Entra en un vagón

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domingo, 13 de mayo de 2012

Vagón Restaurante. Otra tostadita

Hacía días que Marta y Ester añoraban la rutina de sentarse frente a frente en el vagón restaurante y prepararse las tostadas la una a la otra. Pero ahora ya ha acabado el racionamiento y se han comido las dos sus tostadas, la una de mantequilla y la otra de mermelada. Se están mirando las dos cogidas de la mano y, de repente, Ester empieza a preparar otra tostada de mermelada. Entonces Marta dice:

-Pero si ya nos hemos comido dos.

-Hoy necesitamos comer muchas calorías porque, con los días que llevamos haciéndolo sólo una vez… Bueno, que quiero que nos pasemos el día dándonos besitos y lo que no son besitos.

Piden otro café con leche para mojar las tostadas y, al acabar, se cogen de la mano para volver a su compartimento pero, al llegar a la primera plataforma de separación entre vagones, Marta mira alrededor y, al no ver a nadie, arrincona a Ester, la abraza, se estrecha contra ella y le da un beso dulce y largo. Al acabar Ester le dice en voz muy baja al oído:

-Te voy a dar una chupadita que te voy a dejar turulata.

Marta se estremece y le pregunta también en voz muy baja al oído:

-¿Ah, sí? ¿Y dónde?

Aprovechando que Marta lleva falda, Ester le pasa la mano por debajo, la busca, le aparta las braguitas y, al encontrarla, le da un suave pellizco:

-Te la voy a dar aquí pero me vas a sentir aquí.

Saca la mano y le señala con el dedo el corazón.

Marta coge la mano de Ester y tira de ella para llevársela corriendo hacia el compartimento.

domingo, 29 de abril de 2012

Vagón Restaurante. Raciones de problemas

—Yo quiero un escalope.

—No nos queda carne.

—Entonces una chuletas.

—He dicho que no nos queda carne. Nada de carne.

—Es muy pequeña. —La mujer de los juegos acusaba con la mirada a la camarera—. Dígame qué tiene y que elijan.

—Coliflor y patatas.

—¿Fritas? —A Julia se le iluminaron los ojos.

—La coliflor no, hervida. Las patatas como quieras.

La mujer de los juegos volvió a mirar a la camarera. Ésta entendió la pregunta.

—Hasta que no paremos no podremos repostar, la comida empieza a escasear, sí.

—¿Y cuándo pararemos?

—En cuanto el maquinista nos diga cómo.

—Traiga tres raciones de comida, por favor. De lo que haya.

Sabía que algo no iba bien, lo sabía. Pero hace ya un rato que me ha parecido que el tren va más despacio. Todo se solucionará, seguro.

—¿Sabéis qué haremos? Un bosque de coliflor. Un bosque nevado. Y las patatas serán las rocas. Descubriremos que hay bajo la nieve, ¿vale?

—¡Vale! —respondieron al unísono los dos niños.

—Mamá… —Juan parecía no saber cómo decir lo que quería decir —. Cuando paremos…

—Dime.

—¿Podré llamar a mi padre para que sepa que estoy bien? 

domingo, 8 de abril de 2012

Vagón Restaurante. Millas por hora

Me pregunto cómo podríamos saber a qué velocidad nos desplazamos. Del limbo hemos pasado al infierno, concretamente al traqueteo infernal… Llevo ya varios días sin descansar en condiciones. Lo que me faltaba. La preocupación ha hecho que me olvide del fantasma de Elisa, pero sigo sin dormir.

La camarera me ha visto mala cara y me ha puesto un café cargado sin preguntar. Yo, en cambio, sí le he hecho una pregunta: ¿qué coño está pasando en el tren, que cada vez va más rápido? La camarera, a pesar de haberse ruborizado bastante, me ha dicho temblando que el tren viaja como siempre, a 80 millas por hora.

