama.”

viernes, 18 de mayo de 2012

Vagón 44. Hágase la luz

Yamila acarició a su pelusa negra. En realidad no era una pelusa. En realidad no era nada. Había visto, mucho antes del tren, una película de dibujos animados en la que aparecían pequeñas motas de polvo con ojos. Le gustaron, quiso una y la obtuvo. Se le daba bien obtener cosas.

La pelusa no tenía nombre pero Yamila la llamaba Pelusa. Con mayúscula. Se sabía mayor para mascotas y poco recomendable para madre, pero le había cogido cariño. Fuera del tren, Pelusa vivía de manera independiente. Dentro necesitaba que Yamila la protegiese de los demás. A aquellas motas de polvo no les gustaba la gente. Se asustaban y tendían a desaparecer. Pelusa, además, replicaba las emociones de Yamila. Si la niña dejaba de prestarle atención, Pelusa desaparecería.

Las palmas de Mari Luz también guardaban otras vidas. Dentro de los surcos que le había permitido ver se movían seres muy pequeños. A Yamila le habían parecido reales, aunque no tenía la menor idea de lo que eran. Procuraba no pensar en ellos muy a menudo para no obtener uno de ellos por error.

Pelusa saltó de su regazo, encogió de repente y se coló debajo del asiento. Se había abierto la puerta del compartimento de Luz y una oscuridad antinatural invadía el rectángulo de pasillo sobre el que debían haberse proyectado los rayos lechosos de aquel sol de invierno oculto tras las nubes.

–Tranquila, Pelu. Vuelvo ahora mismo.

Por debajo del asiento asomaron dos ojitos blancos de pupilas negras como las hormigas y Yamila sonrió. Parecía que Pelusa se acostumbraba a aquella otra presencia.

La mujer cerró los ojos en cuanto sintió los pasos de la niña.

–Creo que hemos parado.

Yamila se sobresaltó. Bajo sus pies el tren continuaba con el vaivén monótono que le conocía desde que lo tomara. Tras las ventanas el paisaje pasaba un poco a cámara lenta.

–El tren se mueve.

–Se mueve, sí…

Yamila observó los árboles que raleaban en el exterior. Tenía la sensación de haberlos visto antes.

jueves, 17 de mayo de 2012

Vagón 43. Preguntas

Las cosas no van bien en el tren, no sé exactamente lo que pasa, pero hay mucho movimiento por los pasillos y veo a la gente bastante nerviosa. El convoy ha ido dando frenazos y finalmente se ha parado; estamos en un lugar inhóspito, donde parece que no hay nadie salvo algunos pasajeros que han bajado al andén. Algo le ha pasado al maquinista porque veo que lo llevan en brazos y lo acuestan sobre la nieve, no sé por qué harán semejante cosa. A lo mejor está enfermo.

Desde la última visita, que fue aquel hombre de la gabardina, no he hablado con nadie. Mi vagón es una isla de tranquilidad y tal vez estoy demasiado aislada. Si sucede algo a lo mejor debiera salir y preguntar si puedo ayudar.

Pero no me siento capaz, vivo como sumergida en una nube que me abraza y me impide moverme. Me doy cuenta, mirando a través de la ventanilla, de que ha nevado, el campo se ve blanco y algodonoso, la luz es difusa y llena de colores suaves, debe de hacer mucho frío. ¿Dónde estaremos?, ¿adónde vamos? Y, en realidad, ¿de dónde venimos? ¿Qué hago aquí? Demasiadas preguntas para una mente que está sumergida en cloroformo, que no quiere pensar, ni analizar, ni sentir. Que se deja llevar sin más hacia donde el destino haya dispuesto.

Uno de los revisores se acerca al tren con un carro lleno de cestos, parece comida; tendré que salir de aquí si quiero comer algo, desde que el revisor me trajo las galletas María y el botellín de agua, no he tomado nada. De paso me enteraré de lo que está sucediendo y preguntaré si puedo ayudar.

martes, 15 de mayo de 2012

Vagón 44. Buenos días (2)

–Verá –la niña buscaba las palabras con mucho cuidado–, me gustaría mucho que me dijese el suyo, su nombre. Ya sabe, para estar en igualdad de condiciones.

La mujer sonrió y volvió las manos hacia arriba de modo que la niña pudiera ver sus palmas llenas de líneas marcadas como surcos.

–Tú ya sabes lo que ocurre cuando yo abro los ojos. Sin embargo yo no sé qué has escondido debajo de tu asiento, sólo conozco tu nombre. Creo que en realidad me llevas ventaja.

Los pies de la pequeña bailaban en el aire al compás del traqueteo.

–Eso es verdad.

Las dos se quedaron muy calladas, una frente a la otra. Un rato después parecía que se hubiesen olvidado.

Cuando la niña hizo ademán de levantarse, la mujer reprodujo el gesto como un espejo. Yamila parpadeó, incrédula. Incluso parecía que la otra había menguado para igualar su estatura.

–La gente tiene miedo a la oscuridad. Es absurdo. A mí sólo me asusta lo que se oculta en la luz. La luz es traicionera. La luz produce espejismos y alucinaciones, los fuegos fatuos iluminan caminos falsos que llevan a la muerte.

Yamila volvió a su asiento frente a la mujer.

–Mi nombre, por supuesto, es Luz. Mari Luz; y lo detesto por lo que muestra y por lo que oculta.

En el compartimento de Yamila lo que había escondido bajo el asiento se alteró.

domingo, 13 de mayo de 2012

Vagón Restaurante. Otra tostadita

Hacía días que Marta y Ester añoraban la rutina de sentarse frente a frente en el vagón restaurante y prepararse las tostadas la una a la otra. Pero ahora ya ha acabado el racionamiento y se han comido las dos sus tostadas, la una de mantequilla y la otra de mermelada. Se están mirando las dos cogidas de la mano y, de repente, Ester empieza a preparar otra tostada de mermelada. Entonces Marta dice:

-Pero si ya nos hemos comido dos.

-Hoy necesitamos comer muchas calorías porque, con los días que llevamos haciéndolo sólo una vez… Bueno, que quiero que nos pasemos el día dándonos besitos y lo que no son besitos.

Piden otro café con leche para mojar las tostadas y, al acabar, se cogen de la mano para volver a su compartimento pero, al llegar a la primera plataforma de separación entre vagones, Marta mira alrededor y, al no ver a nadie, arrincona a Ester, la abraza, se estrecha contra ella y le da un beso dulce y largo. Al acabar Ester le dice en voz muy baja al oído:

-Te voy a dar una chupadita que te voy a dejar turulata.

Marta se estremece y le pregunta también en voz muy baja al oído:

-¿Ah, sí? ¿Y dónde?

Aprovechando que Marta lleva falda, Ester le pasa la mano por debajo, la busca, le aparta las braguitas y, al encontrarla, le da un suave pellizco:

-Te la voy a dar aquí pero me vas a sentir aquí.

Saca la mano y le señala con el dedo el corazón.

Marta coge la mano de Ester y tira de ella para llevársela corriendo hacia el compartimento.

viernes, 11 de mayo de 2012

Vagón 7. Diario gráfico

Dibujo para el convoy 89 desde el vagón 7, sobre papel reciclado
Estoy enfadada o enfadado, no sé. El sexo es para débiles. El caso es que llevo horas encerrado en el aseo del tren para evitar las miradas de los asientos vacíos, sé que por un motivo u otro no les caigo bien. Hoy no estoy de humor, sólo pienso en salir y dislocar esos cuellos anónimos mientras duermen, qué gran idea, después podría retocarlos a mi gusto, tengo el material suficiente, es más, sólo tengo pinturas en la maleta. Que magnifica idea, ¡esculturas orgánicas!, seguro así por fin conseguiré el reconocimiento que me merezco.

miércoles, 9 de mayo de 2012

Vagón 37. Comer y callar

Estamos todos callados desde que Juan ha dicho lo de su padre. Ni bosque blanco ni nada. Comer y callar, eso es lo que hemos hecho. Hasta le hemos dado las gracias muy bajito al revisor cuando nos ha dado las galletas.

Juan es tonto, no sé por qué se tiene que acordar ahora de su padre. Con lo bien que lo estábamos pasando. Yo me acuerdo de mi madre, pero no quiero llamarla. Y al tío Carlos menos. Juan es tonto.

—¿De verdad quieres llamar a tu padre? —La mujer de los juegos al fin habla.

—Es que… estará preocupado.

—¿Y si te digo que no lo está?

—¿Cómo lo sabes?

—Lo sé. —La mujer parecía estar escondiendo alguna lágrima—. ¿Lo echas de menos? ¿Quieres volver a tu casa?

—No… no es eso. Es que no quiero que se preocupe. Nada más.

La mujer de los juegos está triste. Pobrecita. Juan es tonto. Qué buenas están estas galletas. Y qué tonto es Juan. 

lunes, 7 de mayo de 2012

Vagón 5. Azul

Todo es azul. Un azul tenue, apenas iluminado. No veo nada más, pero me siento protegido. Estoy dentro de una cálida burbuja azul.

