El hombre lleva una gorra gris, de visera, como las que usan los revisores de los trenes... Mi mente trabaja a marchas forzadas, tratando de ubicarme en el espacio y en el tiempo. ¿Estoy vivo? ¿Cómo es posible? Me vi, cayendo sobre las vías, justo cuando el tren asomaba del túnel...
El hombre busca en mi pecho. Está tratando de desprender las correas del paracaídas. Miro alrededor, y poco a poco voy comprendiendo. El hombre es el revisor del tren. Ha retirado la lona azul del paracaídas, que había caído sobre mí, cubriéndome totalmente. He aterrizado en uno de los balcones esquineros, debe ser un vagón de lujo. Mi cabeza golpeó, seguramente, contra la barandilla, que ha quedado bastante torcida.
El revisor ha logrado quitarme el arnés, y puedo respirar con libertad, pero el dolor agudo en la nuca vuelve, y otra vez todo es silencio y oscuridad...
Mostrando entradas con la etiqueta Vagón 05. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Vagón 05. Mostrar todas las entradas
sábado, 2 de junio de 2012
lunes, 7 de mayo de 2012
Vagón 5. Azul
Todo es azul. Un azul tenue, apenas iluminado. No veo nada más, pero me siento protegido. Estoy dentro de una cálida burbuja azul.
Estoy muerto. ¿Esta es la muerte? Tengo un fuerte dolor en la nuca. El estridente pitido de la locomotora resuena desde el centro de mi cabeza y el dolor se multiplica...
¿Pitido? ¿Es lo que escucho? Y el traqueteo... ¿Cómo puedo oírlo, si estoy muerto? Quiero quedarme en este azul...
Pero el azul desaparece de golpe. Y veo un rostro que se inclina sobre mí, con los ojos desorbitados por el asombro:
— ¡Está vivo! ¡Es un milagro!
Estoy muerto. ¿Esta es la muerte? Tengo un fuerte dolor en la nuca. El estridente pitido de la locomotora resuena desde el centro de mi cabeza y el dolor se multiplica...
¿Pitido? ¿Es lo que escucho? Y el traqueteo... ¿Cómo puedo oírlo, si estoy muerto? Quiero quedarme en este azul...
Pero el azul desaparece de golpe. Y veo un rostro que se inclina sobre mí, con los ojos desorbitados por el asombro:
— ¡Está vivo! ¡Es un milagro!
martes, 17 de abril de 2012
Vagón 5. Caído del cielo
Un fortísimo tirón me despierta, bruscamente. Siento que, además de salir de un profundo sueño, también me detengo luego de una vertiginosa caída. Y no estoy lejos de la realidad, me lo dicen el arnés y los tiradores que me sujetan por debajo de los brazos y se unen allá, arriba, a la inmensa y colorida lona del paracaídas.Estoy mareado y confuso. No sé cómo llegué a esta situación, pero me doy cuenta que ahora eso no cuenta. Lo importante es mirar hacia abajo, para ver lo que me espera.
El descenso, ahora, es lento. El paisaje se baña, lentamente, de tonos anaranjados: está amaneciendo. Si no fuera por las circunstancias, me hubiera sentido un testigo privilegiado de las hermosas imágenes a las que, despacio, me voy acercando. La geografía no me resulta demasiado extraña, pero el lugar concreto que puedo abarcar con la mirada es desconocido para mí. Es una zona de montañas, no muy altas, y un espacioso valle, que se adivina muy fértil, irrigado en toda su longitud por un sinuoso río. La nieve resalta, luminosa, en las zonas más altas, a medida que el sol las descubre, pero en el fondo del valle todo es verde.
El paracaídas, a la vez que desciende, va dando un rodeo a la montaña, impulsado, tal vez, por las corrientes de aire que ésta provoca con su altura. Veo muy cerca las paredes rocosas, cubiertas de arbustos nevados, pero la misma fuerza del aire me mantiene alejado, y siento que no hay peligro de estrellarme. Ya casi al pie de la montaña, aparece ante mí una suave meseta, que se extiende a un lado del valle. Y, como delineando el borde, reconozco la cinta plateada de las vías del tren. El trazo se pierde en la oscura boca del túnel, que horada las entrañas de la roca.
Me quedan unos doscientos metros para tocar tierra y calculo que será sobre las vías, a poca distancia de la entrada del túnel. Cien metros... Ochenta... Escucho un rumor sordo, que en principio no reconozco. Cincuenta metros... Es un ruido acompasado... ¡No puede ser! ¡Es un tren! Treinta metros... ¿Será una fatídica casualidad? Caer sobre las vías... ¡para ser arrollado!
La impotencia me domina y cierro fuertemente los ojos, mientras mi voz, musitando una plegaria, se pierde entre el ruido ensordecedor de ese monstruo de hierro, que surge resoplando, avasallante, desde el vientre de la montaña.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)