Antonieta se fue como vino… insensata, indispuesta, adentrada en su propia cárcel. Se fue como vino, habiendo descubierto que lo que más buscaba no habría de tenerlo jamás.
El demonio estaba aburrido. Miraba a Camila de reojo, sin siquiera ganas de desnudarla en pensamientos. Se había acomodado la corbata y acomodado el pelo revuelto e ignoraba exitosamente el palabrerío de Camila que desde hacía buen rato se concentraba en las calamidades de quien no siente.
- ¿Ahora a tí qué te pasa? –le preguntó Camilia, cuando notó la indiferencia.
- Nada. Déjame descansar. Vete a dar una vuelta por los vagones. Me enfadas.
Camila se levantó entre ofendida y divertida y se le paró en frente:
- ¿Qué? ¿Te arde el hecho de que la despabilada ésa no hubiera podido sentir ni contigo? No tienes la culpa. Viene llena de pájaros en la cabeza y nomás no se puede concentrar.
- Yo no me detengo en esas tonterías. –El demonio estaba tratando de no levantar la voz, para evitar que a la vez se soltara una tormenta.
- Cuéntame, ¿qué tienes?
El demonio miró a través de los cristales sucios. Cerró los ojos y recordó. Esa nostalgia, tan pesada y a la vez tan reconfortante, tan llena de luz. Daría cualquier cosa por volver a sentir la luz. Antonieta lo había arruinado todo. Todo. Estaba convencido cada vez más de que lo que le molestaba de ella era su incapacidad de querer encontrar lo que buscaba. Seguir vagando en el mundo, en los tiempos y las dimensiones, sin volver a ser. ¿Cómo entender tal desvarío?
Camila regresó a los minutos.
- Parece que algo anda mal en el tren. He escuchado en el baño a unas personas decir que se están terminando los víveres. ¿Tal vez por éso no nos movemos? ¿Te has dado cuenta de que no nos movemos? –había un poco de pánico en su voz.
- No me importa. No me incomodes. La que se muere de hambre eres tú a fin de cuentas.
- ¿Tan poco te importo?
- Sólo estoy aquí porque no tengo nada mejor que hacer. En vez de estar ahí parada, ven y siéntate en mis piernas. Quiero sentir tu calor.
- Bueno, pero despacito cuando me sientas, ¿sí? Con este frío no creo que esté muy dispuesta.
El demonio cerró los ojos. Si hubiera podido, hubiese llorado.
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viernes, 1 de junio de 2012
lunes, 16 de abril de 2012
Vagón 18. Ménage à trois
Camila tenía al demonio entre las piernas, cuando se abrió la puerta del vagón.
–¿Con quién hablas? –le preguntó Antonieta.
Camila la miró de reojo, aún ruborizada por la pasión insatisfecha.
–Con nadie. Yo no le hablo. El que me habla es él.
Antonieta se agachó para seguir la indicación de Camila y descubrir de quién se trataba.
No dijo que no veía a nadie. Ni le importó.
El demonio subió la mirada para mirarle las piernas a la mujer recién llegada. Aún dentro de Camila, embelesado en su poder.
Antonieta se acercó despació al asiento de Camila. Parecía que no pisaba el suelo cuando caminaba. Se mecía con el movimiento del tren, el chaca-chaca de la máquina; el movimiento de la interminable espera por llegar. Llegar... Venir... qué más daba. Era el viaje; las ganas...tantas ganas.
–¿Me dejas a mí un momentito? –susurró Antonieta.
–¿A quién le preguntas? ¿A mí o a él?
–No me importa. Solamente quiero sentir.
Camila se subió aún más la falda y le extendió la mano.
–Y tú, ¡con cuidado! –mirando seriamente al demonio–. No la vayas a asustar. Todavía no sabe lo que es sentir. Habrá que enseñarle poquito a poquito.
–¿Con quién hablas? –le preguntó Antonieta.
Camila la miró de reojo, aún ruborizada por la pasión insatisfecha.
–Con nadie. Yo no le hablo. El que me habla es él.
