Juan entró en el vagón como un remolino. Su infinita sonrisa en aquel rostro arrebatado evidenciaba un encuentro afortunado con la felicidad.
—Tenías que haber bajado, Julia.
—Estás empapado —advirtió la mujer de los juegos sin poder contener el contagio de la alegría de Juan—. Voy a buscarte ropa seca.
—¿Qué has hecho? —preguntó Julia interesada.
—Un muñeco de nieve. ¡Y una pelea de bolas! Y ángeles. ¿Tú sabes hacer ángeles en la nieve?
—Sí. —Julia estira su cuello y asoma la cabeza sobre Juan para ver dónde está la mujer de los juegos—. Me ha dicho cómo se llama —le dice a Juan susurrando.
—¿Sí? ¿Cómo?
—Pues muy fácil, te tumbas en el suelo y mueves los brazos y las piernas. —La pequeña ha vuelto a alzar la voz y levanta las cejas repetidas veces mirando a Juan.
—¿Ángeles en la nieve? No me extraña que estés empapado. Anda, cámbiate —dice la mujer alargándole la ropa al muchacho.
—Pues me lo he pasado muy bien. Tenías que haber bajado, Julia, te habrías divertido.
—A mí no me gusta la nieve, está fría y además moja. Mira cómo te has puesto —al decirlo, Julia se hizo un ovillo, como si el frío que debiera sentir Juan lo estuviera pasando ella.
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domingo, 3 de junio de 2012
jueves, 31 de mayo de 2012
Vagón 37. Encadenando
La mujer de los juegos ha vuelto al vagón. Le pregunto que si ya han hablado con el padre de Juan y me dice que no con la cabeza. Sonríe. Está contenta.
—¿Y Juan?
Me dice que se ha quedado fuera jugando con otros niños. Si quiero, me puedo bajar con ellos, están haciendo un muñeco de nieve. Pero no quiero. Estoy enfadada con Juan por haber puesto triste a la mujer de los juegos. Bueno, ya no estoy enfadada porque ella está contenta.
—No hay ningún teléfono cerca —me explica—. Pero ya han subido comida al tren. Se acabó la coliflor hervida. —Vuelve a sonreír. Está muy contenta.
—¿Jugamos a las palabras encadenadas? —Me gusta mucho ese juego. Nos reímos mucho cuando nos atascamos y nos inventamos palabras que no existen.
—Si quieres… Empieza tú.
—Caracola.
—Lavandera.
—Ra… rábano. ¿Cómo te llamas?
—¿Y Juan?
Me dice que se ha quedado fuera jugando con otros niños. Si quiero, me puedo bajar con ellos, están haciendo un muñeco de nieve. Pero no quiero. Estoy enfadada con Juan por haber puesto triste a la mujer de los juegos. Bueno, ya no estoy enfadada porque ella está contenta.
—No hay ningún teléfono cerca —me explica—. Pero ya han subido comida al tren. Se acabó la coliflor hervida. —Vuelve a sonreír. Está muy contenta.
—¿Jugamos a las palabras encadenadas? —Me gusta mucho ese juego. Nos reímos mucho cuando nos atascamos y nos inventamos palabras que no existen.
—Si quieres… Empieza tú.
—Caracola.
—Lavandera.
—Ra… rábano. ¿Cómo te llamas?
miércoles, 23 de mayo de 2012
Vagón 37. En medio de ninguna parte
El tren por fin se ha detenido. Tiene gracia, tenía miedo de que no pudiera parar y ahora daría lo que fuera por que siguiera en marcha. Si quiere llamar a su padre… habrá que llamar a su padre. Supongo que ha llegado el momento de que sepa la verdad. Al menos una parte. La parte.
—De acuerdo, bajemos a buscar un teléfono. —Le tiendo la mano decidida, como estuviera segura de lo que hago—. Julia, ¿tú también quieres llamar a tu madre? Vamos; todos abajo.
—No, no… yo no quiero. —Mi niña abre mucho los ojos para hacer más grande su negativa—. Yo os espero aquí, no quiero bajar del tren.
—Vale, pero no salgas del vagón, ¿de acuerdo?
Julia sube sus pies descalzos al asiento y niega con la cabeza, no puede hablar porque se ha llenado la boca de galletas. Sonrío y le doy un beso. Me la comería a besos. Mi princesita guapa.
Aunque nos hemos abrigado, fuera del tren hace frío. Creo que hemos parado en medio de ninguna parte. Pero están cargando cajas, ¿de dónde las traen? El revisor me cuenta que hay una granja abandonada, miro hacia donde señala y sí, puedo ver un edificio destartalado que podría ser una granja. Le pregunto que si allí ahí teléfono, me dice que no. Respiro aliviada y miro a Juan para que me confirme que entiende que no puede llamar a su casa. ¿Dónde está? Allí, haciendo un muñeco de nieve junto a otros niños.
—¡Juan! Ven, por favor. —Me giro hacia el revisor—. ¿Le importaría repetirme lo del teléfono delante del niño?
No parece que le haya incomodado mucho el no poder llamar. Tal vez no sea el momento de que sepa la verdad. Ni siquiera una parta. La parte.
Dejaré que juegue con los otros niños hasta que nos pongamos en marcha. ¿Quién es ésa? ¿La camarera “simpática”? Sí, es ella. Parece que para ese pasajero sí habrá carne. Qué tontas nos ponemos cuando nos enamoramos. En fin, subiré a hacerle compañía a Julia, mi niña bonita.
—¡Juan! Yo vuelvo al tren, en cuanto suene el silbato subes, ¿vale?
—¡Sí, mamá!
—De acuerdo, bajemos a buscar un teléfono. —Le tiendo la mano decidida, como estuviera segura de lo que hago—. Julia, ¿tú también quieres llamar a tu madre? Vamos; todos abajo.
—No, no… yo no quiero. —Mi niña abre mucho los ojos para hacer más grande su negativa—. Yo os espero aquí, no quiero bajar del tren.
—Vale, pero no salgas del vagón, ¿de acuerdo?
Julia sube sus pies descalzos al asiento y niega con la cabeza, no puede hablar porque se ha llenado la boca de galletas. Sonrío y le doy un beso. Me la comería a besos. Mi princesita guapa.