Estoy muerto. ¿Esta es la muerte? Tengo un fuerte dolor en la nuca. El estridente pitido de la locomotora resuena desde el centro de mi cabeza y el dolor se multiplica...

¿Pitido? ¿Es lo que escucho? Y el traqueteo... ¿Cómo puedo oírlo, si estoy muerto? Quiero quedarme en este azul...

Pero el azul desaparece de golpe. Y veo un rostro que se inclina sobre mí, con los ojos desorbitados por el asombro:

— ¡Está vivo! ¡Es un milagro!

jueves, 3 de mayo de 2012

Vagón 21. Elisa/Claire

He ayudado a la camarera y al doctor a bajar al maquinista y enterrarlo en la nieve. Algunos pasajeros han ido a ayudar al revisor en la búsqueda de comida. Otros han bajado a estirar las piernas, como si el eterno viaje fuese en un autobús de escuela.

El maquinista se ha dormido. Necesitaba descansar, el hombre. Mientras el doctor se ha quedado controlando cómo le baja la fiebre, la camarera y yo hemos podido hablar. Me ha dicho que se llamaba Claire y yo le he respondido que la llamaré Elisa. Su familia era francesa, pero nació en Copenhague. Pronto se trasladó toda la familia a Sudamérica, cuando ella era una cría, así que no sabría decir de dónde es. Y por si no hubiera viajado suficiente, ahora era camarera en un tren condenado al perpetuo movimiento.

Acabamos de conocernos, pero no sabemos cuánto tiempo estaremos parados ni cuánto tiempo tardaremos en volver a parar, así que nos hemos dedicado a tirarnos bolas de nieve como dos adolescentes. En plena batalla, he sentido cómo se me secaba la garganta. Al caer rodando por el suelo nevado sobre Elisa/Claire, nuestros labios se han rozado…

martes, 1 de mayo de 2012

Locomotora. La granja

Por desgracia hemos parado en un páramo. El doctor y la camarera han bajado al maquinista y lo han enterrado en la nieve, para que le baje la fiebre.

Yo he ido a la única edificación a la vista, una granja cercana, para ver qué encontraba. Era de esperar que estuviera abandonada, pero no ha dejado de sorprenderme encontrar toda esta cantidad de latas y frascos de conservas. Los habitantes de la granja pensaron que sobrevivirían con todas esas existencias, claro, pero no había ni rastro de ellos. Con ayuda de algunos pasajeros hemos traído todo lo que hemos encontrado en la granja que fuera comestible.

El maquinista, cubierto por completo de nieve, ha podido por fin descansar.

lunes, 30 de abril de 2012

Vagón 43. Un hombre extrañamente misterioso

El hombre se movía con sigilo, iba por el pasillo mirando en uno y otro departamento, como si buscara a alguien. Vestía una gabardina clara que le llegaba casi a los pies, con las solapas subidas hasta las orejas, dejando a la vista su pelo rubio y ralo. Llevaba las manos metidas en los bolsillos; en uno de ellos se marcaba un bulto que bien podría ser la culata de una pistola. Cuando entró en el vagón 43, ella se puso de pie y le dijo, muy enfadada, que aquel era un lugar privado y estaba prohibido el paso.

La miró fijamente, con una sonrisa meliflua en los labios y ojos grises y fríos. Pareció que iba a decir algo, pero cambió de idea y mirando a un lado y a otro, como si buscara de nuevo a alguien, abrió su gabardina y le mostró su cuerpo desnudo, con su pene erecto y tembloroso.

Ella se sorprendió, era lo último que se esperaba; luego le dio un ataque de risa, le señalaba con el dedo y se reía tanto que las lágrimas brotaron de sus ojos. Volvía a señalarle y volvía a reírse.

El hombre la miró sorprendido, aquella alegría fue desapareciendo de su polla, dejando paso a un mísero colgajo de piel morada. Cerró su gabardina, volvió a mirarla, esta vez casi con odio. Y desapareció entre las sombras.

Ella aún se está riendo.

domingo, 29 de abril de 2012

Vagón Restaurante. Raciones de problemas

—Yo quiero un escalope.

—No nos queda carne.

—Entonces una chuletas.

—He dicho que no nos queda carne. Nada de carne.

—Es muy pequeña. —La mujer de los juegos acusaba con la mirada a la camarera—. Dígame qué tiene y que elijan.

—Coliflor y patatas.

—¿Fritas? —A Julia se le iluminaron los ojos.

—La coliflor no, hervida. Las patatas como quieras.

La mujer de los juegos volvió a mirar a la camarera. Ésta entendió la pregunta.

—Hasta que no paremos no podremos repostar, la comida empieza a escasear, sí.

—¿Y cuándo pararemos?

—En cuanto el maquinista nos diga cómo.

—Traiga tres raciones de comida, por favor. De lo que haya.

Sabía que algo no iba bien, lo sabía. Pero hace ya un rato que me ha parecido que el tren va más despacio. Todo se solucionará, seguro.

—¿Sabéis qué haremos? Un bosque de coliflor. Un bosque nevado. Y las patatas serán las rocas. Descubriremos que hay bajo la nieve, ¿vale?

—¡Vale! —respondieron al unísono los dos niños.

—Mamá… —Juan parecía no saber cómo decir lo que quería decir —. Cuando paremos…

—Dime.

—¿Podré llamar a mi padre para que sepa que estoy bien? 

sábado, 28 de abril de 2012

Vagón 42. Galletas María

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Ester y Marta van cogidas de la mano y dando saltitos por el pasillo del tren hacia el vagón restaurante. Están contentas porque por fin el tren ha logrado parar y aprovisionarse. Así podrán –piensa Ester–hincharse de calorías para poder dedicarse a lo suyo.

Han pasado varios días racionándose también los cuerpos la una a la otra. El revisor, que las aprecia, fue a verlas el día antes. Como no quería interrumpirlas en plena faena se detuvo un momento a escuchar desde detrás de la puerta del compartimento, las oyó hablar y dedujo que estaban sentadas. Llamó con los nudillos, abrió la puerta y se las encontró efectivamente sentadas una junto a la otra, cogidas de la mano y con Marta apoyando la cabeza en el hombro de Ester:

-Buenos días, señoritas.

Se incorporaron y dijeron las dos al unísono:

-Buenos días, señor revisor.

-Les traigo una botella de agua mineral y una bolsa de galletas María.

Ester, que había quedado convencidísima de las explicaciones de Marta sobre la necesidad de ahorrar calorías, dijo:

-Preferimos que se las dé a los niños, que gastan muchas calorías correteando por los pasillos del tren, ¿verdad, Marta?

-Sí, señor revisor.

-A los niños ya les he dado y aún quedan algunas cajas de galletas que hemos guardado como última reserva. Así que éstas son para ustedes.

Las dos al unísono:

-Pues muchas gracias, señor revisor.

Entonces Ester preguntó:

-¿Es verdad que el tren no puede parar porque el maquinista está enfermo y nadie sabe cómo funciona la locomotora?

-Sí, señorita.

-¿Quiere que vayamos nosotras y empecemos a tocar botoncitos a ver si para?

-Ya hemos probado de todas las maneras.

Pero ahora ya está todo arreglado. Por fin lograron que el maquinista, a pesar de estar enfermo, explicara cuál era la palanca precisa para detener el tren. Y Ester y Marta siguen dando saltitos por el pasillo del tren. 

jueves, 26 de abril de 2012

Vagón 72. Miguel (3)

Puta vieja. ¿No tendrá nada mejor que hacer que darme el coñazo?

–… y mi hija, la pequeña, Luisa se llama, la tengo estudiando “noséquécosa” de ésas, de los ordenadores de ahora, cosas de esas modernas y ¡muy complicadas! Que yo muchas veces le pregunto, por saber cómo le va , pero la verdad es que no sé ni lo que me dice, que a mí me da igual, porque yo lo que quiero es que sea feliz, y digo yo que qué más da, que antes la mujer solo tenía en mente el casamiento, y la que quería estudiar, pues oye, ¡solterona se quedaba! Que cada una es muy libre y, la verdad, si no encuentras marido, pues bien está que estudies y te busques la manera de ganarte las habichuelas, porque una vez casada, ¡madre mía! ¡olvídate de nada que no sea tu marido, tu casa y tus hijos!, que no tiene nada de malo eso, no señor, que yo no estoy en contra, que la que quiera dedicar su vida al marido, pues muy bien, pero hay más cosas y obligar a una pobre criaturica que no sabe lo que es la vida… 

Tengo que hacerme como sea con un asiento en primera clase. Este tren debe tener coche-cama o incluso compartimentos privados. Tengo que averiguar dónde y hacerme con uno como sea.

