Entra en un vagón

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lunes, 21 de mayo de 2012

Vagón 44. Moebius

Sin saber cómo, Yamila volvía a estar sentada en su departamento, con Pelusa en los brazos. Si hubiera sido un gato habría ronroneado. Procuró alejar de su mente la idea del gato. No le apetecía materializar otro bicho del que hacerse cargo. Obtenerlos era sencillo, pero deshacerse de ellos resultaba imposible la mayoría de las veces.

Pelusa saltó de su regazo, encogió de repente y se coló debajo del asiento. Se había abierto la puerta del compartimento de Luz y una oscuridad antinatural invadía el rectángulo de pasillo sobre el que debían haberse proyectado los rayos lechosos de aquel sol de invierno oculto tras las nubes.

Sí, debían de haber parado. Esa vez no se levantó, ni la mujer de negro cerró los ojos. Continuó comiéndose el pasado.

viernes, 18 de mayo de 2012

Vagón 44. Hágase la luz

Yamila acarició a su pelusa negra. En realidad no era una pelusa. En realidad no era nada. Había visto, mucho antes del tren, una película de dibujos animados en la que aparecían pequeñas motas de polvo con ojos. Le gustaron, quiso una y la obtuvo. Se le daba bien obtener cosas.

La pelusa no tenía nombre pero Yamila la llamaba Pelusa. Con mayúscula. Se sabía mayor para mascotas y poco recomendable para madre, pero le había cogido cariño. Fuera del tren, Pelusa vivía de manera independiente. Dentro necesitaba que Yamila la protegiese de los demás. A aquellas motas de polvo no les gustaba la gente. Se asustaban y tendían a desaparecer. Pelusa, además, replicaba las emociones de Yamila. Si la niña dejaba de prestarle atención, Pelusa desaparecería.

Las palmas de Mari Luz también guardaban otras vidas. Dentro de los surcos que le había permitido ver se movían seres muy pequeños. A Yamila le habían parecido reales, aunque no tenía la menor idea de lo que eran. Procuraba no pensar en ellos muy a menudo para no obtener uno de ellos por error.

Pelusa saltó de su regazo, encogió de repente y se coló debajo del asiento. Se había abierto la puerta del compartimento de Luz y una oscuridad antinatural invadía el rectángulo de pasillo sobre el que debían haberse proyectado los rayos lechosos de aquel sol de invierno oculto tras las nubes.

–Tranquila, Pelu. Vuelvo ahora mismo.

Por debajo del asiento asomaron dos ojitos blancos de pupilas negras como las hormigas y Yamila sonrió. Parecía que Pelusa se acostumbraba a aquella otra presencia.

La mujer cerró los ojos en cuanto sintió los pasos de la niña.

–Creo que hemos parado.

Yamila se sobresaltó. Bajo sus pies el tren continuaba con el vaivén monótono que le conocía desde que lo tomara. Tras las ventanas el paisaje pasaba un poco a cámara lenta.

–El tren se mueve.

–Se mueve, sí…

Yamila observó los árboles que raleaban en el exterior. Tenía la sensación de haberlos visto antes.

martes, 15 de mayo de 2012

Vagón 44. Buenos días (2)

–Verá –la niña buscaba las palabras con mucho cuidado–, me gustaría mucho que me dijese el suyo, su nombre. Ya sabe, para estar en igualdad de condiciones.

La mujer sonrió y volvió las manos hacia arriba de modo que la niña pudiera ver sus palmas llenas de líneas marcadas como surcos.

–Tú ya sabes lo que ocurre cuando yo abro los ojos. Sin embargo yo no sé qué has escondido debajo de tu asiento, sólo conozco tu nombre. Creo que en realidad me llevas ventaja.

Los pies de la pequeña bailaban en el aire al compás del traqueteo.

–Eso es verdad.

Las dos se quedaron muy calladas, una frente a la otra. Un rato después parecía que se hubiesen olvidado.

Cuando la niña hizo ademán de levantarse, la mujer reprodujo el gesto como un espejo. Yamila parpadeó, incrédula. Incluso parecía que la otra había menguado para igualar su estatura.

–La gente tiene miedo a la oscuridad. Es absurdo. A mí sólo me asusta lo que se oculta en la luz. La luz es traicionera. La luz produce espejismos y alucinaciones, los fuegos fatuos iluminan caminos falsos que llevan a la muerte.

Yamila volvió a su asiento frente a la mujer.

–Mi nombre, por supuesto, es Luz. Mari Luz; y lo detesto por lo que muestra y por lo que oculta.

En el compartimento de Yamila lo que había escondido bajo el asiento se alteró.

martes, 24 de abril de 2012

Vagón 44. Buenos días

De vuelta del aseo la niña echa una ojeada a la mujer del vestido negro. Ha dejado la puerta de su compartimento abierta. Le gustan las arrugas que tiene alrededor de los ojos. Ella misma no las conserva ya. Ni siquiera cuando hace un gran esfuerzo por sonreír y aprieta los párpados hasta que ve estrellitas blancas como por dentro le salen arrugas.

