Entra en un vagón

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jueves, 17 de mayo de 2012

Vagón 43. Preguntas

Las cosas no van bien en el tren, no sé exactamente lo que pasa, pero hay mucho movimiento por los pasillos y veo a la gente bastante nerviosa. El convoy ha ido dando frenazos y finalmente se ha parado; estamos en un lugar inhóspito, donde parece que no hay nadie salvo algunos pasajeros que han bajado al andén. Algo le ha pasado al maquinista porque veo que lo llevan en brazos y lo acuestan sobre la nieve, no sé por qué harán semejante cosa. A lo mejor está enfermo.

Desde la última visita, que fue aquel hombre de la gabardina, no he hablado con nadie. Mi vagón es una isla de tranquilidad y tal vez estoy demasiado aislada. Si sucede algo a lo mejor debiera salir y preguntar si puedo ayudar.

Pero no me siento capaz, vivo como sumergida en una nube que me abraza y me impide moverme. Me doy cuenta, mirando a través de la ventanilla, de que ha nevado, el campo se ve blanco y algodonoso, la luz es difusa y llena de colores suaves, debe de hacer mucho frío. ¿Dónde estaremos?, ¿adónde vamos? Y, en realidad, ¿de dónde venimos? ¿Qué hago aquí? Demasiadas preguntas para una mente que está sumergida en cloroformo, que no quiere pensar, ni analizar, ni sentir. Que se deja llevar sin más hacia donde el destino haya dispuesto.

Uno de los revisores se acerca al tren con un carro lleno de cestos, parece comida; tendré que salir de aquí si quiero comer algo, desde que el revisor me trajo las galletas María y el botellín de agua, no he tomado nada. De paso me enteraré de lo que está sucediendo y preguntaré si puedo ayudar.

lunes, 30 de abril de 2012

Vagón 43. Un hombre extrañamente misterioso

El hombre se movía con sigilo, iba por el pasillo mirando en uno y otro departamento, como si buscara a alguien. Vestía una gabardina clara que le llegaba casi a los pies, con las solapas subidas hasta las orejas, dejando a la vista su pelo rubio y ralo. Llevaba las manos metidas en los bolsillos; en uno de ellos se marcaba un bulto que bien podría ser la culata de una pistola. Cuando entró en el vagón 43, ella se puso de pie y le dijo, muy enfadada, que aquel era un lugar privado y estaba prohibido el paso.

La miró fijamente, con una sonrisa meliflua en los labios y ojos grises y fríos. Pareció que iba a decir algo, pero cambió de idea y mirando a un lado y a otro, como si buscara de nuevo a alguien, abrió su gabardina y le mostró su cuerpo desnudo, con su pene erecto y tembloroso.

Ella se sorprendió, era lo último que se esperaba; luego le dio un ataque de risa, le señalaba con el dedo y se reía tanto que las lágrimas brotaron de sus ojos. Volvía a señalarle y volvía a reírse.

El hombre la miró sorprendido, aquella alegría fue desapareciendo de su polla, dejando paso a un mísero colgajo de piel morada. Cerró su gabardina, volvió a mirarla, esta vez casi con odio. Y desapareció entre las sombras.

Ella aún se está riendo.

viernes, 13 de abril de 2012

Vagón 43. Como en las películas


Quiso hacer como en las películas, dejó sobre el asiento la chaqueta que hacía juego con sus vaqueros negros, salió al pasillo y cerró cuidadosamente la puerta del compartimento. Aquel lugar era, por ahora, su hogar y no quería que nadie anduviera merodeando por allí.

No había dado dos pasos cuando se cruzó con una preciosa niña, con carita dulce y ademán decidido. No respondió a su saludo, parecía enfurruñada. El tren se movía mucho en aquel momento, subía penosamente la cuesta por una colina verde. Las vacas, blancas y negras, pacían sosegadamente dejando pasar el tiempo.

El pasillo era estrecho y con el movimiento, iba de un lado a otro pegándose contra las paredes. Vaya trajín se traían aquellas dos chicas; estaban solas en el vagón, las cortinillas echadas, pero eso no impedía verlas al pasar perfectamente. Estaban desnudas y se achuchaban. Le dio un escalofrío, hacía mucho que su cuerpo estaba frío, sin unas manos que se pasearan por él.

Volvió a pisar en la plataforma móvil y pasó al pasillo siguiente. Quería llegar al último vagón y contemplar las vías desde la ventana trasera y las nubes moviéndose en el cielo y los postes corriendo en sentido contrario. Como en las películas, enseguida aparecerían los indios montados en sus caballos blancos y el chico bueno vendría a salvarla. 

sábado, 24 de marzo de 2012

Vagón 43. Voy

Los árboles, los postes de la luz y las casitas de tejados rojos se escapaban veloces, no se sabe adónde. En medio del verde brillante, las vacas pacían serenamente sin levantar la cabeza, acostumbradas como estaban al ruido del tren que pasaba por allí cada poco tiempo. La música dulce sonaba por el altavoz del departamento y llenaba el aire de nostalgia. La vida se había detenido un instante en medio de la nada y el todo del espíritu relajado, ausente de lo que inquietara el alma.

Sentado en la red portamaletas el niño me miraba sonriente, tenía en su boca una sonrisa angelical y sus ojos eran trasparentes como aguamarinas de primerísima calidad. Yo lo miraba desde abajo, desde mi asiento. Aquel niño me recordaba a alguien, pero no sabía cómo había podido entrar en mi vagón, ni qué hacía allí arriba mirándome. Me puse en pie de un salto, deseaba tomarle en mis brazos y acariciar su pelo. Pero, ya no estaba. Había desaparecido dejando en mí una especie de pena inmensa. Volví a sentarme y apareció de nuevo.