–…que es lo que yo he dicho siempre, porque siempre lo he dicho, ¿eh? No se vaya a pensar que yo era de esas mujeres modositas que agachan la cabeza delante del marido y no dicen una palabra más alta que otra, no, ah no, de eso nada, yo si he tenido que decirle a mi Juan, “oye Juan, que eso no está bien”, pues se lo he dicho, y santaspascuas, ¡faltaría más! Que una cosa es una cosa y otra muy distinta es que el marido te dé mala vida, ¡eso sí que no! Que conozco yo un caso, de una conocida mía, que está muy feo decir nombres, que no se vaya usted a pensar que yo soy de esas que se va de la lengua y está todo el día asomá a la mirilla, que no, pero mi amiga la Marielena, ¡ay! ¡Que ya se lo he dicho! Pero qué más da si usted no la conoce! Pensará usted que soy medio boba! Jijijiji pues eso que digo yo que estas cosas hay que decirlas, sí señor, y denunciar a esos sinvergüenzas, esos cobardes que no tienen hombría ni tienen ná, ¡ay, si a mí me pone una mano encima un hombre, ay! ¡pobre de él!… 

En cuánto vea al revisor le preguntaré. Seguro que le convenzo fácilmente para que me proporcione uno de esos reservados. Con el pago adecuado todo se puede conseguir y tiene pinta de ser de los que te consiguen cualquier cosa que pidas si aciertas con el precio. Joder, qué ganas de perder de vista a esta gente.

–…y yo le decía, chica, de verdad, que en Santa Marta nos conocemos todos, ¿tú crees que si él te pusiera los cuernos no lo sabríamos ya medio barrio? Porque otra cosa no, pero mira que si quieres que algo no se sepa no lo hagas, o no lo digas, que esa es otra, que he tenido yo angustias de esas mías, de esas que se te meten en el estómago y te lo cierran y no te dejan comer, ¡con lo que a mí me gusta comer! Que me acuerdo yo cuando mi madre preparaba esos guisos, ¡ay, qué guisos!, debe de ser cosa de los alimentos, hoy día ya sabe, lo dice todo el mundo, nada sabe igual que antes, ¡nada! … 

Necesito un café.

–Disculpe señora, tengo que ir al baño. 

martes, 24 de abril de 2012

Vagón 44. Buenos días

De vuelta del aseo la niña echa una ojeada a la mujer del vestido negro. Ha dejado la puerta de su compartimento abierta. Le gustan las arrugas que tiene alrededor de los ojos. Ella misma no las conserva ya. Ni siquiera cuando hace un gran esfuerzo por sonreír y aprieta los párpados hasta que ve estrellitas blancas como por dentro le salen arrugas.

–Disculpe.

A la mujer de negro le sorprende la interrupción. Le sorprende también el tono adulto de la niña.

–¿Puedo sentarme un momento con usted? –La otra vuelve la cabeza hacia ella pero continúa con los ojos cerrados. Sonríe y más arrugas finísimas se le forman en el rostro, alrededor de los labios descoloridos sobre todo, pero no sólo allí.

–Por supuesto.

–Mi nombre es Yamila.

–Es un bonito nombre.

La niña dudó un momento antes de continuar. Se alisó la falda con mucho cuidado y balanceó los pies sobre el suelo traqueteante. 

domingo, 22 de abril de 2012

Vagón 37. Sólo Juan y Julia

La mujer había visto que en el tren viajaban más niños. Pensó en invitarlos a su vagón para que también pudieran jugar; desechó la idea al instante. Su atención debía centrarse en Juan y Julia. Todo había cambiado, su misión ya no era la de alegrar durante un rato. Había sido muy gratificante ver todas aquella sonrisas a cambio de tan poco: un truco de magia, una manualidad, un cuento…

No tardó en darse cuenta de que muchas veces las sonrisas enmascaraban miedos. Los niños no deberían tener miedo nunca. A nada. A nadie.

Juan y Julia fueron los elegidos. Había que desconectar el radar y olvidar al resto. Juan y Julia necesitaban toda su atención. Escuchar la risa de Julia mientras Juan le mordisqueaba los pies le confirmaba que todo iba bien. Sus niños estaban alejando al miedo.

Y el tren parecía ir más despacio. Sí, todo estaba saliendo bien.

sábado, 21 de abril de 2012

Vagón 72. Adrián (2)

Un estruendo irrumpe en el vagón. Gritos, chillidos y perjuros se oyen por todas partes. Y por encima de la algarabía una voz totalmente desafinada que atruena con algo semejante a una canción:

–“TENGOooOo UNA MUÑECA VESTIDAAAaaAAAa DE AZUUUUUuuuL”

Los llantos de los niños se agolpan contra la pared, como sus cuerpos, desconsolados.

Una ráfaga de viento congela la escena un instante. Al segundo siguiente un joven, sale no se sabe bien de dónde y consigue, no se sabe bien cómo, que su voz, melodiosa, se escuche por encima de la vorágine:

–“¡Vamos niños, hagamos un corro!”

Su cuerpo se interpone entre los niños y el cuerpo semidesnudo de mirada desencajada que no deja de cantar:

–“COooN SU CAMISIiiiiTA Y SU CAAA-NEEE-SUUUUÚ”

El joven sonríe mientras gira y gira. Su voz se entrelaza con la del enajenado, se apodera de ella y se impone. Ya solo se le oye a él:

–“La saquéeeeea paseoooooseme cons-ti-póooooo”

Los llantos empiezan a calmarse. Adrián, no presta atención a nada más. Solo canta y gira, gira y canta, mientras coge de la mano a los niños, que presa del hechizo comienzan a cantar, uniéndose a su voz:

- "La tengoenlacamaaaaa con muchoooooo-dooooo-loooooor"

Ya nadie recuerda por qué este joven se puso a cantar y a bailar con los niños del vagón 72. Solo les queda esa sensación de haber vivido un momento mágico, en el que todos juntos hicieron una gran rueda y pasaron una mañana de cantos y juegos:

-“El patio de mi caaaaaa saaaaa es particulaaaaaaaar”

viernes, 20 de abril de 2012

Vagón 42. Castidad

Ante la escasez de comida, Marta y Ester han decidido racionar también la expansión de sus cuerpos para ahorrar calorías y hacerlo sólo una vez al día antes de la siesta. Están sentadas frente a frente, Ester apoya la cabeza en la ventanilla y, como aún es primera hora de la mañana, pregunta:

-¿Y mientras tanto qué hacemos?

-Pues de momento, quedarnos vestiditas porque si nos desnudamos nos vendrán las ganas. Tampoco podemos darnos besitos y caricias porque también nos vendrán las ganas. Entonces podemos hablar; pero de cosas dulces, no de lo que nos gustaría hacer ahora.

Ester se queda pensando y dice:

-Pero cuando el tren pare y ya haya comida podemos estarnos un día entero haciéndolo, ¿o no?

-Si te acabo de decir que no hablemos de lo que nos gustaría hacer, que me vienen las ganas y hemos de aguantar hasta después del mediodía…

Ester vuelve a quedarse pensando y dice:

-Si el tren no puede parar y nos morimos de hambre, yo me quiero morir abrazada a ti.

-Tampoco hace falta que te pongas trágica.

-Pero si es verdad. Y quiero que me cierres los ojitos.

-¿Y a mí quien me los cierra?

Ester vuelve a pensar y acaba diciendo:

-Tú me los cierras a mí, luego yo te los cierro a ti. Y después, nos abrazamos bien fuerte y ya nos podemos morir tranquilas. Pero antes nos vestimos para estar decentitas cuando nos encuentren.

A Marta le da la risa y contesta:

-Ah, no. Si nos morimos abrazadas quiero que estemos desnudas para sentirte el máximo de piel en mi piel. Y que nos encuentren como nos encuentren. 

jueves, 19 de abril de 2012

Vagón 42. Ante el racionamiento

Marta y Ester llegan al vagón restaurante a desayunar y lo ven vacío. La camarera les dice que no puede servirles el desayuno porque hay un problema y se está acabando la comida. Ellas no preguntan más porque algún rumor les ha llegado de que algo pasa y saben que el tren lleva muchos días sin parar y no puede haberse abastecido.

Vuelven de la mano hacia su vagón y Marta parece pensativa. Al entrar en su compartimento Ester, como cada día, empieza a desabotonarse la blusa para desnudarse pero Marta le pide que espere. Luego recogen la manta y entre las dos echan atrás los asientos para reconvertir la cama en los seis asientos del compartimento. Ester pregunta:

-¿Qué pasa?, ¿hoy no toca?

Marta se sienta junto a la ventanilla de espaldas a la máquina y pide a Ester que se siente frente a ella. Entonces Marta dice:

-No sabemos cuánto va a durar la falta de comida y tú y yo gastamos muchas calorías con lo nuestro. Así que habrá que racionarlo.

-¿Racionarlo?, ¿cómo?

-Pues, mientras no haya comida, haciéndolo una sola vez al día. Al mediodía es el mejor momento, antes de la siesta. 

miércoles, 18 de abril de 2012

Vagón 37. Chinchando

Qué chinche es Julia, siempre está enredando. A veces me cansa y me hace enfadar pero la mayoría de las veces me lo paso bien con ella. Es tan chiquitita… podría ser mi hermana pequeña, pero no lo es. No es nada mío. Como tampoco lo es la mujer de los juegos.

La única familia que tengo es mi padre. Mi madre se murió antes de nacer yo, eso dice mi padre. Yo no entiendo cómo puede ser eso, pero es lo que dice papá. La atropelló un coche. Por eso mi padre no me dejaba salir a la calle, para que no me pasara nada. A mi padre le da todo mucho pavor, a mí no me asusta nada. Cuando era pequeño sí me asustaban muchas cosas, mi padre me enseñaba a tener miedo, pero ahora no: ahora soy mayor y no le temo a nada.