Aunque nos hemos abrigado, fuera del tren hace frío. Creo que hemos parado en medio de ninguna parte. Pero están cargando cajas, ¿de dónde las traen? El revisor me cuenta que hay una granja abandonada, miro hacia donde señala y sí, puedo ver un edificio destartalado que podría ser una granja. Le pregunto que si allí ahí teléfono, me dice que no. Respiro aliviada y miro a Juan para que me confirme que entiende que no puede llamar a su casa. ¿Dónde está? Allí, haciendo un muñeco de nieve junto a otros niños.
—¡Juan! Ven, por favor. —Me giro hacia el revisor—. ¿Le importaría repetirme lo del teléfono delante del niño?
No parece que le haya incomodado mucho el no poder llamar. Tal vez no sea el momento de que sepa la verdad. Ni siquiera una parta. La parte.
Dejaré que juegue con los otros niños hasta que nos pongamos en marcha. ¿Quién es ésa? ¿La camarera “simpática”? Sí, es ella. Parece que para ese pasajero sí habrá carne. Qué tontas nos ponemos cuando nos enamoramos. En fin, subiré a hacerle compañía a Julia, mi niña bonita.
—¡Juan! Yo vuelvo al tren, en cuanto suene el silbato subes, ¿vale?
—¡Sí, mamá!
miércoles, 9 de mayo de 2012
Vagón 37. Comer y callar
Estamos todos callados desde que Juan ha dicho lo de su padre. Ni bosque blanco ni nada. Comer y callar, eso es lo que hemos hecho. Hasta le hemos dado las gracias muy bajito al revisor cuando nos ha dado las galletas.
Juan es tonto, no sé por qué se tiene que acordar ahora de su padre. Con lo bien que lo estábamos pasando. Yo me acuerdo de mi madre, pero no quiero llamarla. Y al tío Carlos menos. Juan es tonto.
—¿De verdad quieres llamar a tu padre? —La mujer de los juegos al fin habla.
—Es que… estará preocupado.
—¿Y si te digo que no lo está?
—¿Cómo lo sabes?
—Lo sé. —La mujer parecía estar escondiendo alguna lágrima—. ¿Lo echas de menos? ¿Quieres volver a tu casa?
—No… no es eso. Es que no quiero que se preocupe. Nada más.
La mujer de los juegos está triste. Pobrecita. Juan es tonto. Qué buenas están estas galletas. Y qué tonto es Juan.
Juan es tonto, no sé por qué se tiene que acordar ahora de su padre. Con lo bien que lo estábamos pasando. Yo me acuerdo de mi madre, pero no quiero llamarla. Y al tío Carlos menos. Juan es tonto.
—¿De verdad quieres llamar a tu padre? —La mujer de los juegos al fin habla.
—Es que… estará preocupado.
—¿Y si te digo que no lo está?
—¿Cómo lo sabes?
—Lo sé. —La mujer parecía estar escondiendo alguna lágrima—. ¿Lo echas de menos? ¿Quieres volver a tu casa?
—No… no es eso. Es que no quiero que se preocupe. Nada más.
La mujer de los juegos está triste. Pobrecita. Juan es tonto. Qué buenas están estas galletas. Y qué tonto es Juan.
domingo, 22 de abril de 2012
Vagón 37. Sólo Juan y Julia
La mujer había visto que en el tren viajaban más niños. Pensó en invitarlos a su vagón para que también pudieran jugar; desechó la idea al instante. Su atención debía centrarse en Juan y Julia. Todo había cambiado, su misión ya no era la de alegrar durante un rato. Había sido muy gratificante ver todas aquella sonrisas a cambio de tan poco: un truco de magia, una manualidad, un cuento…
No tardó en darse cuenta de que muchas veces las sonrisas enmascaraban miedos. Los niños no deberían tener miedo nunca. A nada. A nadie.
Juan y Julia fueron los elegidos. Había que desconectar el radar y olvidar al resto. Juan y Julia necesitaban toda su atención. Escuchar la risa de Julia mientras Juan le mordisqueaba los pies le confirmaba que todo iba bien. Sus niños estaban alejando al miedo.
Y el tren parecía ir más despacio. Sí, todo estaba saliendo bien.
No tardó en darse cuenta de que muchas veces las sonrisas enmascaraban miedos. Los niños no deberían tener miedo nunca. A nada. A nadie.
Juan y Julia fueron los elegidos. Había que desconectar el radar y olvidar al resto. Juan y Julia necesitaban toda su atención. Escuchar la risa de Julia mientras Juan le mordisqueaba los pies le confirmaba que todo iba bien. Sus niños estaban alejando al miedo.
Y el tren parecía ir más despacio. Sí, todo estaba saliendo bien.
miércoles, 18 de abril de 2012
Vagón 37. Chinchando
Qué chinche es Julia, siempre está enredando. A veces me cansa y me hace enfadar pero la mayoría de las veces me lo paso bien con ella. Es tan chiquitita… podría ser mi hermana pequeña, pero no lo es. No es nada mío. Como tampoco lo es la mujer de los juegos.
La única familia que tengo es mi padre. Mi madre se murió antes de nacer yo, eso dice mi padre. Yo no entiendo cómo puede ser eso, pero es lo que dice papá. La atropelló un coche. Por eso mi padre no me dejaba salir a la calle, para que no me pasara nada. A mi padre le da todo mucho pavor, a mí no me asusta nada. Cuando era pequeño sí me asustaban muchas cosas, mi padre me enseñaba a tener miedo, pero ahora no: ahora soy mayor y no le temo a nada.
La mujer de los juegos se ponía todos los días frente a mi ventana. Yo me escapaba en cuanto la veía. Algunas veces mi padre no se enteraba, pero cuando se daba cuenta salía buscarme y me devolvía de una oreja a mi habitación, lo peor era el cinturón. En la calle nunca me pasó nada malo; en mi habitación papá me castigaba con la persiana bajada para evitar tentaciones, eso decía.
Ese día, según crucé la calle la mujer me dijo: “ven, corre”. Y yo la seguí hasta un coche.
—¿Quieres que nos escapemos a vivir una aventura?
—¡Claro! —Lo estaba deseando. Quería vivir aventuras.