—Es en Italia —me dijo sonriente—, te esperan.

Cuando abrí los ojos, el tren estaba saliendo de un túnel, al fondo se divisaba un ojo de luz que se aproximaba, que parecía absorbernos.

—Voy —le dije

Pero él ya no estaba.

viernes, 9 de marzo de 2012

Vagón 43. ¿Por qué?

Cuando ya habíamos recorrido unos cuantos kilómetros, me di cuenta de que aquello era una huida en toda regla. Miré hacia atrás, las fachadas blancas de las casas, reflejaban el sol y se iban alejando. Pasamos el primer túnel y salimos a la luz del día caminando hacia el oeste. No había nadie en el vagón. Elegí este tren precisamente porque, si lo deseas, puedes viajar en solitario y yo estaba encantada, si precisamente había emprendido este viaje era para estar sola.

Nacho me había pedido que lo dejara todo y Jaime que me iba a dejar si seguía con él. Yo estaba sorprendida porque jamás había pensado dejar nada por Nacho y me extrañaba mucho que Jaime me hablara de abandonarme, precisamente. «Habla conmigo, me pidió» y yo le conté que me acostaba con mi jefe de vez en cuando, que era un tío estupendo en la cama y me gustaba mucho. Me miraba con cara de asombro, aún me da la risa cuando lo pienso. «No sé de que te extrañas, querido —le dije alegremente—, estas cosas pasan y tú lo sabes bien» Pero no es porque él se distraiga, lo de mi jefe; la verdad es que no sé por qué. Me gusta, eso es todo y pensé que era la hora de darme el gusto.

Somos una pareja abierta, independiente. La verdad es que yo no era tan abierta, Jaime sí, él dice que los hombres son diferentes. ¡Ja! Que masculino es eso. Yo no había encontrado un hombre que mereciera la pena, quiero decir: otro. Algunos podrían haber sido suficiente tentación, pero la verdad no me gusta que me digan por dónde tengo que ir, ni cómo, ni cuándo. Tampoco quería una relación, ni nada semejante y yo no tenía nada que ocultar, pero ellos sí. Tampoco me gusta entrar en un bar y sentarme en el rincón más oscuro, o ver a mi chico a horas extrañas, cuando las calles están vacías. Si pensaba que podía gustarme lo suficiente como para repetir la salida y quien sabe si analizar sus cualidades físicas, les avisaba de que no me gusta jugar a la gallina ciega. Ellos sí se escondían: mi mujer, mi novia, mi madre… ¡por dios!

Con Nacho fue sencillo, ni siquiera lo pensé, solo pasó. Me gustaba como olía cuando se acercaba a mí para señalarme algo en el ordenador; también me gusta su buen gusto para todo. Un día me di cuenta de que sentirlo a mi espalda me producía un dulce cosquilleo. Entonces fue cuando lo miré como a un pájaro al que cazar. También cuando afilé mis armas para sitiar la fortaleza. La verdad es que no me hizo falta mucho. A ellos suele resultarles difícil dejar la manzana, cuando una mujer se la ofrece, y yo se la estaba poniendo en bandeja. Para qué perder el tiempo. Tampoco se lo puse fácil. Solo desperté su instinto y dejé que su imaginación trabajara para mí.

martes, 14 de febrero de 2012

Vagón 43. El estupendo primer día

Aquél iba a ser el día. En realidad aún me pregunto por qué elegí ese en lugar de cualquier otro, pero el caso es que fue así. Me duché con mucho cuidado y me miré al espejo. Quería saber si había algo en mi cuerpo o en mi cara que me diferenciara de la mujer que era ayer mismo. Creo que solo una nueva luz en mis ojos me hacía parecer diferente.

Parada delante de mi armario me costó decidir qué iba a necesitar y qué quería llevarme aunque no me hiciera falta. Finalmente metí en mi bolsa ropa interior, unos zapatos gruesos, dos pantalones, una falda y tres jerséis. Las cosas de aseo y mi diafragma. Y por los huecos que quedaban libres fui acomodando un par de libros, mis perritos de loza y la margarita aplastada y seca que me dio el día que nos conocimos.

Sentada en el metro pensé que estaba haciendo un ensayo. Cuando bajé en la plaza, por un impulso que no sé de dónde salió (aquel era el día de las sorpresas), me alejé de la Estación Central. Bajé por el puente al otro lado del río y entré en la Estación del Norte. ¿Adónde vas?, me pregunté sorprendida. No hubo respuesta porque ni siquiera yo lo sabía. Aquel tren tenía algo de mágico, circulaba por paisajes diferentes, tan pronto subía como bajaba y estaba cargado de historias. Y yo quería algo así para mi vida en esos momentos.

Había poca gente en la estación, el hall era amplio y en él había una cafetería de la que salía un rico aroma a café recién hecho. Dudé si entrar a tomar uno, pero no sabía los horarios de salida y no quería perder el tren que saliera primero. En la vía dos uno resoplaba, preparándose para salir. No pregunté cuál era su destino, saqué un billete y me metí en el vagón. Era justo el 43.

Me costó un poco colocar la bolsa en la rejilla del asiento. Elegí el que estaba al fondo del pasillo. Tenía que pensar y a ser posible a solas. Por la ventanilla se veía el río de aguas marrones y algunos edificios de cuyos portales entraba y salía gente. Cuando el pitido avisó que ya partíamos, mi corazón dio un brinco dentro de mi pecho, me iba… por fin iba a marcharme. El convoy dio un tirón, pareció que arrancaba, volvió a pararse y tiró de nuevo, como si le costara dejar la estación e iniciar el viaje.

Y así fue como empezó el mío hacia una vida nueva.