La mujer de los juegos se ponía todos los días frente a mi ventana. Yo me escapaba en cuanto la veía. Algunas veces mi padre no se enteraba, pero cuando se daba cuenta salía buscarme y me devolvía de una oreja a mi habitación, lo peor era el cinturón. En la calle nunca me pasó nada malo; en mi habitación papá me castigaba con la persiana bajada para evitar tentaciones, eso decía.

Ese día, según crucé la calle la mujer me dijo: “ven, corre”. Y yo la seguí hasta un coche.

—¿Quieres que nos escapemos a vivir una aventura?

—¡Claro! —Lo estaba deseando. Quería vivir aventuras.

Ahora estamos en este tren tan extraño y es verdad, todo es una aventura. ¿Estará mi padre preocupado? Al pobre le da tanto miedo todo…

Ya está Julia otra vez con las pataditas… qué chinche es.

—¿Y ahora qué? —Tengo su pie descalzo bien agarrado. Se va a enterar…

martes, 17 de abril de 2012

Vagón 5. Caído del cielo

Ya no hay apeaderos como este, en el que paran pocos trenes al día y el jefe de estación está siempre durmiendo.Un fortísimo tirón me despierta, bruscamente. Siento que, además de salir de un profundo sueño, también me detengo luego de una vertiginosa caída. Y no estoy lejos de la realidad, me lo dicen el arnés y los tiradores que me sujetan por debajo de los brazos y se unen allá, arriba, a la inmensa y colorida lona del paracaídas.

Estoy mareado y confuso. No sé cómo llegué a esta situación, pero me doy cuenta que ahora eso no cuenta. Lo importante es mirar hacia abajo, para ver lo que me espera.

El descenso, ahora, es lento. El paisaje se baña, lentamente, de tonos anaranjados: está amaneciendo. Si no fuera por las circunstancias, me hubiera sentido un testigo privilegiado de las hermosas imágenes a las que, despacio, me voy acercando. La geografía no me resulta demasiado extraña, pero el lugar concreto que puedo abarcar con la mirada es desconocido para mí. Es una zona de montañas, no muy altas, y un espacioso valle, que se adivina muy fértil, irrigado en toda su longitud por un sinuoso río. La nieve resalta, luminosa, en las zonas más altas, a medida que el sol las descubre, pero en el fondo del valle todo es verde.

El paracaídas, a la vez que desciende, va dando un rodeo a la montaña, impulsado, tal vez, por las corrientes de aire que ésta provoca con su altura. Veo muy cerca las paredes rocosas, cubiertas de arbustos nevados, pero la misma fuerza del aire me mantiene alejado, y siento que no hay peligro de estrellarme. Ya casi al pie de la montaña, aparece ante mí una suave meseta, que se extiende a un lado del valle. Y, como delineando el borde, reconozco la cinta plateada de las vías del tren. El trazo se pierde en la oscura boca del túnel, que horada las entrañas de la roca.

Me quedan unos doscientos metros para tocar tierra y calculo que será sobre las vías, a poca distancia de la entrada del túnel. Cien metros... Ochenta... Escucho un rumor sordo, que en principio no reconozco. Cincuenta metros... Es un ruido acompasado... ¡No puede ser! ¡Es un tren! Treinta metros... ¿Será una fatídica casualidad? Caer sobre las vías... ¡para ser arrollado!

La impotencia me domina y cierro fuertemente los ojos, mientras mi voz, musitando una plegaria, se pierde entre el ruido ensordecedor de ese monstruo de hierro, que surge resoplando, avasallante, desde el vientre de la montaña.

lunes, 16 de abril de 2012

Vagón 18. Ménage à trois

Camila tenía al demonio entre las piernas, cuando se abrió la puerta del vagón.

–¿Con quién hablas? –le preguntó Antonieta.

Camila la miró de reojo, aún ruborizada por la pasión insatisfecha.

–Con nadie. Yo no le hablo. El que me habla es él.

Antonieta se agachó para seguir la indicación de Camila y descubrir de quién se trataba.

No dijo que no veía a nadie. Ni le importó.

El demonio subió la mirada para mirarle las piernas a la mujer recién llegada. Aún dentro de Camila, embelesado en su poder.

Antonieta se acercó despació al asiento de Camila. Parecía que no pisaba el suelo cuando caminaba. Se mecía con el movimiento del tren, el chaca-chaca de la máquina; el movimiento de la interminable espera por llegar. Llegar... Venir... qué más daba. Era el viaje; las ganas...tantas ganas.

–¿Me dejas a mí un momentito? –susurró Antonieta.

–¿A quién le preguntas? ¿A mí o a él?

–No me importa. Solamente quiero sentir.

Camila se subió aún más la falda y le extendió la mano.

–Y tú, ¡con cuidado! –mirando seriamente al demonio–. No la vayas a asustar. Todavía no sabe lo que es sentir. Habrá que enseñarle poquito a poquito.

domingo, 15 de abril de 2012

Locomotora. En unos minutos estaremos parados

El tren va en piloto automático. El maquinista empeora. También hay problemas con los suministros. Así que no sé qué es más preocupante, si la velocidad del tren o la escasez de comida. El doctor dijo que quería enterrar al maquinista en la nieve, para hacer que la fiebre remitiese. Yo le respondí que si sabía él cómo se paraba el tren, adelante con el entierro.

El maquinista ha desarrollado pústulas y escaras. Dice el doctor que si fuera contagioso ya estaríamos todos infectados. A base de bofetones hemos intentado que nos explique cómo se para el tren. Parece que ha reaccionado y señala una de las palancas, la más grande, a la derecha del tablero de control.

Al tirar de ella, el tren ha comenzado a detenerse con cierta brusquedad. No ha sido un frenazo, pero es evidente que en unos minutos estaremos parados.

sábado, 14 de abril de 2012

Vagón 44. Con los ojos abiertos

Junto a la esquina, a la derecha de la puerta más cercana a la locomotora, la mujer del vestido negro abotonado hasta el cuello ha abierto los ojos por primera vez. Los ha cerrado enseguida. En ese lapso mínimo de tiempo la niña ha sentido una sacudida, la madera del vagón ha crujido y las ruedas han chirriado. Como nadie estaba mirando a la mujer, nadie ha relacionado sus ojos abiertos con la sacudida. Como nadie estaba mirando a la niña, nadie ha visto que se ha pillado la piel de uno de sus pulgares pequeños y tiernos con una de las tablas de su asiento. Ha preparado un doble fondo allí.

Por segunda vez la mujer ha parpadeado. La segunda sacudida también ha durado poco, la niña no se ha herido las manos pero se la ve preocupada. Quizá su compartimento secreto no sea seguro. Si el tren se mueve tanto, es posible que lo que oculta bajo el asiento no esté a salvo. Los golpes no son buenos. Tampoco la ausencia prolongada de luz.

Mientras piensa cómo solucionar holgura y oscuridad pierde su mirada en el fondo opuesto del vagón. Entonces ve los ojos abiertos de la mujer, las pupilas anormalmente grandes, anormalmente negras. Ve cómo la luz del exterior se vierte en ellas y el vagón queda a oscuras durante un momento. No está segura, pero cree que si se hubiera mirado las manos en ese instante no se las habría visto. De hecho, aunque tampoco está segura, tiene la impresión de haber dejado de sentir su cuerpo mientras miraba los ojos negros de la mujer.

En cuanto se asegurase de que había vuelto a cerrarlos recuperaría su manta.

viernes, 13 de abril de 2012

Vagón 43. Como en las películas


Quiso hacer como en las películas, dejó sobre el asiento la chaqueta que hacía juego con sus vaqueros negros, salió al pasillo y cerró cuidadosamente la puerta del compartimento. Aquel lugar era, por ahora, su hogar y no quería que nadie anduviera merodeando por allí.

No había dado dos pasos cuando se cruzó con una preciosa niña, con carita dulce y ademán decidido. No respondió a su saludo, parecía enfurruñada. El tren se movía mucho en aquel momento, subía penosamente la cuesta por una colina verde. Las vacas, blancas y negras, pacían sosegadamente dejando pasar el tiempo.

El pasillo era estrecho y con el movimiento, iba de un lado a otro pegándose contra las paredes. Vaya trajín se traían aquellas dos chicas; estaban solas en el vagón, las cortinillas echadas, pero eso no impedía verlas al pasar perfectamente. Estaban desnudas y se achuchaban. Le dio un escalofrío, hacía mucho que su cuerpo estaba frío, sin unas manos que se pasearan por él.

Volvió a pisar en la plataforma móvil y pasó al pasillo siguiente. Quería llegar al último vagón y contemplar las vías desde la ventana trasera y las nubes moviéndose en el cielo y los postes corriendo en sentido contrario. Como en las películas, enseguida aparecerían los indios montados en sus caballos blancos y el chico bueno vendría a salvarla. 

jueves, 12 de abril de 2012

Vagón 37. Juego limpio

Ojalá no pare nunca el tren.