Ahora estamos en este tren tan extraño y es verdad, todo es una aventura. ¿Estará mi padre preocupado? Al pobre le da tanto miedo todo…
Ya está Julia otra vez con las pataditas… qué chinche es.
—¿Y ahora qué? —Tengo su pie descalzo bien agarrado. Se va a enterar…
La única familia que tengo es mi padre. Mi madre se murió antes de nacer yo, eso dice mi padre. Yo no entiendo cómo puede ser eso, pero es lo que dice papá. La atropelló un coche. Por eso mi padre no me dejaba salir a la calle, para que no me pasara nada. A mi padre le da todo mucho pavor, a mí no me asusta nada. Cuando era pequeño sí me asustaban muchas cosas, mi padre me enseñaba a tener miedo, pero ahora no: ahora soy mayor y no le temo a nada.
La mujer de los juegos se ponía todos los días frente a mi ventana. Yo me escapaba en cuanto la veía. Algunas veces mi padre no se enteraba, pero cuando se daba cuenta salía buscarme y me devolvía de una oreja a mi habitación, lo peor era el cinturón. En la calle nunca me pasó nada malo; en mi habitación papá me castigaba con la persiana bajada para evitar tentaciones, eso decía.
Ese día, según crucé la calle la mujer me dijo: “ven, corre”. Y yo la seguí hasta un coche.
—¿Quieres que nos escapemos a vivir una aventura?
—¡Claro! —Lo estaba deseando. Quería vivir aventuras.
Ahora estamos en este tren tan extraño y es verdad, todo es una aventura. ¿Estará mi padre preocupado? Al pobre le da tanto miedo todo…
Ya está Julia otra vez con las pataditas… qué chinche es.
—¿Y ahora qué? —Tengo su pie descalzo bien agarrado. Se va a enterar…
jueves, 12 de abril de 2012
Vagón 37. Juego limpio
Ojalá no pare nunca el tren.
Nos pasamos todo el día jugando y aunque fuera hay nieve aquí se está calentito; tanto, que puedo estar descalza. Y nadie me regaña. Bueno, Juan algunas veces se pone un poco tonto, con eso de que él es mayor… se cree muy listo y no es para tanto.
Voy ganando al parchís y eso que cuento muy despacio. La mujer de los juegos me ayuda un poco, pero no hacemos trampas, no valen. Si las hiciéramos el juego no sería divertido. Sólo me ayuda a contar. Eso no es hacer trampas.
Mi mamá se olvidaba algunos días de llevarme al cole. No me importaba porque el cole no me gusta, pero tampoco me gustaba quedarme en casa. En casa hacía frío en invierno y mucho calor en verano. El tío Carlos no me dejaba descalzarme, no le gustaban los pies de nadie y no quería verlos. Ahora estoy descalza y le estoy dando pataditas a Juan. Verás cómo se enfada dentro de nada. La mujer de los juegos me está viendo y me está haciendo señas con los ojos para que pare, las dos nos estamos aguantando la risa. No quiero parar, me gusta chinchar a Juan. ¡Ay! ¡Me ha agarrado un pie!
—¿Y ahora qué? —Juan muestra el pie de Julia como si fuera un trofeo.
—Suelta, suelta, que ya me estoy quieta.
—No. No suelto. Ahora el pie es mío y… ¡me lo voy a comer!
No puedo parar de reír. Me está haciendo cosquillas con los dientes.
—¡Para, para!
Ojalá no pare nunca el tren.
Nos pasamos todo el día jugando y aunque fuera hay nieve aquí se está calentito; tanto, que puedo estar descalza. Y nadie me regaña. Bueno, Juan algunas veces se pone un poco tonto, con eso de que él es mayor… se cree muy listo y no es para tanto.
Voy ganando al parchís y eso que cuento muy despacio. La mujer de los juegos me ayuda un poco, pero no hacemos trampas, no valen. Si las hiciéramos el juego no sería divertido. Sólo me ayuda a contar. Eso no es hacer trampas.
Mi mamá se olvidaba algunos días de llevarme al cole. No me importaba porque el cole no me gusta, pero tampoco me gustaba quedarme en casa. En casa hacía frío en invierno y mucho calor en verano. El tío Carlos no me dejaba descalzarme, no le gustaban los pies de nadie y no quería verlos. Ahora estoy descalza y le estoy dando pataditas a Juan. Verás cómo se enfada dentro de nada. La mujer de los juegos me está viendo y me está haciendo señas con los ojos para que pare, las dos nos estamos aguantando la risa. No quiero parar, me gusta chinchar a Juan. ¡Ay! ¡Me ha agarrado un pie!
—¿Y ahora qué? —Juan muestra el pie de Julia como si fuera un trofeo.
—Suelta, suelta, que ya me estoy quieta.
—No. No suelto. Ahora el pie es mío y… ¡me lo voy a comer!
No puedo parar de reír. Me está haciendo cosquillas con los dientes.
—¡Para, para!
Ojalá no pare nunca el tren.
martes, 3 de abril de 2012
Vagón 37. Aceleración constante
Era el maquinista. Al parecer se ha vuelto loco y lo han tenido que atar. La pregunta es lógica: ¿quién conduce el tren ahora?
Cada vez va más deprisa, lo puedo notar. No subimos a este tren para huir, mucho menos para morir. Si el tren sigue acelerando moriremos todos. Y subimos a este tren para vivir: VIVIR.
He buscado un freno de emergencia. Me ha costado encontrarlo pero he conseguido dar con uno. He tirado con todas mis fuerzas y… nada, el tren sigue avanzando; cada vez más deprisa.
¿Y si los niños quisieran bajar algún día? El tren tiene que poder detenerse.
—Te toca. Tira el dado.
—Es verdad. A ver… necesito un cuatro para comerme tu ficha y contar veinte.
—Mejor un seis y te comes la de Juan.
—Venga, un cuatro o un seis, venga dadito…
¿Y si el tren no para nunca?
Cada vez va más deprisa, lo puedo notar. No subimos a este tren para huir, mucho menos para morir. Si el tren sigue acelerando moriremos todos. Y subimos a este tren para vivir: VIVIR.