Y ha sido entonces cuando he volcado el café: no me había dado cuenta antes de lo mucho que la camarera se parece a Elisa cuando se azora.

martes, 6 de marzo de 2012

Vagón Restaurante. Mirando

Este tren es muy divertido. Da un poco de miedo, pero seguro que todo es un juego. La mujer de los juegos es mágica y hace estas cosas: tan pronto es de día como de noche. Tengo hambre.

Aquí hay mucha gente. Las dos chicas que hemos visto antes acaban de entrar. Siempre se están riendo. Ahora creo que se ríen de ese chico que siempre lleva los ojos muy abiertos, como si se le hubiera perdido algo. Me va a entrar la risa, porque él no deja de mirarlas, creo que le gustan. Y a ellas les hace gracia su cara de asustado, seguro. Juan también las mira. Seguro que también le gustan. La mujer de los juegos no deja de mirar por la ventana. Parece preocupada, a lo mejor es que quería hacer un día menos soleado y no le ha salido. La noche en nuestro vagón le ha salido muy bien, era de oscura…

—Juan… ja,ja,ja. Te gustan esas chicas, ja, ja, ja.

Ya se ha enfadado. Es muy divertido cuando se enfada y no quiere que se le note. Se le juntan las cejas y la boca se le hace pequeñita.

—Tú eres tonta.

—Juan… no insultes.

La mujer de los juegos está rara. Parece como si no nos escuchara. Yo también he mirado por la ventana y no hay nada raro. Tengo hambre.

—Juan tiene novias, Juan tiene novias, Juan tiene novias…

—¡Mamá! Dile que deje de cantar eso. Julia, eres tonta.

—¿Se puede saber qué pasa?

domingo, 19 de febrero de 2012

Vagón Restaurante. Arabesque

Juraría que, mientras miraba absorto por la ventanilla y apuraba uno de mis últimos cigarrillos, alguien empezaba a tocar el primer arabesque de Debussy. Hubo un tiempo en que me despertaba todas las mañanas con esa música, ya en la universidad, y entonces sólo podía pensar en Elisa. Las dos del vagón restaurante también me hacen pensar en Elisa. Y la madre de los dos niños del 37. Todo recuerda a Elisa, aunque hace días que no veo su fantasma.

Al entrar en el vagón 88 he visto un hombre de hombros prominentes y brazos excesivamente largos apoyándose en las notas como un orangután se apoyaría de rama en rama. Un pasajero le miraba tocar perplejo, quizás como miraba yo antes a través de la ventanilla. Debussy solía ser magnético. Pero el pianista mueve la cabeza como si estuviese tocando Rachmaninov. Aporrea las teclas de rama en rama en lugar de acariciarlas. Elisa se ha esfumado de mi pensamiento y he tenido que salir corriendo a vomitar al baño.

jueves, 16 de febrero de 2012

Vagón Restaurante. Coordenadas ortogonales

Al otro lado del vagón, en un asiento aproximadamente simétrico bajo unos ejes de coordenadas ortogonales, hay una rubia que me mira. Está como un queso de Burgos. Me mira y habla con su compañera de algo que ignoro pero que me gusta imaginar. Se ríen y vuelven a mirarme. Tengo que empezar a olvidar a Elisa. 

viernes, 20 de enero de 2012

Vagón Restaurante. La primera vez

A Ester le han gustado las caricias de Marta frente al espejo y a Marta le ha gustado acariciarla. Luego Ester se ha vestido y ahora están las dos frente a frente en una mesa del vagón restaurante. Ester unta una tostada con mantequilla y se la acerca a Marta. Marta unta otra tostada y se la tiende a Ester. La mojan en el café con leche y se la comen mirándose con dulzura. Va a ser su primera vez. Cuando vuelvan a su vagón. Pero no tienen ninguna prisa.