Nos pasamos todo el día jugando y aunque fuera hay nieve aquí se está calentito; tanto, que puedo estar descalza. Y nadie me regaña. Bueno, Juan algunas veces se pone un poco tonto, con eso de que él es mayor… se cree muy listo y no es para tanto.

Voy ganando al parchís y eso que cuento muy despacio. La mujer de los juegos me ayuda un poco, pero no hacemos trampas, no valen. Si las hiciéramos el juego no sería divertido. Sólo me ayuda a contar. Eso no es hacer trampas.

Mi mamá se olvidaba algunos días de llevarme al cole. No me importaba porque el cole no me gusta, pero tampoco me gustaba quedarme en casa. En casa hacía frío en invierno y mucho calor en verano. El tío Carlos no me dejaba descalzarme, no le gustaban los pies de nadie y no quería verlos. Ahora estoy descalza y le estoy dando pataditas a Juan. Verás cómo se enfada dentro de nada. La mujer de los juegos me está viendo y me está haciendo señas con los ojos para que pare, las dos nos estamos aguantando la risa. No quiero parar, me gusta chinchar a Juan. ¡Ay! ¡Me ha agarrado un pie!

—¿Y ahora qué? —Juan muestra el pie de Julia como si fuera un trofeo.

—Suelta, suelta, que ya me estoy quieta.

—No. No suelto. Ahora el pie es mío y… ¡me lo voy a comer!

No puedo parar de reír. Me está haciendo cosquillas con los dientes.

—¡Para, para!

Ojalá no pare nunca el tren.

miércoles, 11 de abril de 2012

Vagón 72. Ángel (2)

Preguntas, preguntas, preguntas.

Sí, la curiosidad se estaba empezando a convertir en una especie de urticaria que, teniendo el epicentro en su mente, se propagaba al resto del cuerpo. ¿Cómo lo describió el Doctor Cervera, su pediatra y médico personal hasta bien pasada la pubertad? Afecciones psicosomática producidas por su inseguridad patológica... o algo así.

De pequeño no era raro que su madre acudiera al médico con su niñito del alma aquejado de algún dolor en el costado, habones por todo el cuerpo, o con 40 de fiebre. Pero no tenía nada, por más análisis que le hicieran. Ni infecciones, ni enfermedades, ni inflamación de órgano alguno.

Había peregrinado de la mano de su madre de médico en médico y, años más tarde, de psicólogo en psicólogo. Nadie pudo descubrir nunca qué le pasaba realmente a Ángel, así es que se lo achacaban todo a su timidez, a no saber verbalizar sus sentimientos…

Con el tiempo las crisis remitieron, al menos se habían espaciado, y solo salían a la luz cuando Ángel se ponía nervioso. Como ahora.

El joven del violín le estaba mirando. Y le sonreía.

martes, 10 de abril de 2012

Vagón 72. Miguel (2)

El sol asomando por el horizonte es una imagen desconcertante cuando llevas tanto sueño acumulado. Sentir como va despertando el vagón. Los susurros que empiezan a subir, poco a poco, de intensidad. Las voces que se van aclarando y los pensamientos que empiezan a atravesar las tinieblas de los fantasmas personales que se diluyen con la luz del día, en espera que ésta vuelva a desvanecerse para tornarse de nuevo corpóreos.

Es absolutamente enervante.

¿Cómo jodidos cojones he llegado a recalar en este vagón? Es que no lo entiendo. Entre esta gente… ¿gente? Olores, son olores envueltos en harapos con forma humana. Emiten sonidos, algunos incluso semejan personas, pero no. Solo son efluvios que se han condensado hasta tener forma humana y me molestan.

¿Cómo no habría de molestarme?

lunes, 9 de abril de 2012

Vagón 42. Amores y placeres en el túnel

Ester acaba de descargar todo su placer y, cuando recupera el aliento, pone su mejilla junto a la de Marta y luego le dice al oído derecho:


–Cada día te quiero más.


Luego se va al oído izquierdo y le dice:


–Ahora te toca a ti.


Y, Marta, aunque arde en deseo, contesta:


–Pero como te tenía de espaldas y no te veía la cara, quiero que antes nos miremos un ratito a los ojos.


Ester se levanta y se pone de rodillas en el suelo frente a Marta, que sigue sentada junto a la ventanilla. El tren sigue en el túnel. Ester tiende las dos manos a Marta, Marta se las coge y se miran a los ojos. Calladas pero hablando con la mirada. Tanto, que Ester lee el deseo en los ojos de Marta. Le gusta sentirse deseada. Por eso dice:


–¿Cómo quieres que te lo haga?


–Tú misma, a ver qué te inventas.


–Es que me gustaba mucho sentirte el cabello en los pechos.


Ester se vuelve a sentar de espaldas sobre Marta, enrosca sus piernas alrededor de las de ella y Marta deja caer otra vez su cabello sobre los pechos de Ester. Ester se chupa el dedo y luego se inclina hacia delante para poder alcanzar el placer de Marta. Cuando lo alcanza Marta dice:


–Yo también te quiero más cada día.

domingo, 8 de abril de 2012

Vagón Restaurante. Millas por hora

Me pregunto cómo podríamos saber a qué velocidad nos desplazamos. Del limbo hemos pasado al infierno, concretamente al traqueteo infernal… Llevo ya varios días sin descansar en condiciones. Lo que me faltaba. La preocupación ha hecho que me olvide del fantasma de Elisa, pero sigo sin dormir.

La camarera me ha visto mala cara y me ha puesto un café cargado sin preguntar. Yo, en cambio, sí le he hecho una pregunta: ¿qué coño está pasando en el tren, que cada vez va más rápido? La camarera, a pesar de haberse ruborizado bastante, me ha dicho temblando que el tren viaja como siempre, a 80 millas por hora.

Y ha sido entonces cuando he volcado el café: no me había dado cuenta antes de lo mucho que la camarera se parece a Elisa cuando se azora.

sábado, 7 de abril de 2012

Vagón 72. Adrián (1)

Al fondo del vagón, vemos un joven sentado en el lado de la ventana. A sus pies un estuche negro, como de piel. La frente apoyada en el cristal, mirando ensimismado el paisaje mientras sus manos, autónomas, se deslizan sobre el papel dibujando distraídamente.

Acostumbra a hacerlo. Es una especie de don, esa capacidad suya para dejar vagar la vista en los escenarios que asoman por la ventana mientras su mente camina quién sabe por qué otros paisajes. El dibujo va tomando forma, poco a poco. Una imagen onírica que recuerda vagamente a algún lugar y a ninguno a la vez.

Cualquiera que le viera diría que es un chico feliz, a juzgar por la sonrisa que siempre esbozan sus labios. Y a nada que uno se detenga a observarle se cerciora de que esa primera impresión no es falsa. Adrián es feliz, de esas personas que a todo le ven un algo positivo.

También posee otro don. Adrián le cae bien a todo el mundo.

jueves, 5 de abril de 2012

Vagón 42. Aún en la ventanilla

Ester sigue sentada sobre Marta y meciéndose a derecha e izquierda para acariciarle con la espalda los pezones. Y Marta sigue jugando con la mano entre las piernas de Ester. Marta acaba de preguntarle a Ester si le gusta lo que le está haciendo:

–Mucho, muchísimo. Me gusta todo lo que hacemos siempre. Antes de que llegaras, los días que tenía ganas apagaba la luz, me escondía debajo de la manta, me ponía yo sola y en dos o tres minutitos estaba lista. Pero ahora contigo me gusta estar mucho rato porque me lo haces muy bien. Será por eso que tengo ganas siempre. O porque como eres tan guapa y tienes un pelo tan bonito…

–Pues no parece que te guste.

–¿Por qué, porque no me pongo ruidosa? Espera y verás cómo viene a reñirnos el revisor.

Pero Marta no espera. Ya conoce los resortes de Ester y sabe perfectamente cómo acelerarla. Por eso, al momento le hace perder el ritmo de su vaivén y la tiene moviéndose en desorden. Un poco más y ahí están todos los ay, ay, ay de Ester que, cuando recupera por un momento el habla, dice:

–¡Marta!

martes, 3 de abril de 2012

Vagón 37. Aceleración constante

Era el maquinista. Al parecer se ha vuelto loco y lo han tenido que atar. La pregunta es lógica: ¿quién conduce el tren ahora?

Cada vez va más deprisa, lo puedo notar. No subimos a este tren para huir, mucho menos para morir. Si el tren sigue acelerando moriremos todos. Y subimos a este tren para vivir: VIVIR.

He buscado un freno de emergencia. Me ha costado encontrarlo pero he conseguido dar con uno. He tirado con todas mis fuerzas y… nada, el tren sigue avanzando; cada vez más deprisa.

¿Y si los niños quisieran bajar algún día? El tren tiene que poder detenerse.

—Te toca. Tira el dado.

—Es verdad. A ver… necesito un cuatro para comerme tu ficha y contar veinte.

—Mejor un seis y te comes la de Juan.