He buscado un freno de emergencia. Me ha costado encontrarlo pero he conseguido dar con uno. He tirado con todas mis fuerzas y… nada, el tren sigue avanzando; cada vez más deprisa.
¿Y si los niños quisieran bajar algún día? El tren tiene que poder detenerse.
—Te toca. Tira el dado.
—Es verdad. A ver… necesito un cuatro para comerme tu ficha y contar veinte.
—Mejor un seis y te comes la de Juan.
—Venga, un cuatro o un seis, venga dadito…
¿Y si el tren no para nunca?
jueves, 22 de marzo de 2012
Vagón 37. Y ocho veinticuatro, y ocho treinta y dos…
—¿Quién era ése? —preguntó Juan sin estar seguro de haber visto lo que había visto.
—No lo sé —respondió la mujer de los juegos que se había quedado paralizada con una estrella de papel en la mano.
—Yo me sé esa canción, mira: Tengo una muñeca vestida de azul, con su camisita y su canesú, la saqué… —empezó a entonar la pequeña Julia.
La mujer de los juegos consiguió al fin moverse. Se dirigió al extremo del departamento por el que había salido aquel hombre semidesnudo que corría cantando aquella canción a gritos. Pudo verlo alejarse del mismo modo que lo había hecho en su vagón.
—Ni idea, chicos —dijo encogiendo los hombros—. ¿Algún pasajero que tenía calor y prisa?
En ese momento el revisor también irrumpió en el vagón corriendo y buscando con la mirada a su alrededor.
—¿Han visto al maquinista?
—¿En calzoncillos, corriendo y cantando? —preguntó Juan para asegurarse de que hablaban de la misma persona.
—Sí.
Los tres señalaron la dirección que había tomado.
—Yo también me sé esa canción, mira: Tengo una muñeca vestida de azul, con su camisita y su canesú, la saqué a paseo…
El revisor no se detuvo a escuchar a la pequeña Julia. Apresuradamente siguió la dirección que le habían indicado.
—Y yo. ¿Tú te la sabes, Juan?
—Claro.
La mujer y el chico se unieron al canto de la niña mientras continuaban quitando estrellas de la ventana.
—Dos y dos son cuatro, cuatro y dos son seis, seis y dos son ocho y ocho dieciséis…
—No lo sé —respondió la mujer de los juegos que se había quedado paralizada con una estrella de papel en la mano.
—Yo me sé esa canción, mira: Tengo una muñeca vestida de azul, con su camisita y su canesú, la saqué… —empezó a entonar la pequeña Julia.
La mujer de los juegos consiguió al fin moverse. Se dirigió al extremo del departamento por el que había salido aquel hombre semidesnudo que corría cantando aquella canción a gritos. Pudo verlo alejarse del mismo modo que lo había hecho en su vagón.
—Ni idea, chicos —dijo encogiendo los hombros—. ¿Algún pasajero que tenía calor y prisa?
En ese momento el revisor también irrumpió en el vagón corriendo y buscando con la mirada a su alrededor.
—¿Han visto al maquinista?
—¿En calzoncillos, corriendo y cantando? —preguntó Juan para asegurarse de que hablaban de la misma persona.
—Sí.
Los tres señalaron la dirección que había tomado.
—Yo también me sé esa canción, mira: Tengo una muñeca vestida de azul, con su camisita y su canesú, la saqué a paseo…
El revisor no se detuvo a escuchar a la pequeña Julia. Apresuradamente siguió la dirección que le habían indicado.
—Y yo. ¿Tú te la sabes, Juan?
—Claro.
La mujer y el chico se unieron al canto de la niña mientras continuaban quitando estrellas de la ventana.
—Dos y dos son cuatro, cuatro y dos son seis, seis y dos son ocho y ocho dieciséis…
sábado, 17 de marzo de 2012
Vagón 37. Nada que deba preocuparme
¿Se puede saber qué pasa? No he dejado de preguntármelo desde que se lo dije a los niños en el vagón restaurante. Los niños discutían por cosas de chicos, nada que deba preocuparme. Pero… ¿se puede saber qué pasa?
Mirando por la ventana he notado algo raro en el horizonte, como si no existiera, como si el paisaje tuviera un fin. Y he sentido una presencia. Me debo de estar volviendo loca.
Al menos en nuestro vagón vuelve a ser de día. No sé cómo ha vuelto la luz. Cuando hemos regresado todo estaba en orden. Quitaremos las estrellas de las ventanas y después las abriremos para que también entre el aire fresco, ¿o será demasiado frío para los niños?
Me parece que el tren avanza cada vez más deprisa. Y el horizonte…
¿Se puede saber qué pasa?
Mirando por la ventana he notado algo raro en el horizonte, como si no existiera, como si el paisaje tuviera un fin. Y he sentido una presencia. Me debo de estar volviendo loca.
Al menos en nuestro vagón vuelve a ser de día. No sé cómo ha vuelto la luz. Cuando hemos regresado todo estaba en orden. Quitaremos las estrellas de las ventanas y después las abriremos para que también entre el aire fresco, ¿o será demasiado frío para los niños?
Me parece que el tren avanza cada vez más deprisa. Y el horizonte…
¿Se puede saber qué pasa?
viernes, 24 de febrero de 2012
Vagón 37. En busca del tiempo real
La mujer ha encendido la linterna tan rápido como ha podido, ¿a quién había pillado Juan? Julia estaba a su lado y el niño está en el otro extremo del vagón.
Luz.
Juan está desconcertado, mira entre sus manos y no hay nada, nadie. Sin embargo está seguro, había alcanzado y sujetado a alguien. Juan sabe que no es posible, que la oscuridad no encierra nada que no exista en la claridad.
La mujer mira por la ventana. El reflejo de los otros vagones sigue inundando el túnel. El túnel del que ya han salido en el resto del tren.
—Nos vamos. Vamos al vagón restaurante, ¿queréis?
A Juan le parece una buena idea.
Fuera del vagón 37 es de día y la luz del sol calienta a todos los pasajeros. En el paso entre dos vagones se encuentran a dos chicas que se abrazan divertidas. Los tres piensan que son muy guapas. Julia las encuentra muy parecidas a su muñeca preferida. De mayor le gustaría ser como ellas.
Luz.
