Entra en un vagón

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martes, 5 de junio de 2012

Vagón 21. Podría ser


Podría ser ya verano y la nieve derretirse. Podría ser que Elisa fuera Claire definitivamente. Podría ser que Asile fuera Erialc mirándose a un espejo. Podría ser que el tren se detuviera para siempre. Podría ser que los viajeros saltaran en marcha para enzarzarse con la primavera. Podría ser que no volvieran los fantasmas. Pudiera ser todo mucho más sencillo, natural, fluido como la nieve derretida. Definitivamente Claire. Definitivamente. 

martes, 22 de mayo de 2012

Vagón 21. Ese pequeño bypass de dos horas

En este tren es mejor correr las cortinas para no ver lo que ocurre fuera. El mundo ya no es el mundo. Rodar sobre las vías es ahora la vida, el planeta, la civilización.

Claire tiene un par de horas libres a la semana y nos parece normal a todos. Nosotros, los viajeros, no tenemos que hacer nada al cabo de cada día, mientras ella no puede dejar de atender con sumisión de esclava ni un solo minuto su restaurante. Dijeron que todo iba a cambiar y era cierto. Cambio a peor. Pero solo para algunos.

Ahora, en ese pequeño bypass de dos horas, atajo de la rutina, Claire está desnuda frente a mí. Mientras me besa la cara interna de los muslos, me juro a mí mismo que me pondré un delantal y ayudaré en todo lo que pueda a que este tren sea un poco más acogedor para todos. La llamo Elisa y levanta la cabeza. La llamo Claire y me siento libre de pasados.

La nieve precede al verano. Invariable.

jueves, 3 de mayo de 2012

Vagón 21. Elisa/Claire

He ayudado a la camarera y al doctor a bajar al maquinista y enterrarlo en la nieve. Algunos pasajeros han ido a ayudar al revisor en la búsqueda de comida. Otros han bajado a estirar las piernas, como si el eterno viaje fuese en un autobús de escuela.

El maquinista se ha dormido. Necesitaba descansar, el hombre. Mientras el doctor se ha quedado controlando cómo le baja la fiebre, la camarera y yo hemos podido hablar. Me ha dicho que se llamaba Claire y yo le he respondido que la llamaré Elisa. Su familia era francesa, pero nació en Copenhague. Pronto se trasladó toda la familia a Sudamérica, cuando ella era una cría, así que no sabría decir de dónde es. Y por si no hubiera viajado suficiente, ahora era camarera en un tren condenado al perpetuo movimiento.

Acabamos de conocernos, pero no sabemos cuánto tiempo estaremos parados ni cuánto tiempo tardaremos en volver a parar, así que nos hemos dedicado a tirarnos bolas de nieve como dos adolescentes. En plena batalla, he sentido cómo se me secaba la garganta. Al caer rodando por el suelo nevado sobre Elisa/Claire, nuestros labios se han rozado…

miércoles, 21 de marzo de 2012

Vagón 21. El limbo

Juraría que el tren volaba, pero seguramente ha sido un puente, elevándonos sobre el abismo del infierno. La niebla nos ha cubierto durante unos segundos y he sentido un vértigo mortal apaleándose los intestinos. 

No puedo apartarme de las visiones de Elisa. Está sin estar. Me persigue como un alma del limbo por los vagones, inmaculada, sí, pero sin oportunidad de redimirse. Huí como huiría el diablo y ahora me pide explicaciones, en una playa vacía. Oigo el mar cerca, o puede que sean ondas de radio. No puedo moverme. Sé que estoy en el tren, pero el tren ya no está en la tierra.

No sé cuanto tiempo. Unos rayos intermitentes de sol me han herido las pupilas y me he sentido regresar. Por la ventana veo árboles haciendo repiquetear la luz en los ojos. Elisa en el limbo y yo en este tren que no va a ninguna parte.

jueves, 1 de marzo de 2012

Vagón 21. Muñeco de nieve

No sé si la tormenta de nieve, que no deja ver el paisaje, se derrama dentro o fuera de mi vagón. Es como si mis pies tuvieran que enfrentarse a la resistencia blanca de montones de nieve que obstaculizaran el pasillo. Mis manos están frías de hacer bolas de nieve y tirarlas a contra las ventanillas, o contra las puertas, o contra mí mismo.

Aletargado por una tristeza infinita, me entrego con dedicación a confeccionar un muñeco de nieve, única compañía, hasta que llega el revisor y me mira con cara de pocos amigos. No hay nieve, aunque yo la siento en mis miembros anestesiados. Tampoco he visto entrar al revisor. Es rápido y silencioso, como una serpiente.