—Venga, un cuatro o un seis, venga dadito…

¿Y si el tren no para nunca? 

domingo, 1 de abril de 2012

Vagón 44. Racionamiento

La niña volvió del vagón restaurante con las coletas gachas. Había puesto su mejor cara de desamparo, pero no había conseguido lo que quería. La camarera había sido muy amable y muy clara.

–Está todo contado, preciosa. No sabemos cuándo vamos a poder parar y somos muchos. Hay más niños ¿sabes? –señaló hacia los números bajos–. Algunos son bebés.

No es que tuviera hambre. Aún le quedaban provisiones de las que había llevado consigo. Le había dado una parte a la señora enferma, que lo había aceptado todo con mucha naturalidad. Igual que la manta. Sólo quería comprobar si su carita seguía haciendo efecto.

El revisor le acariciaba la barbilla con ternura cada vez que hacía su ronda, las dos chicas con las que se había cruzado la habían mirado con cierta simpatía.

Pero la camarera no le había dado nada.

Ya en su nuevo lugar, más cerca de la señora de los ojos cerrados, se miró las piernas con aversión. Esperaba descubrir algo horrible, pero no, no había crecido. Y si no había crecido debía de haber un motivo para que sus mohines no diesen resultado.

Pasado un rato la camarera, que nunca había llegado hasta su vagón, se acercó deprisa, dejó caer un paquetito sobre su falda y volvió a marcharse.

La niña sonrió mientras guardaba las galletas en una maleta bajo el asiento. La mujer enferma gimió.

Todo volvía a la normalidad.

viernes, 30 de marzo de 2012

Vagón 72. Ángel (1)

El libro descansaba en sus rodillas, abierto por la misma página desde hacía más de media hora. Su vista volvía a posarse sobre el mismo párrafo después de haber vagado hasta la figura de aquel chico, una y otra vez.

No podía evitarlo.

“El joven del violín”. Así le había bautizado (“¡ay! ¡¡¡Mi niño, pero qué grasioso es, qué imaginasión!!!”, hubiera dicho su madre, mientras su hermano le hubiera hecho burlas sin parar, llamándole nenaza). Claro, desconocía su nombre. No hacía ni dos días que había subido al vagón y su timidez congénita le impedía acercarse a él, así que, para Ángel, aquel chico de mirada cálida, permanente sonrisa y aura melancólica era “el joven del violín”.

¿Cuál era su historia? ¿Cómo había llegado al tren? ¿Por qué había subido a ese vagón? ¿Por qué no se separaba de su violín? Todas estas preguntas y muchas otras giraban en su cabeza.

¿Así cómo iba a centrarse en la lectura?

miércoles, 28 de marzo de 2012

Vagón 42. El mundo dentro del mundo

Marta sigue sentada junto a la ventanilla y Ester sigue sentada sobre ella. Marta está acariciando a Ester mientras Ester se va a meciendo a un lado y al otro y rozando con la espalda los pezones de Marta. Marta para un momento, se coge el cabello, se separa en dos la melena y deja caer cada mitad por encima de los hombros de Ester hasta cubrirle los pechos. Y Marta dice:

-Porque si hay alguien fuera yo tampoco quiero que te vea desnuda.

Luego sigue acariciando a Ester mientras Ester sigue moviéndose. De repente, entran en un túnel y, al cabo de un momento, Marta se queda parada y dice:

-Pues si en el furgón de cola hay una maqueta de tren eléctrico…

-Bueno, también dicen otra cosa, que dentro hay gente jugando una partida de dominó que empezó el día que salió este tren, pero no sé de nadie, ni siquiera el revisor, que sepa ni cuándo ni de dónde salió. Ese vagón, el 89, es muy misterioso y me parece que por eso este tren se llama el Convoy89.

Marta insiste:

-Pero si hay una maqueta de tren eléctrico que es como este mundo en miniatura, si vamos y miramos habrá un tren como éste y, en el vagón 42, dos figuritas como nosotras. Podríamos ir a espiarlas para ver si lo hacen mejor que tú y yo.

Entonces Ester se queda pensando y dice:

-Pero nadie tiene la llave del vagón. Además, si fuéramos a mirar qué hacen las figuritas que son como nosotras, como su mundo es igual que éste en pequeño, ellas estarían haciendo lo mismo que tú y yo, mirando en su furgón de cola qué hacen otras figuritas aún más pequeñas y también como nosotras.

Marta se queda pensando un rato largo y acaba por decir:

-¿Sabes qué? Que lo mejor es que sigamos por donde íbamos.

Ester vuelve a mover la espalda para rozar los pezones de Marta y Marta sigue acariciando suavemente y muy despacio a Ester. Al cabo de otro rato, como Ester ni suspira ni dice esos ay, ay, ay que tanto le gustan a Marta, Marta le pregunta:

-¿Te gusta lo que te hago?

lunes, 26 de marzo de 2012

Vagón 73. Preguntas

Me gustaría saber qué hora es. Ni siquiera tengo una noción muy clara de que día es hoy. Es como si toda mi vida anterior se hubiera borrado de un plumazo. Me vienen a la cabeza fragmentos inconexos de gente esperando en el andén la llegada de un tren de alta velocidad.

Dos niños pasan corriendo por el pasillo del vagón, llevan atacado un globo azul, se les ve felices. Mi compañero de asiento me mira sonriente. Parece encantado de haberse conocido. Hay una regla no escrita que dice que todos los gordos deben ser alegres.

- ¿Me podrías decir que hora es, por favor?

- Creo que eso no te va a servir de mucho aquí, muchacho.

Su respuesta me ha dejado desconcertado. Puede que el tiempo no sea importante para él, pero yo necesito saber si es de día o es de noche o no podré quitarme de encima esta sensación de jet lag. Pero no es solamente el tiempo lo que me preocupa, hay algo más que he querido evitar desde que desperté de mi sueño, algo que temo preguntar.

- Le importaría decirme quién soy yo.

sábado, 24 de marzo de 2012

Vagón 43. Voy

Los árboles, los postes de la luz y las casitas de tejados rojos se escapaban veloces, no se sabe adónde. En medio del verde brillante, las vacas pacían serenamente sin levantar la cabeza, acostumbradas como estaban al ruido del tren que pasaba por allí cada poco tiempo. La música dulce sonaba por el altavoz del departamento y llenaba el aire de nostalgia. La vida se había detenido un instante en medio de la nada y el todo del espíritu relajado, ausente de lo que inquietara el alma.

Sentado en la red portamaletas el niño me miraba sonriente, tenía en su boca una sonrisa angelical y sus ojos eran trasparentes como aguamarinas de primerísima calidad. Yo lo miraba desde abajo, desde mi asiento. Aquel niño me recordaba a alguien, pero no sabía cómo había podido entrar en mi vagón, ni qué hacía allí arriba mirándome. Me puse en pie de un salto, deseaba tomarle en mis brazos y acariciar su pelo. Pero, ya no estaba. Había desaparecido dejando en mí una especie de pena inmensa. Volví a sentarme y apareció de nuevo.

—Es en Italia —me dijo sonriente—, te esperan.

Cuando abrí los ojos, el tren estaba saliendo de un túnel, al fondo se divisaba un ojo de luz que se aproximaba, que parecía absorbernos.

—Voy —le dije

Pero él ya no estaba.

jueves, 22 de marzo de 2012

Vagón 37. Y ocho veinticuatro, y ocho treinta y dos…

—¿Quién era ése? —preguntó Juan sin estar seguro de haber visto lo que había visto.

—No lo sé —respondió la mujer de los juegos que se había quedado paralizada con una estrella de papel en la mano.

—Yo me sé esa canción, mira: Tengo una muñeca vestida de azul, con su camisita y su canesú, la saqué… —empezó a entonar la pequeña Julia.

La mujer de los juegos consiguió al fin moverse. Se dirigió al extremo del departamento por el que había salido aquel hombre semidesnudo que corría cantando aquella canción a gritos. Pudo verlo alejarse del mismo modo que lo había hecho en su vagón.

—Ni idea, chicos —dijo encogiendo los hombros—. ¿Algún pasajero que tenía calor y prisa?

En ese momento el revisor también irrumpió en el vagón corriendo y buscando con la mirada a su alrededor.

—¿Han visto al maquinista?

—¿En calzoncillos, corriendo y cantando? —preguntó Juan para asegurarse de que hablaban de la misma persona.

—Sí.

Los tres señalaron la dirección que había tomado.

—Yo también me sé esa canción, mira: Tengo una muñeca vestida de azul, con su camisita y su canesú, la saqué a paseo…

El revisor no se detuvo a escuchar a la pequeña Julia. Apresuradamente siguió la dirección que le habían indicado.

—Y yo. ¿Tú te la sabes, Juan?

—Claro.

La mujer y el chico se unieron al canto de la niña mientras continuaban quitando estrellas de la ventana.

—Dos y dos son cuatro, cuatro y dos son seis, seis y dos son ocho y ocho dieciséis… 

miércoles, 21 de marzo de 2012

Vagón 21. El limbo

Juraría que el tren volaba, pero seguramente ha sido un puente, elevándonos sobre el abismo del infierno. La niebla nos ha cubierto durante unos segundos y he sentido un vértigo mortal apaleándose los intestinos. 