Juan está desconcertado, mira entre sus manos y no hay nada, nadie. Sin embargo está seguro, había alcanzado y sujetado a alguien. Juan sabe que no es posible, que la oscuridad no encierra nada que no exista en la claridad.
La mujer mira por la ventana. El reflejo de los otros vagones sigue inundando el túnel. El túnel del que ya han salido en el resto del tren.
—Nos vamos. Vamos al vagón restaurante, ¿queréis?
A Juan le parece una buena idea.
Fuera del vagón 37 es de día y la luz del sol calienta a todos los pasajeros. En el paso entre dos vagones se encuentran a dos chicas que se abrazan divertidas. Los tres piensan que son muy guapas. Julia las encuentra muy parecidas a su muñeca preferida. De mayor le gustaría ser como ellas.
martes, 21 de febrero de 2012
Vagón 37. Gallinas ciegas
El revisor me asegura que no estamos en el túnel. Pero yo miro por la ventana y sólo veo oscuridad. Los niños también.
Si hemos salido, ¿por qué nos ha traído una linterna? Lo más importante ahora es que los niños no se enteren de lo que está pasando. No pueden temer al tren, es nuestro único hogar, si también éste les falla…
—¡Niños! ¿Qué os parece si jugamos a la gallinita ciega?
—¡Vale, me pido primer! —A Juan se le da muy bien este juego.
—Muy bien, Julia dame las dos manos.
Rodean a Juan y giran alrededor de él cantando.
—Gallinita ciega, ¿qué se te ha perdido?
—Una aguja y un dedal.
—Pues date tres vueltas y lo encontrarás. ¡Uno, dos y tres!
Ahora me doy cuenta, de los otros vagones sale luz, puedo verlo en el túnel. Si es que esto es un túnel. Dios mío, ¿qué está pasando?
—¡Te pillé! Eres…
Si hemos salido, ¿por qué nos ha traído una linterna? Lo más importante ahora es que los niños no se enteren de lo que está pasando. No pueden temer al tren, es nuestro único hogar, si también éste les falla…
—¡Niños! ¿Qué os parece si jugamos a la gallinita ciega?
—¡Vale, me pido primer! —A Juan se le da muy bien este juego.
—Muy bien, Julia dame las dos manos.
Rodean a Juan y giran alrededor de él cantando.
—Gallinita ciega, ¿qué se te ha perdido?
—Una aguja y un dedal.
—Pues date tres vueltas y lo encontrarás. ¡Uno, dos y tres!
Ahora me doy cuenta, de los otros vagones sale luz, puedo verlo en el túnel. Si es que esto es un túnel. Dios mío, ¿qué está pasando?
—¡Te pillé! Eres…
jueves, 9 de febrero de 2012
Vagón 37. Cosas raras
No estaba castigado. Qué tonto soy… la mujer de los juegos no me castiga nunca. Pero claro, estaba dormido, me he despertado con el grito de Julia y no sabía ni dónde estaba, al verlo todo oscuro me creía que seguía en mi casa. Allí sí me castigaban.
Esto es muy raro. El revisor dice que ha habido un fallo eléctrico y que estaba trayendo linternas a todos los coches, pero yo veía la luz que salía de las ventanas de los otros vagones.
A Julia ya se le ha pasado el susto. Pobrecita, siempre tiene pesadillas. No sé quién era el tío Carlos, nunca me habla de él, pero se le aparece en sueños. A mí no me asusta nada, porque soy mayor y sé que los sueños son de mentira. Lo mejor es dejar que pasen, como cuando me castigaban: muy quieto, muy quieto y a esperar que vuelva la luz. Gritar, llorar, tener miedo… sólo sirve para que dure más.
Esto es muy raro. ¿Por qué se habrá quedado nuestro vagón sin luz? ¿Y por qué nos dice mentiras el revisor?
A ver si se acaba pronto el túnel y puedo mirar por la ventana. Me gusta mirar por la ventana.
—Julia… ¿quieres sentarte conmigo? Si quieres te cuento un cuento.
—Pero que no sea de miedo. —La niña mira a la mujer pidiendo aprobación para ir junto a Juan. La mujer sonríe y le da un leve empujón para que vaya.
—Había una vez un gigante, muy grande, muy grande…
—¿Y guapo? —Julia sube los pies al asiento y se acurruca abrazando a Juan.
—No, no mucho, pero era muy bueno…
Esto es muy raro. El revisor dice que ha habido un fallo eléctrico y que estaba trayendo linternas a todos los coches, pero yo veía la luz que salía de las ventanas de los otros vagones.
A Julia ya se le ha pasado el susto. Pobrecita, siempre tiene pesadillas. No sé quién era el tío Carlos, nunca me habla de él, pero se le aparece en sueños. A mí no me asusta nada, porque soy mayor y sé que los sueños son de mentira. Lo mejor es dejar que pasen, como cuando me castigaban: muy quieto, muy quieto y a esperar que vuelva la luz. Gritar, llorar, tener miedo… sólo sirve para que dure más.
Esto es muy raro. ¿Por qué se habrá quedado nuestro vagón sin luz? ¿Y por qué nos dice mentiras el revisor?
A ver si se acaba pronto el túnel y puedo mirar por la ventana. Me gusta mirar por la ventana.
—Julia… ¿quieres sentarte conmigo? Si quieres te cuento un cuento.
—Pero que no sea de miedo. —La niña mira a la mujer pidiendo aprobación para ir junto a Juan. La mujer sonríe y le da un leve empujón para que vaya.
—Había una vez un gigante, muy grande, muy grande…
—¿Y guapo? —Julia sube los pies al asiento y se acurruca abrazando a Juan.
—No, no mucho, pero era muy bueno…
sábado, 28 de enero de 2012
Vagón 37. Oscuridad completa
El grito de Julia rompió el monótono sonido del tren. La mujer se despertó asustada.
—¿Qué te pasa? ¡Mierda! ¡Las luces! —El vagón estaba completamente a oscuras— Tranquila cariño.
—¿Mamá?
—Soy yo, mi vida. Estoy aquí. —Al intentar agarrar a la niña, ésta volvió a gritar y se alejó de ella.
—¿Está el tío Carlos? Dile que se vaya —Julia rompió a llorar—. Dile que se vaya, mamá.