–Disculpe.

A la mujer de negro le sorprende la interrupción. Le sorprende también el tono adulto de la niña.

–¿Puedo sentarme un momento con usted? –La otra vuelve la cabeza hacia ella pero continúa con los ojos cerrados. Sonríe y más arrugas finísimas se le forman en el rostro, alrededor de los labios descoloridos sobre todo, pero no sólo allí.

–Por supuesto.

–Mi nombre es Yamila.

–Es un bonito nombre.

La niña dudó un momento antes de continuar. Se alisó la falda con mucho cuidado y balanceó los pies sobre el suelo traqueteante. 

sábado, 14 de abril de 2012

Vagón 44. Con los ojos abiertos

Junto a la esquina, a la derecha de la puerta más cercana a la locomotora, la mujer del vestido negro abotonado hasta el cuello ha abierto los ojos por primera vez. Los ha cerrado enseguida. En ese lapso mínimo de tiempo la niña ha sentido una sacudida, la madera del vagón ha crujido y las ruedas han chirriado. Como nadie estaba mirando a la mujer, nadie ha relacionado sus ojos abiertos con la sacudida. Como nadie estaba mirando a la niña, nadie ha visto que se ha pillado la piel de uno de sus pulgares pequeños y tiernos con una de las tablas de su asiento. Ha preparado un doble fondo allí.

Por segunda vez la mujer ha parpadeado. La segunda sacudida también ha durado poco, la niña no se ha herido las manos pero se la ve preocupada. Quizá su compartimento secreto no sea seguro. Si el tren se mueve tanto, es posible que lo que oculta bajo el asiento no esté a salvo. Los golpes no son buenos. Tampoco la ausencia prolongada de luz.

Mientras piensa cómo solucionar holgura y oscuridad pierde su mirada en el fondo opuesto del vagón. Entonces ve los ojos abiertos de la mujer, las pupilas anormalmente grandes, anormalmente negras. Ve cómo la luz del exterior se vierte en ellas y el vagón queda a oscuras durante un momento. No está segura, pero cree que si se hubiera mirado las manos en ese instante no se las habría visto. De hecho, aunque tampoco está segura, tiene la impresión de haber dejado de sentir su cuerpo mientras miraba los ojos negros de la mujer.

En cuanto se asegurase de que había vuelto a cerrarlos recuperaría su manta.

domingo, 1 de abril de 2012

Vagón 44. Racionamiento

La niña volvió del vagón restaurante con las coletas gachas. Había puesto su mejor cara de desamparo, pero no había conseguido lo que quería. La camarera había sido muy amable y muy clara.

–Está todo contado, preciosa. No sabemos cuándo vamos a poder parar y somos muchos. Hay más niños ¿sabes? –señaló hacia los números bajos–. Algunos son bebés.

No es que tuviera hambre. Aún le quedaban provisiones de las que había llevado consigo. Le había dado una parte a la señora enferma, que lo había aceptado todo con mucha naturalidad. Igual que la manta. Sólo quería comprobar si su carita seguía haciendo efecto.

El revisor le acariciaba la barbilla con ternura cada vez que hacía su ronda, las dos chicas con las que se había cruzado la habían mirado con cierta simpatía.

Pero la camarera no le había dado nada.

Ya en su nuevo lugar, más cerca de la señora de los ojos cerrados, se miró las piernas con aversión. Esperaba descubrir algo horrible, pero no, no había crecido. Y si no había crecido debía de haber un motivo para que sus mohines no diesen resultado.

Pasado un rato la camarera, que nunca había llegado hasta su vagón, se acercó deprisa, dejó caer un paquetito sobre su falda y volvió a marcharse.

La niña sonrió mientras guardaba las galletas en una maleta bajo el asiento. La mujer enferma gimió.

Todo volvía a la normalidad.

martes, 20 de marzo de 2012

Vagón 44. Con los ojos cerrados

Me duele. Y hace frío. Y estoy sola. La niña que se sentaba al final del vagón me ha cedido su manta y ahora vive más cerca, pero no lo suficiente. He oído ruidos en el pasillo. El revisor hablaba con alguien, me ha parecido que con un hombre. No me gusta que haya hombres en mi vagón. Por mucho que me esfuerce siempre me dan problemas. Un doctor, un revisor... seguro que un maquinista. Muchos más hombres de los que me gustaría.

Hace unas horas he estado a punto de abrir los ojos. Por eso he hecho el esfuerzo de ponerme una compresa helada sobre los párpados. Ahora la niña pensará que me he puesto peor. Oigo sus pasitos leves cuando se para a observarme a través del cristal de mi puerta. Se asustará, pero no se atreverá a entrar.

Y me duele tanto…