Antonieta se agachó para seguir la indicación de Camila y descubrir de quién se trataba.
No dijo que no veía a nadie. Ni le importó.
El demonio subió la mirada para mirarle las piernas a la mujer recién llegada. Aún dentro de Camila, embelesado en su poder.
Antonieta se acercó despació al asiento de Camila. Parecía que no pisaba el suelo cuando caminaba. Se mecía con el movimiento del tren, el chaca-chaca de la máquina; el movimiento de la interminable espera por llegar. Llegar... Venir... qué más daba. Era el viaje; las ganas...tantas ganas.
–¿Me dejas a mí un momentito? –susurró Antonieta.
–¿A quién le preguntas? ¿A mí o a él?
–No me importa. Solamente quiero sentir.
Camila se subió aún más la falda y le extendió la mano.
–Y tú, ¡con cuidado! –mirando seriamente al demonio–. No la vayas a asustar. Todavía no sabe lo que es sentir. Habrá que enseñarle poquito a poquito.
miércoles, 14 de marzo de 2012
Vagón 18. La nostalgia del tiempo
- ¿Cuántas horas han pasado? - preguntó Camila cuando abrió los ojos.
- El tiempo no ha pasado ni por ti ni por mí, Camila.
El demonio tenía espuma en la boca cuando le hablaba de las edades del tiempo. No le gustaba hablar de las dimensiones que lo llenaban de tristeza. La tristeza de quien está solo por propia voluntad y no se ha dado cuenta. La compañía del viajero que cuenta las vías y las va calculando para no sentir el peso del silencio. Le daba rabia… Tanta rabia que Camila pudiera dormir tan tranquila y aún le pareciera que pasaba el tiempo.
Ese viaje eterno, al que no llegaba ni se iba. El demonio suspiró y no encontró las palabras.
- Camilita, Camilita. Me cansas, de verdad. Siempre haciendo esas preguntas; jugando a ser inocente. A no saber.
El demonio casi silbando al son de la locomotora, con los ojos cerrados, acariciándose la barba revuelta y tan llena de Camila. Con la tristeza en las maletas tantas veces empacadas.
- No sé qué horas son, ni mucho me importa. Vuélvete a dormir… Yo te despierto cuando haya llegado el momento por el que estamos esperando.
- El tiempo no ha pasado ni por ti ni por mí, Camila.
El demonio tenía espuma en la boca cuando le hablaba de las edades del tiempo. No le gustaba hablar de las dimensiones que lo llenaban de tristeza. La tristeza de quien está solo por propia voluntad y no se ha dado cuenta. La compañía del viajero que cuenta las vías y las va calculando para no sentir el peso del silencio. Le daba rabia… Tanta rabia que Camila pudiera dormir tan tranquila y aún le pareciera que pasaba el tiempo.
Ese viaje eterno, al que no llegaba ni se iba. El demonio suspiró y no encontró las palabras.
- Camilita, Camilita. Me cansas, de verdad. Siempre haciendo esas preguntas; jugando a ser inocente. A no saber.
El demonio casi silbando al son de la locomotora, con los ojos cerrados, acariciándose la barba revuelta y tan llena de Camila. Con la tristeza en las maletas tantas veces empacadas.
- No sé qué horas son, ni mucho me importa. Vuélvete a dormir… Yo te despierto cuando haya llegado el momento por el que estamos esperando.
jueves, 23 de febrero de 2012
Vagón 18. Demonios en el vagón
Cuando Camila entró al vagón, no se percató de que había olvidado la cordura en la estación central. Tenía la cabeza llena de esos pájaros que cantan sin sentido. Se llevó la mano a la boca para cubrir el bostezo que le provocaba la náusea del cansancio.
Se sentó junto a la ventana y miró el paisaje nocturno. El tren hacía crujir las vías disparejas; tantas veces usadas, tan llenas de ires y venires. El puerto había quedado atrás, así como había quedado atrás su vida. Se llevó la mano discretamente al pecho. Aún le dolían las mordidas del apasionante encuentro en el baño de la estación. Un extraño cualquiera; podría haber sido un amigo o enemigo; un simple encuentro de soledades. Se lamió los labios y cerró los ojos. Se imaginó envuelta en la noche, con los recuerdos y el pasado en la maleta y la risa de los viajeros humedeciendo las ventanillas.