Marta siente un deseo tierno y piensa en cuánto placer será capaz de arrancar del cuerpo de Ester y en cómo Ester exteriorizará ese placer. Ester, por su parte, siente emoción por el cuerpo de Marta. Será su primera vez y no siente ningún temor. Será fácil, mirarse, desnudarse, abrazarse y dejarse llevar.

Untan otra tostada con mermelada y se la intercambian.

Al acabar su desayuno, cruzan cogidas de la mano el vagón restaurante, saludan con su mejor sonrisa a una señora y dos niños sentados en otra mesa y avanzan hacia su vagón saludando a todos los viajeros con los que se cruzan. Y en las plataformas vacías entre vagones se arrinconan la una a la otra, se achuchan, se besan, se ríen… 

sábado, 14 de enero de 2012

Vagón Restaurante. Ectoplasma

Llevo semanas desquiciado. Supuse en un primer momento que habían sido los gritos de esos dos críos los que me crisparon, pero más tarde, en mi vagón, indagando en la grieta, me di cuenta de que era mi pasado con el fantasma lo que me hizo reaccionar de ese modo. Tenía que haber hablado con ella cuando la coca-cola y los cigarrillos, tenía que haberme atado a su etérea figura y no separarme otra vez como entonces. Ahora el ectoplasma no hace más que hurgarme dentro, con una mano acariciante de dedos incrédulos. ¿Acaso una vida es más importante que la otra cuando son la misma? Nunca debí marcharme. 

martes, 13 de diciembre de 2011

Vagón restaurante. Haciendo figuritas

La señora nos dijo que siempre que hubiera gente delante la llamáramos mamá, que si no lo hacíamos nos obligarían a bajar del tren y ya no jugaríamos más. Yo soy mayor y no se me olvidará, pero Julia es pequeña y tonta, seguro que mete la pata.

El camarero nos ha traído zumo de naranja, leche y tostadas. La señora ha estado hablando con él mucho rato, algo de mantas y de ropa sucia, le ha dicho que ha perdido nuestras maletas y que nos hemos quedado sin ropa. Julia casi lo estropea.

—Yo no tenía maleta.

—Porque tu ropa y la mía iban juntas en la misma. —Menos mal que soy mayor y lo he arreglado. Seguro que Julia, al final, lo estropea todo.

El camarero ha dicho que luego nos llevarán las mantas y recogerán nuestra ropa para lavarla. La señora dice que será divertido, que nos disfrazaremos con las mantas y jugaremos a los fantasmas o los romanos.

Ahora ha propuesto un concurso de figuras con las tostadas: tenemos que irla cortando para comerla al mismo tiempo que dibujamos una figura con lo que queda en el plato. Seguro que gano, estoy haciendo una espada. La señora está haciendo una flor muy bonita, pero ella no gana, ella sólo hace el dibujo para entretenerse. No sé lo que intenta hacer Julia, eso no se parece a nada.

miércoles, 30 de noviembre de 2011

Vagón Restaurante. Ella está aquí

Jamás pensé que fuera posible el milagro de encontrarme con ella en el tren. Pensaba que habría muerto o se habría casado. Pero no, ahí está, comiéndose un sandwich y bebiendo coca-cola. Sería ingenuo por mi parte pensar que ella me reconocería aunque hubiera reparado en mí. Han pasado tantos años y, sobre todo, la certeza de que nuestra relación no fue como para recordar. Sin embargo está aquí, cómodamente sentada, mirando por la ventanilla, absorta en su sandwich y en el paisaje.

Cuando termina de comer, enciende un cigarrillo y mira por todo el vagón como buscándome. Yo para entonces ya me he escondido detrás de un periódico de hace tres semanas. Me daría mucha vergüenza que me reconociera y verme obligado a recordar todo lo que hicimos (y lo que no) cuando teníamos sólo 16 ó 17 años. Joder, éramos unos críos.

Dos cigarrillos más tarde, desde mi periódico caducado, la miro alejarse hacia la cola del convoy. Me pregunto en qué vagón estará ella.