No puedo apartarme de las visiones de Elisa. Está sin estar. Me persigue como un alma del limbo por los vagones, inmaculada, sí, pero sin oportunidad de redimirse. Huí como huiría el diablo y ahora me pide explicaciones, en una playa vacía. Oigo el mar cerca, o puede que sean ondas de radio. No puedo moverme. Sé que estoy en el tren, pero el tren ya no está en la tierra.

No sé cuanto tiempo. Unos rayos intermitentes de sol me han herido las pupilas y me he sentido regresar. Por la ventana veo árboles haciendo repiquetear la luz en los ojos. Elisa en el limbo y yo en este tren que no va a ninguna parte.

martes, 20 de marzo de 2012

Vagón 44. Con los ojos cerrados

Me duele. Y hace frío. Y estoy sola. La niña que se sentaba al final del vagón me ha cedido su manta y ahora vive más cerca, pero no lo suficiente. He oído ruidos en el pasillo. El revisor hablaba con alguien, me ha parecido que con un hombre. No me gusta que haya hombres en mi vagón. Por mucho que me esfuerce siempre me dan problemas. Un doctor, un revisor... seguro que un maquinista. Muchos más hombres de los que me gustaría.

Hace unas horas he estado a punto de abrir los ojos. Por eso he hecho el esfuerzo de ponerme una compresa helada sobre los párpados. Ahora la niña pensará que me he puesto peor. Oigo sus pasitos leves cuando se para a observarme a través del cristal de mi puerta. Se asustará, pero no se atreverá a entrar.

Y me duele tanto…

lunes, 19 de marzo de 2012

Locomotora. Sanguijuelas

Hemos atado al maquinista a unos tubos de cobre, al fondo de la locomotora. Incluso la tímida camarera ha venido desde el vagón restaurante para ayudarnos a ajustarle las correas.

Todavía no sé que le ocurre a este hombre sucio y febril. Le he administrado láudano y ahora en lugar de cantar, balbucea. Si tuviera, como antes tenía, mis escáneres, mis placas, mis tacs, mis ecografías… podría hacerle más pruebas, por si fuera algo neurológico. Ni siquiera puedo hacerle un miserable análisis de sangre.

–Doctor, aquí en este armario guardamos algo de material sanitario.

–A ver, muéstreme.

El revisor se ha limitado a sacar de uno de los armarios un bote con sanguijuelas y unos rollos de esparadrapo.

–Pero… ¿qué pretende que haga con eso, hombre de dios?

–No sé. Mi trabajo es sellar billetes. Como mucho puedo dedicarme a la intendencia, como requieren las circunstancias. Pero las cuestiones médicas son cosa suya… Esto es lo que tenemos.
Resignado, me vuelvo hacia el maquinista. Cuando ha echado el ojo al bote de sanguijuelas arremolinadas se ha puesto a cantar "al pasar la barca me dijo el barquero". Me pregunto qué lógica sigue ahora la cabeza del hombre que hacía funcionar este tren.

–Si pudiéramos sacarlo a la nieve, seguro que le bajaría la fiebre…

domingo, 18 de marzo de 2012

Vagón 42. Misterios

Marta y Ester descansan tumbadas tal como las acaba de ver el abuelo. Desnudas y mirándose a los ojos. Luego se incorporan y, mientras Marta recoge las mantas, Ester separa hacia atrás los asientos para reconvertir la cama en un compartimento de seis plazas. Marta se sienta junto a la ventanilla de espaldas a la máquina y Ester se sienta encima dándole la espalda y enroscando sus piernas con las de ella. Juntan las mejillas y contemplan el paisaje calladas. Sigue nevando.

El tren traza una curva de radio muy amplio y entonces Marta dice:

-¡Qué raro! Ayer me fijé en que el último vagón era muy moderno y ahora veo que al final de todo hay un furgón de cola antiguo. Y desde ayer no hemos parado.

Y Ester contesta:

-Porque en este tren pasan cosas muy raras. Dicen que a veces unos vagones del tren entran en un túnel y los otros no.

-Pues eso es imposible.

-Tan imposible como ese furgón de cola que aparece y desaparece. Y siempre está cerrado. Dicen que dentro hay un niño que juega con su abuelo con una maqueta de tren eléctrico que es una copia en miniatura de este mundo en que nos movemos nosotras.

-¡Qué raro es todo!

Y Ester dice:

-Pero nosotras vamos a lo nuestro, ¿o no?

Entonces, desde encima de Marta, tuerce el cuello y le busca los labios. Luego dice:

-¿Me tocas un poquito?

-Bueno.

-Pero sólo un poquito. 

sábado, 17 de marzo de 2012

Vagón 37. Nada que deba preocuparme

¿Se puede saber qué pasa? No he dejado de preguntármelo desde que se lo dije a los niños en el vagón restaurante. Los niños discutían por cosas de chicos, nada que deba preocuparme. Pero… ¿se puede saber qué pasa?

Mirando por la ventana he notado algo raro en el horizonte, como si no existiera, como si el paisaje tuviera un fin. Y he sentido una presencia. Me debo de estar volviendo loca.

Al menos en nuestro vagón vuelve a ser de día. No sé cómo ha vuelto la luz. Cuando hemos regresado todo estaba en orden. Quitaremos las estrellas de las ventanas y después las abriremos para que también entre el aire fresco, ¿o será demasiado frío para los niños?

Me parece que el tren avanza cada vez más deprisa. Y el horizonte…

¿Se puede saber qué pasa?

viernes, 16 de marzo de 2012

Vagón 72. Miguel (1)

Por más empeño que pusiera no conseguía dormir. A pesar del cansancio. A pesar del agotamiento físico. Cerrar los ojos, apartar los pensamientos, dejar la mente en blanco … cualquier cosa que intentara solo conseguía empeorarlo.

Sí, la noche iba a ser horrible, como todas las noches, por otra parte.

Es curioso, hay gente a la que el monótono ruido del tren, los susurros de los compañeros de viaje, las respiraciones acompasadas y todo lo demás, llega a inducirles ese adormecimiento previo al sueño.

Pero a mí no, a mí me pone nervioso. 

jueves, 15 de marzo de 2012

Locomotora. Tengo una muñeca vestida de azul

El maquinista está peor. Sigue delirando y queriendo quitarse la ropa. Profiere obscenidades sin ton ni son, entre canciones infantiles. Ayer, en un descuido del doctor, huyó en calzoncillos de vagón en vagón, corriendo como un poseso y cantando el “tengo una muñeca vestida de azul”, a saber por qué. No le hemos alcanzado hasta el vagón restaurante. Estaba ya sin calzoncillos, delante de la pobre y abochornada camarera, bailando como una salchicha en un sartén. Había cambiado de canción. Ahora cantaba “el patio de mi casa”. Los clientes huían como de la peste.

miércoles, 14 de marzo de 2012

Vagón 18. La nostalgia del tiempo

- ¿Cuántas horas han pasado? - preguntó Camila cuando abrió los ojos.

- El tiempo no ha pasado ni por ti ni por mí, Camila.

El demonio tenía espuma en la boca cuando le hablaba de las edades del tiempo. No le gustaba hablar de las dimensiones que lo llenaban de tristeza. La tristeza de quien está solo por propia voluntad y no se ha dado cuenta. La compañía del viajero que cuenta las vías y las va calculando para no sentir el peso del silencio. Le daba rabia… Tanta rabia que Camila pudiera dormir tan tranquila y aún le pareciera que pasaba el tiempo.

Ese viaje eterno, al que no llegaba ni se iba. El demonio suspiró y no encontró las palabras.

- Camilita, Camilita. Me cansas, de verdad. Siempre haciendo esas preguntas; jugando a ser inocente. A no saber.

El demonio casi silbando al son de la locomotora, con los ojos cerrados, acariciándose la barba revuelta y tan llena de Camila. Con la tristeza en las maletas tantas veces empacadas.

- No sé qué horas son, ni mucho me importa. Vuélvete a dormir… Yo te despierto cuando haya llegado el momento por el que estamos esperando.

martes, 13 de marzo de 2012

Vagón 73. Despertar

No se cuanto tiempo llevó dormido. Mi reloj esta parado en la 13:30. En el sueño del que acabó de despertar vagaba por un edificio abandonado. Todo estaba intacto, sin embargo, si alguna vez hubo alguien tuvo que salir muy deprisa. El tiempo se había parado como si se hubiera pulsado la tecla de pause de un dvd. A lo mejor todavía estoy soñando, pero el escenario ha cambiado. Ahora estoy en un tren, eso es evidente, pero no recuerdo haberme subido en él. Registro mis bolsillos buscando un billete que me diga a donde me dirijo. No encuentro nada, solamente mi cartera con apenas 50 euros y mis tarjetas de crédito. Enfrente de mí hay un hombre que no he visto nunca, pero en los sueños todo es posible. Miro por la ventanilla, es de noche, casi no se distingue nada. Examino lo que se puede ver. Segmentos de carretera entre árboles destrozados.

lunes, 12 de marzo de 2012

Vagón 42. El calcetín

El abuelo ha llegado a casa de mal humor. Porque su compañero de dominó le ha reñido. Y con razón: no tenía que haberse doblado al cuatro en aquel momento y facilitado el dómino a los contrarios. A partir de ese momento todo ha transcurrido según la vieja creencia entre jugadores de dominó: si uno de los dos compañeros que forman la pareja comete una quebrada, o sea un error, a partir de ahí las fichas se les pondrán en contra a los dos. Así ha sido: luego todo han sido dobles y fichas cruzadas.