El demonio se sentó a su lado y le sobó la pierna. “Camilita, Camilita... ¿Adónde vas tan callada?” Camila se dio cuenta del acercamiento, pero ya estaba acostumbrada. Cuando intentaba alejarse de la vida, el demonio le hablaba de amor. Así era el juego. Así eran las reglas. “Dime, ¿qué es lo que buscas?” No había nunca respuestas a las preguntas. Eran tan sólo eso, preguntas al aire. Camila, distraída por el ajetreo del tren y las preguntas del demonio; con los sentidos todavía llenos del sexo de la estación. “No me hables” le dijo por fin al enervante demonio que le seguía hablando de lado. Y lo miró de frente, por primera vez. “¿A dónde mandaste a la gente que estaba aquí? Apenas me estaba acostumbrando a lo ruidoso de sus risas.” El demonio rió a carcajadas. “Camila, mi amor, aquí no había nadie. Te imaginaste las risas, así como también te imaginaste al hombre con el que estuviste hace rato.” Camila rió con esas risas que uno tiene cuando se ríe de uno mismo. “Eso sí no te lo voy a creer. ¿Te imaginas las cicatrices que me van a quedar de las mordidas que el muy cabrón le dio a mis pechos?” El demonio rió divertido y le metió la mano debajo de la falda. “Camila, en este vagón estamos solos. Vamos a repetirlo.” Camila tuvo que reír al darse cuenta de que reconocía la textura de la caricia. Le cayó el veinte antes de llegar a la primera parada. Titubeó por un instante. “Bueno, pero esta vez no me muerdas.”
Se sentó junto a la ventana y miró el paisaje nocturno. El tren hacía crujir las vías disparejas; tantas veces usadas, tan llenas de ires y venires. El puerto había quedado atrás, así como había quedado atrás su vida. Se llevó la mano discretamente al pecho. Aún le dolían las mordidas del apasionante encuentro en el baño de la estación. Un extraño cualquiera; podría haber sido un amigo o enemigo; un simple encuentro de soledades. Se lamió los labios y cerró los ojos. Se imaginó envuelta en la noche, con los recuerdos y el pasado en la maleta y la risa de los viajeros humedeciendo las ventanillas.
El demonio se sentó a su lado y le sobó la pierna. “Camilita, Camilita... ¿Adónde vas tan callada?” Camila se dio cuenta del acercamiento, pero ya estaba acostumbrada. Cuando intentaba alejarse de la vida, el demonio le hablaba de amor. Así era el juego. Así eran las reglas. “Dime, ¿qué es lo que buscas?” No había nunca respuestas a las preguntas. Eran tan sólo eso, preguntas al aire. Camila, distraída por el ajetreo del tren y las preguntas del demonio; con los sentidos todavía llenos del sexo de la estación. “No me hables” le dijo por fin al enervante demonio que le seguía hablando de lado. Y lo miró de frente, por primera vez. “¿A dónde mandaste a la gente que estaba aquí? Apenas me estaba acostumbrando a lo ruidoso de sus risas.” El demonio rió a carcajadas. “Camila, mi amor, aquí no había nadie. Te imaginaste las risas, así como también te imaginaste al hombre con el que estuviste hace rato.” Camila rió con esas risas que uno tiene cuando se ríe de uno mismo. “Eso sí no te lo voy a creer. ¿Te imaginas las cicatrices que me van a quedar de las mordidas que el muy cabrón le dio a mis pechos?” El demonio rió divertido y le metió la mano debajo de la falda. “Camila, en este vagón estamos solos. Vamos a repetirlo.” Camila tuvo que reír al darse cuenta de que reconocía la textura de la caricia. Le cayó el veinte antes de llegar a la primera parada. Titubeó por un instante. “Bueno, pero esta vez no me muerdas.”
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