—No está, cariño. No está. —La mujer alargaba sus manos intentando localizar a la niña—. No tengas miedo Julia, no soy mamá, soy yo. Era un sueño, mi vida. Estamos en el tren, ¿te acuerdas? Aquí sólo estamos Juan, tú y yo. Es nuestro vagón.
Julia cambió su llanto por unos gemidos ahogados y extendió sus brazos para encontrar los de la mujer.
—Ya, mi vida, ya… —al conseguir tocarla tiró de ella para abrazarla— No va a pasar nada, no tengas miedo. ¿Y Juan?
—No sé.
—¡Juan! ¡Juan! ¿Dónde estás, Juan? ¡Contesta!
La puerta del vagón se abrió. Apareció una sombra con una luz de linterna alumbrando la estancia.
—¿Están bien?
—¡No! ¡No estamos bien! —la mujer gritaba furiosa— ¡Se han fundido todas las bombillas y no encuentro a mi niño!
—Ha habido un fallo eléctrico, estoy llevando linternas a todos los vagones.
—¡Traiga esa linterna! ¡Hay que encontrar al niño!
—Está ahí, señora.
Juan estaba hecho un ovillo en uno de los asientos, con los ojos muy abiertos, no parecía molestarle la luz directa sobre sus ojos.
—¡Cariño! ¿Estás bien? ¿Te has asustado?
—No, no me he asustado. ¿Estoy castigado?
—¿Está el tío Carlos? Dile que se vaya —Julia rompió a llorar—. Dile que se vaya, mamá.
—No está, cariño. No está. —La mujer alargaba sus manos intentando localizar a la niña—. No tengas miedo Julia, no soy mamá, soy yo. Era un sueño, mi vida. Estamos en el tren, ¿te acuerdas? Aquí sólo estamos Juan, tú y yo. Es nuestro vagón.
Julia cambió su llanto por unos gemidos ahogados y extendió sus brazos para encontrar los de la mujer.
—Ya, mi vida, ya… —al conseguir tocarla tiró de ella para abrazarla— No va a pasar nada, no tengas miedo. ¿Y Juan?
—No sé.
—¡Juan! ¡Juan! ¿Dónde estás, Juan? ¡Contesta!
La puerta del vagón se abrió. Apareció una sombra con una luz de linterna alumbrando la estancia.
—¿Están bien?
—¡No! ¡No estamos bien! —la mujer gritaba furiosa— ¡Se han fundido todas las bombillas y no encuentro a mi niño!
—Ha habido un fallo eléctrico, estoy llevando linternas a todos los vagones.
—¡Traiga esa linterna! ¡Hay que encontrar al niño!
—Está ahí, señora.
Juan estaba hecho un ovillo en uno de los asientos, con los ojos muy abiertos, no parecía molestarle la luz directa sobre sus ojos.
—¡Cariño! ¿Estás bien? ¿Te has asustado?
—No, no me he asustado. ¿Estoy castigado?
miércoles, 25 de enero de 2012
Vagón 37. Un lugar en el espacio
¡Siete días! Siete días de oscuridad. Es lo que me ha dicho el maquinista que vamos a tardar en atravesar este túnel. ¿Qué haré con los niños en estos siete días?
Juan me preocupa. Está acostumbrado a vivir entre tinieblas, sabe que en la oscuridad no se oculta nada que no exista a plena luz, pero regresarán sus recuerdos, estoy segura. Y Julia… Julia tendrá miedo, el mismo miedo que siente cada noche y que le trae pesadillas.
He hablado con el camarero del vagón restaurante para que nos traiga la comida, no quiero andar con los niños por los pasillos en esta penumbra. ¿Aguantarán las bombillas? Si se funden será terrible.
Las estrellas en las ventanas los mantienen distraídos de momento, pero sólo han pasado unas horas. Tengo que pensar en un nuevo juego.
—¡Atención! Se aproxima una tormenta de meteoritos. Princesa Julia, dame las coordenadas correctas para que los podamos esquivar.
—¡Yo no tengo de eso! —Julia frunce el gesto y cruza sus brazos— ¿Y por qué tú eres Rey y yo sólo princesa?
—Dime números, tonta. Da igual los que digas.
—Tonto tú. No juego más.
No, no, no… esto no. Tengo que cambiar el juego.
—Niños, no peleéis. No hay tormenta de meteoritos, es el nacimiento de una nueva galaxia, mirad… ¿veis todas esas luces que parecen fuegos artificiales? Son nuevas estrellas y nuevos planetas. Mirad cómo buscan su sitio en el espacio, ¿lo veis?
Juan me preocupa. Está acostumbrado a vivir entre tinieblas, sabe que en la oscuridad no se oculta nada que no exista a plena luz, pero regresarán sus recuerdos, estoy segura. Y Julia… Julia tendrá miedo, el mismo miedo que siente cada noche y que le trae pesadillas.
He hablado con el camarero del vagón restaurante para que nos traiga la comida, no quiero andar con los niños por los pasillos en esta penumbra. ¿Aguantarán las bombillas? Si se funden será terrible.
Las estrellas en las ventanas los mantienen distraídos de momento, pero sólo han pasado unas horas. Tengo que pensar en un nuevo juego.
—¡Atención! Se aproxima una tormenta de meteoritos. Princesa Julia, dame las coordenadas correctas para que los podamos esquivar.
—¡Yo no tengo de eso! —Julia frunce el gesto y cruza sus brazos— ¿Y por qué tú eres Rey y yo sólo princesa?
—Dime números, tonta. Da igual los que digas.
—Tonto tú. No juego más.
No, no, no… esto no. Tengo que cambiar el juego.
—Niños, no peleéis. No hay tormenta de meteoritos, es el nacimiento de una nueva galaxia, mirad… ¿veis todas esas luces que parecen fuegos artificiales? Son nuevas estrellas y nuevos planetas. Mirad cómo buscan su sitio en el espacio, ¿lo veis?
lunes, 16 de enero de 2012
Vagón 37. La coronación
La mujer de los juegos ha abierto la maleta de las sorpresas y ha sacado papel brillante y tijeras. Seguro que quiere que juguemos a hacer coronas, como la primera vez que la vi.