Lo más dignamente que puedo me levanto del suelo nevado y vuelvo a mi asiento. Allí, en mitad del pasillo, el cuerpo del muñeco ha empezado a derretirse.

domingo, 29 de enero de 2012

Vagón 21. Tú a Boston y yo a California

Elisa se quedó preñada a final de curso. Y lo que ocurrió en los meses posteriores fue que tú a Boston y yo a California, solo que ella se quedó en España y a mí me mandaron a Inglaterra, a una universidad privada. Me dejé organizar la vida y Elisa nunca me perdonó, en las cuatro cartas que todavía nos mandamos entre septiembre y febrero, que yo no tuviera cojones para enfrentarme a la situación, a mis padres y a los suyos.

Emprendí una huida como sólo se puede emprender a los 18 años. Me desentendí, es cierto, pero ella tampoco sabía lo que hacía. Me enteré que el 10 de febrero, días después de la última carta que me mandó, dio a luz a una niña a la que nunca conocí y nunca sentí como mi hija. Y ya no supe más hasta que la vi en el convoy. 

lunes, 23 de enero de 2012

Vagón 21. Elisa

Se llamaba Claudia, pero la llamaré Elisa. Tenía entonces los labios todavía inexistentes y sonreía con todo el cuerpo para subsanarlo. Yo atesoraba algo más de acné que ella y paseábamos por los pasillos del instituto como quien se esfuerza en levantarse estoico de cada golpe. La adolescencia es un mal que dura cien años, como en mi caso. Nos besábamos a escondidas de los profesores, escondidos en las taquillas sin puertas (cosas del presupuesto) y retozando en el parque, donde nos mandaba a menudo el loco de mates. A retozar. Tiene gracia ahora, cuando se echa de menos.

lunes, 26 de diciembre de 2011

Vagón 21. El gnomo

Esta mañana la he visto de nuevo. Desde mi asiento habitual se ve claramente la puerta del baño que hay en el descansillo entre vagones. Cuando la he visto entrar me he sobresaltado. Ya había perdido la esperanza de verla, convencido de que ya no estaba con nosotros en el convoy. Sin dudarlo, me he apostado a la salida del baño, dispuesto a abordarla en cuanto saliera, dispuesto a recordar deseos que creí olvidados, dispuesto al más que probable rechazo.

Tras pasar unos más que prudenciales 25 minutos, con los nervios crispados, he llamado a la puerta. No contesta nadie. Al conseguir abrirla, me he encontrado con el servicio vacío. Mientras miraba absorto la taza sucia y el lavabo minúsculo, ocupando el acceso, un señor bajito y trajeado se ha disculpado y ha pasado entre mi cuerpo y la jamba, como un gnomo, casi sin rozarme. Ha cerrado la puerta del lavabo en el mismo instante en que se me ha agrandado la grieta que tenía en las entrañas.

jueves, 15 de diciembre de 2011

Vagón 21. No la he encontrado

Desde que la vi en el vagón restaurante el otro día, no he dejado de buscarla. Me he recorrido el tren de punta a punta, embozado para que no me reconociera, espiando los vagones por las ventanillas de los descansillos, sobornando al revisor con las pocas monedas que me quedan para que me dé información. Sin embargo, no la he encontrado.

Es improbable que haya bajado del tren: el mundo que conocimos ya no existe y si estamos vivos es de tren en tren y de estación en estación. Si no, ¿qué haría ella aquí? ¿Se habrá atrevido a volver a pisar un suelo que no sea el de un andén? ¿Habrá cambiado de tren y no volveré a verla nunca? ¿Por qué la estoy buscando con tanta insistencia?

miércoles, 23 de noviembre de 2011

Vagón 21. Dibujo

Este dibujo que he hecho podría parecerse mucho a cualquiera de los vagones. También podría ser éste un tren cualquiera, aunque seguramente nunca lo sea. Hubo un tiempo en que lo fue, pero ahora ya no.

El vagón, como veis, es muy amplio y eso se agradece. No hay motivo para sentirse asfixiado por un reposabrazos que siempre está demasiado cerca, ni por asientos demasiado duros y estrechos. Hay mucha luz dentro, con lámparas a lo largo de todo el vagón. De noche apagan todas excepto las de los extremos, al lado de las puertas. Podría ser otro vagón distinto, peor, pero lo cierto es que no nos podemos quejar. El revisor siempre dice que los que viajamos aquí somos unos privilegiados. Como si él hubiera visto alguna vez en su vida otro tren que no fuera este.

Paramos en la última estación hace al menos dos días. A través de las cortinas pudimos entrever que era terriblemente vieja, herrumbrosa, como si ya nadie quisiera usarla, como si ya nadie quisiera subir a este tren ni a ningún tren, como si evitarlo fuera posible.