Por eso intenta relajarse. Se sirve un lingotazo de whisky, entra en la habitación del nieto y se sienta frente a la maqueta del tren eléctrico. Mira el discurrir de los trenes pensando en Marta: duda si encender el ordenador para buscar la cámara de su compartimento y comprobar lo que hace. No quiere interferir en su intimidad si está enlazada con su compañera pero a la vez quiere saber que las dos están bien y felices.

De momento se limita a mirar la zona más alejada de la maqueta por donde corre el tren de Marta. Va contando los vagones para localizar su número, el 42, y se detiene ante algo raro que ve unos vagones más adelante, algo que cubre el vagón 37. ¿Eso no es un calcetín? Si será descuidado mi nieto… Va hacia esa zona de la maqueta, coge el calcetín sin detener el tren y lo lleva al lavadero, a la cesta de la ropa sucia.

Vuelve a la habitación del nieto y decide encender el ordenador. Busca el vagón y el compartimento de Marta, lo encuentra y mira. Ahí están las dos figuritas tumbadas de medio lado, desnudas, mirándose a los ojos y acariciándose las mejillas.

El abuelo apaga el ordenador y bebe otro trago de whisky.

domingo, 11 de marzo de 2012

Vagón 16. Obligatoria subida

¡Cómo lo echaba de menos!

Era como… una rotura muy dentro de su organismo, algo que no le dejaba vivir divisando su alrededor con tranquilidad y armonía… A las que, por regla general, estaba acostumbrado. Sentía continuamente náuseas, las típicas que te prohíben comer y desconcentrarte en múltiples tareas inacabadas, las dueñas de tu vida en incontrolables momentos, las que te indican: ¡Oiga, algo falla!

La continua lucha de negación ante lo que sentía le hacía cada día más monigote existencial. –Que no, que no y que no –se repetía–. Y el resultado fue un “que sí” devastador.

Reconocer que tu vida es cómodamente aburrida, carente de suspiros que recargan las ánimas, es el primer paso para iniciar el vuelo hacia una búsqueda sanadora.

Así, tras unos meses con sintomatología clave de incoherencia vital, Kuth cogió tres jerseys, tres calzoncillos, cinco camisetas, tres pares de calcetines finos, un pantalón y una chaqueta, y los introdujo en una vieja mochila roja. En menos de media hora se encontraría en el vagón 16. Por el momento no echaría de menos su Paz: su viaje. Siempre había estado enamorado de las vías. 


Se despidió de su vida, la que englobaba pérdidas gananciales e intrínsecas.

sábado, 10 de marzo de 2012

Vagón 42. Celos

Marta y Ester vuelven de desayunar, entran en su compartimento y Ester cierra la puerta. Se tumba y, cuando Marta se pone junto a ella, Ester, mirándola a los ojos, le dice:

-En el vagón restaurante hay un chico que te mira mucho.

-Sí, ya me he fijado.

-Como eres tan guapa y tienes un pelo tan bonito… Pero yo soy muy celosa y me entran ganas de arrancarle los ojos.

-Si yo sólo te quiero a ti.

-Bueno. Yo también te quiero mucho. Imagínate si te que quiero que, si ahora el tren se parara y nos bajáramos, fuera también te querría.

Marta se ríe y la besa. Luego, Ester sigue:

-Y si estuviéramos fuera del tren me gustaría que lloviera para oler la tierra mojada y andar las dos descalzas.

-O para tumbarnos en la playa y querernos quietas y con los ojos cerrados.

-Pero no te dejaría ponerte en top less.

Marta se vuelve a reír y la vuelve a besar:

-¿Y si nos metiéramos en el agua y nos alejáramos de la orilla?

-Entonces sería yo la que te quitara las dos piezas del bañador.

Marta se vuelve a reír y, antes de volverla a besar, dice:

-Pues eso.

Junta sus labios con los de Ester y empieza a desabrocharle la blusa.

viernes, 9 de marzo de 2012

Vagón 43. ¿Por qué?

Cuando ya habíamos recorrido unos cuantos kilómetros, me di cuenta de que aquello era una huida en toda regla. Miré hacia atrás, las fachadas blancas de las casas, reflejaban el sol y se iban alejando. Pasamos el primer túnel y salimos a la luz del día caminando hacia el oeste. No había nadie en el vagón. Elegí este tren precisamente porque, si lo deseas, puedes viajar en solitario y yo estaba encantada, si precisamente había emprendido este viaje era para estar sola.

Nacho me había pedido que lo dejara todo y Jaime que me iba a dejar si seguía con él. Yo estaba sorprendida porque jamás había pensado dejar nada por Nacho y me extrañaba mucho que Jaime me hablara de abandonarme, precisamente. «Habla conmigo, me pidió» y yo le conté que me acostaba con mi jefe de vez en cuando, que era un tío estupendo en la cama y me gustaba mucho. Me miraba con cara de asombro, aún me da la risa cuando lo pienso. «No sé de que te extrañas, querido —le dije alegremente—, estas cosas pasan y tú lo sabes bien» Pero no es porque él se distraiga, lo de mi jefe; la verdad es que no sé por qué. Me gusta, eso es todo y pensé que era la hora de darme el gusto.

Somos una pareja abierta, independiente. La verdad es que yo no era tan abierta, Jaime sí, él dice que los hombres son diferentes. ¡Ja! Que masculino es eso. Yo no había encontrado un hombre que mereciera la pena, quiero decir: otro. Algunos podrían haber sido suficiente tentación, pero la verdad no me gusta que me digan por dónde tengo que ir, ni cómo, ni cuándo. Tampoco quería una relación, ni nada semejante y yo no tenía nada que ocultar, pero ellos sí. Tampoco me gusta entrar en un bar y sentarme en el rincón más oscuro, o ver a mi chico a horas extrañas, cuando las calles están vacías. Si pensaba que podía gustarme lo suficiente como para repetir la salida y quien sabe si analizar sus cualidades físicas, les avisaba de que no me gusta jugar a la gallina ciega. Ellos sí se escondían: mi mujer, mi novia, mi madre… ¡por dios!

Con Nacho fue sencillo, ni siquiera lo pensé, solo pasó. Me gustaba como olía cuando se acercaba a mí para señalarme algo en el ordenador; también me gusta su buen gusto para todo. Un día me di cuenta de que sentirlo a mi espalda me producía un dulce cosquilleo. Entonces fue cuando lo miré como a un pájaro al que cazar. También cuando afilé mis armas para sitiar la fortaleza. La verdad es que no me hizo falta mucho. A ellos suele resultarles difícil dejar la manzana, cuando una mujer se la ofrece, y yo se la estaba poniendo en bandeja. Para qué perder el tiempo. Tampoco se lo puse fácil. Solo desperté su instinto y dejé que su imaginación trabajara para mí.

martes, 6 de marzo de 2012

Vagón Restaurante. Mirando

Este tren es muy divertido. Da un poco de miedo, pero seguro que todo es un juego. La mujer de los juegos es mágica y hace estas cosas: tan pronto es de día como de noche. Tengo hambre.

Aquí hay mucha gente. Las dos chicas que hemos visto antes acaban de entrar. Siempre se están riendo. Ahora creo que se ríen de ese chico que siempre lleva los ojos muy abiertos, como si se le hubiera perdido algo. Me va a entrar la risa, porque él no deja de mirarlas, creo que le gustan. Y a ellas les hace gracia su cara de asustado, seguro. Juan también las mira. Seguro que también le gustan. La mujer de los juegos no deja de mirar por la ventana. Parece preocupada, a lo mejor es que quería hacer un día menos soleado y no le ha salido. La noche en nuestro vagón le ha salido muy bien, era de oscura…

—Juan… ja,ja,ja. Te gustan esas chicas, ja, ja, ja.

Ya se ha enfadado. Es muy divertido cuando se enfada y no quiere que se le note. Se le juntan las cejas y la boca se le hace pequeñita.

—Tú eres tonta.

—Juan… no insultes.

La mujer de los juegos está rara. Parece como si no nos escuchara. Yo también he mirado por la ventana y no hay nada raro. Tengo hambre.

—Juan tiene novias, Juan tiene novias, Juan tiene novias…

—¡Mamá! Dile que deje de cantar eso. Julia, eres tonta.

—¿Se puede saber qué pasa?

sábado, 3 de marzo de 2012

Locomotora. Fiebres

El maquinista sufre unas extrañas fiebres. El doctor le ha desabrochado la camisa negruzca y le ha auscultado con calma, atento a los sonidos de sus entrañas. Empezó a delirar y a gritar obscenidades por la ventana de la locomotora. Mientras no se reponga no podremos parar en ninguna estación, porque sólo él sabe cómo funciona el tren. Estoy preocupado por los pasajeros. Más que por el tiempo.