Yo estaba en mi habitación como siempre y ella estaba en la calle haciendo guirnaldas que regalaba a los niños que pasaban. Yo la veía desde la ventana. Yo siempre miraba por la ventana. Yo quería estar en la calle, pero estaba en mi habitación como siempre, mirando al paseo y a la gente que caminaba por allí.
Me escapé. Salí de mi casa sin que nadie me viera y me acerqué a ella. Me hizo una corona y me enseñó cómo se hacían para que pudiera hacer otra cuando aquélla se rompiera.
Mi padre tiró de mí y no pude despedirme de ella. Mientras cruzábamos la calle me daba azotes en la cabeza. Me castigó con la persiana bajada durante una semana. Los demás niños podían salir a la calle, yo no. Mi padre decía que era muy peligroso.
Ahora tampoco salgo a la calle, siempre estamos en este tren y también miro por la ventana, pero no me importa: Julia y la mujer de los juegos siempre están conmigo y es como si estuviéramos en la calle.
—¿Vamos a hacer coronas?
—No. Vamos a hacer estrellas y las pegaremos en las ventanas.
—¿Para qué? Yo prefiero hacer coronas.
—Para viajar por el espacio. Cuando tengamos las ventanas llenas de estrellas haremos coronas si quieres. Seremos los reyes del Universo.
Yo estaba en mi habitación como siempre y ella estaba en la calle haciendo guirnaldas que regalaba a los niños que pasaban. Yo la veía desde la ventana. Yo siempre miraba por la ventana. Yo quería estar en la calle, pero estaba en mi habitación como siempre, mirando al paseo y a la gente que caminaba por allí.
Me escapé. Salí de mi casa sin que nadie me viera y me acerqué a ella. Me hizo una corona y me enseñó cómo se hacían para que pudiera hacer otra cuando aquélla se rompiera.
Mi padre tiró de mí y no pude despedirme de ella. Mientras cruzábamos la calle me daba azotes en la cabeza. Me castigó con la persiana bajada durante una semana. Los demás niños podían salir a la calle, yo no. Mi padre decía que era muy peligroso.
Ahora tampoco salgo a la calle, siempre estamos en este tren y también miro por la ventana, pero no me importa: Julia y la mujer de los juegos siempre están conmigo y es como si estuviéramos en la calle.
—¿Vamos a hacer coronas?
—No. Vamos a hacer estrellas y las pegaremos en las ventanas.
—¿Para qué? Yo prefiero hacer coronas.
—Para viajar por el espacio. Cuando tengamos las ventanas llenas de estrellas haremos coronas si quieres. Seremos los reyes del Universo.
lunes, 9 de enero de 2012
Vagón 37. Vestidos para viajar
La mujer separó la ropa que le valía a los niños del resto. Estaba satisfecha, todo era nuevo y de buena calidad, “para ir de boda” pensó.
Llamó al mozo y le entregó la caja en la que había guardado debidamente dobladas todas las prendas que no le servían.
—Todo esto no le vale a los niños. Por favor, devuélvaselo al señor y dele las gracias de mi parte. He hecho una lista con lo que me he quedado, es ésta —dándosela al mozo—, pregúntele cuánto le debo y si nos vemos en el vagón restaurante, dentro de una hora, para pagarle.
—Me dijo que se quedara con todo y que no quería nada a cambio, que ya no necesitaría el muestrario nunca más.
—Oh… Pero es una pena que toda esta ropa se desaproveche y a los niños no les sirve…
—Puedo llevarla al vagón 4, si no le parece mal, seguro que allí le viene bien a alguien.
—¿El vagón 4? ¿No es un vagón de carga?
—No. Viaja gente allí.
—Bien, llévela allí si quiere. Gracias.
La mujer cerró la puerta y se quedó mirando a los niños. Julia estaba feliz con su nuevo vestuario, Juan no dejaba de reír viendo a la pequeña girar sin parar.
Todo estaba saliendo bien, el tren era el refugio perfecto.
Llamó al mozo y le entregó la caja en la que había guardado debidamente dobladas todas las prendas que no le servían.
—Todo esto no le vale a los niños. Por favor, devuélvaselo al señor y dele las gracias de mi parte. He hecho una lista con lo que me he quedado, es ésta —dándosela al mozo—, pregúntele cuánto le debo y si nos vemos en el vagón restaurante, dentro de una hora, para pagarle.
—Me dijo que se quedara con todo y que no quería nada a cambio, que ya no necesitaría el muestrario nunca más.
—Oh… Pero es una pena que toda esta ropa se desaproveche y a los niños no les sirve…
—Puedo llevarla al vagón 4, si no le parece mal, seguro que allí le viene bien a alguien.
—¿El vagón 4? ¿No es un vagón de carga?
—No. Viaja gente allí.
—Bien, llévela allí si quiere. Gracias.
La mujer cerró la puerta y se quedó mirando a los niños. Julia estaba feliz con su nuevo vestuario, Juan no dejaba de reír viendo a la pequeña girar sin parar.
Todo estaba saliendo bien, el tren era el refugio perfecto.
jueves, 29 de diciembre de 2011
Vagón 37. Princesa Julia
Ahora sí que soy una princesa de verdad. La mujer de los juegos nos ha traído ropa nueva y todos mis vestidos son de princesa, ¡estoy más contenta…! Me entran muchas ganas de bailar, porque tienen mucho vuelo y cuando doy vueltas la falda se levanta y parezco una bailarina de verdad. Ahora me he puesto uno rosa, ¡es más bonito…!
Me gusta la mujer de los juegos, pero no me gusta llamarla mamá. No me obliga, pero dice que cuando haya gente delante es mejor porque si no nos pueden echar del tren. Por eso cuando hay gente no la llamo, no quiero llamarla mamá.
Yo ya tengo una mamá que no está aquí. Mi mamá casi nunca está conmigo, me acuesta y se va con el tío Carlos, él sí me obliga a llamarlo tío. El tío Carlos no me gusta, pero mamá siempre quiere estar con él, creo que es porque le trae las inyecciones que se pone. Una vez me desperté y como no había nadie en casa me asusté y lloré mucho; me oyeron los vecinos, luego vino la policía y se quedaron conmigo hasta que vino mi madre. Estuve un tiempo en un colegio en el que también dormíamos, después mamá vino a buscarme y me llevó a casa. Aquella noche me dijo que si me despertaba que no se me ocurriera llorar, me obligó a beberme una medicina que no me gustaba. ¡Y yo no estaba mala!
La mujer de los juegos siempre se queda a dormir a mi lado y no se pone inyecciones. Siempre dice que soy una princesa. No quiero llamarla mamá porque no quiero que ella sea una mamá, quiero que todo sea como es ahora.
—¡Soy una princesa! ¡Mira cómo doy vueltas!
Me gusta la mujer de los juegos, pero no me gusta llamarla mamá. No me obliga, pero dice que cuando haya gente delante es mejor porque si no nos pueden echar del tren. Por eso cuando hay gente no la llamo, no quiero llamarla mamá.
Yo ya tengo una mamá que no está aquí. Mi mamá casi nunca está conmigo, me acuesta y se va con el tío Carlos, él sí me obliga a llamarlo tío. El tío Carlos no me gusta, pero mamá siempre quiere estar con él, creo que es porque le trae las inyecciones que se pone. Una vez me desperté y como no había nadie en casa me asusté y lloré mucho; me oyeron los vecinos, luego vino la policía y se quedaron conmigo hasta que vino mi madre. Estuve un tiempo en un colegio en el que también dormíamos, después mamá vino a buscarme y me llevó a casa. Aquella noche me dijo que si me despertaba que no se me ocurriera llorar, me obligó a beberme una medicina que no me gustaba. ¡Y yo no estaba mala!
La mujer de los juegos siempre se queda a dormir a mi lado y no se pone inyecciones. Siempre dice que soy una princesa. No quiero llamarla mamá porque no quiero que ella sea una mamá, quiero que todo sea como es ahora.
—¡Soy una princesa! ¡Mira cómo doy vueltas!
miércoles, 21 de diciembre de 2011
Vagón 37. El espíritu del fuego
Había mantas en el tren, ya me las han traído. También hay servicio de lavandería, he respirado aliviada cuando me lo ha dicho el camarero. Aun así los niños necesitan más ropa, no pueden estar desnudos mientras se lava. El mozo me ha prometido que hará todo lo posible por conseguirla, cree que en otro vagón hay un representante que lleva modelos para ofrecer en las tiendas.
Juan me ha llamado mamá mientras desayunábamos. Cuando se lo he oído decir se me ha erizado la piel.
Creo que Juan sabe que este tren no tiene retorno ni destino final, es un niño muy listo. Julia cree que todo es un juego. Y tiene razón… todo es un juego.
—¡Vamos! Entra en la tienda, están a punto de atacarnos los soldados de los cuchillos largos y Nube Plateada tiene un plan.
—¿Un plan? Ahora mismo entro para consultar al espíritu del fuego si el plan es favorable.
Sí, todo es un juego: las mantas son una tienda india y mis niños unos valientes guerreros. El espíritu del fuego alejará a los cuchillos largos de nuestro tren.
Juan me ha llamado mamá mientras desayunábamos. Cuando se lo he oído decir se me ha erizado la piel.
Creo que Juan sabe que este tren no tiene retorno ni destino final, es un niño muy listo. Julia cree que todo es un juego. Y tiene razón… todo es un juego.
—¡Vamos! Entra en la tienda, están a punto de atacarnos los soldados de los cuchillos largos y Nube Plateada tiene un plan.
—¿Un plan? Ahora mismo entro para consultar al espíritu del fuego si el plan es favorable.
Sí, todo es un juego: las mantas son una tienda india y mis niños unos valientes guerreros. El espíritu del fuego alejará a los cuchillos largos de nuestro tren.
miércoles, 7 de diciembre de 2011
Vagón 37. Despertar en marcha
La pequeña Julia abre los ojos como si le hubieran accionado un interruptor. Mira a su alrededor buscando a Juan con la mirada. No busca a la mujer de los juegos, ha sentido su presencia junto a ella durante todo su sueño. Juan duerme, como casi siempre, en una postura imposible que hace pensar a quien lo mira en terribles dolores musculares. Julia acude a su lado para zarandearlo con fuerza.
—¡Juan, Juan! Que ya es de día, despierta.
El niño intenta abrir los ojos pero sólo lo consigue a medias, se los protege con las dos manos como si un gran foco lo estuviera encarando.
—Tengo sueño —dice refunfuñando—, déjame en paz.
—¡No! Despierta. La señora de los juegos está dormida, vamos a escondernos y la asustamos.
—¡Que no! Déjame —protesta haciéndose un ovillo.
La mujer lleva ya algún tiempo observándolos en silencio, con una sonrisa amable en su rostro. De su bolso saca un cepillo y tras desenredarse y recogerse el pelo, se levanta para acercarse a los niños.
—Deja que duerma un poco más, Julia —dándole un beso en la mejilla—. Ven que te peino un poco. Si quieres, jugamos tú y yo un rato y luego lo llamamos para ir a desayunar, ¿vale?
—Vale —responde Julia dejándose cepillar el pelo—. ¿A maiseforyuti?
—A lo que quieras.
—¡A los números! —grita de repente Juan incorporándose en el asiento como un resorte.
—¡Juan, Juan! Que ya es de día, despierta.
El niño intenta abrir los ojos pero sólo lo consigue a medias, se los protege con las dos manos como si un gran foco lo estuviera encarando.
—Tengo sueño —dice refunfuñando—, déjame en paz.
—¡No! Despierta. La señora de los juegos está dormida, vamos a escondernos y la asustamos.
—¡Que no! Déjame —protesta haciéndose un ovillo.
La mujer lleva ya algún tiempo observándolos en silencio, con una sonrisa amable en su rostro. De su bolso saca un cepillo y tras desenredarse y recogerse el pelo, se levanta para acercarse a los niños.
—Deja que duerma un poco más, Julia —dándole un beso en la mejilla—. Ven que te peino un poco. Si quieres, jugamos tú y yo un rato y luego lo llamamos para ir a desayunar, ¿vale?
—Vale —responde Julia dejándose cepillar el pelo—. ¿A maiseforyuti?
—A lo que quieras.
—¡A los números! —grita de repente Juan incorporándose en el asiento como un resorte.
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