Entra en un vagón

viernes, 18 de mayo de 2012

Vagón 44. Hágase la luz

Yamila acarició a su pelusa negra. En realidad no era una pelusa. En realidad no era nada. Había visto, mucho antes del tren, una película de dibujos animados en la que aparecían pequeñas motas de polvo con ojos. Le gustaron, quiso una y la obtuvo. Se le daba bien obtener cosas.

La pelusa no tenía nombre pero Yamila la llamaba Pelusa. Con mayúscula. Se sabía mayor para mascotas y poco recomendable para madre, pero le había cogido cariño. Fuera del tren, Pelusa vivía de manera independiente. Dentro necesitaba que Yamila la protegiese de los demás. A aquellas motas de polvo no les gustaba la gente. Se asustaban y tendían a desaparecer. Pelusa, además, replicaba las emociones de Yamila. Si la niña dejaba de prestarle atención, Pelusa desaparecería.

Las palmas de Mari Luz también guardaban otras vidas. Dentro de los surcos que le había permitido ver se movían seres muy pequeños. A Yamila le habían parecido reales, aunque no tenía la menor idea de lo que eran. Procuraba no pensar en ellos muy a menudo para no obtener uno de ellos por error.

Pelusa saltó de su regazo, encogió de repente y se coló debajo del asiento. Se había abierto la puerta del compartimento de Luz y una oscuridad antinatural invadía el rectángulo de pasillo sobre el que debían haberse proyectado los rayos lechosos de aquel sol de invierno oculto tras las nubes.

–Tranquila, Pelu. Vuelvo ahora mismo.

Por debajo del asiento asomaron dos ojitos blancos de pupilas negras como las hormigas y Yamila sonrió. Parecía que Pelusa se acostumbraba a aquella otra presencia.

La mujer cerró los ojos en cuanto sintió los pasos de la niña.

–Creo que hemos parado.

Yamila se sobresaltó. Bajo sus pies el tren continuaba con el vaivén monótono que le conocía desde que lo tomara. Tras las ventanas el paisaje pasaba un poco a cámara lenta.

–El tren se mueve.

–Se mueve, sí…

Yamila observó los árboles que raleaban en el exterior. Tenía la sensación de haberlos visto antes.

jueves, 17 de mayo de 2012

Vagón 43. Preguntas

Las cosas no van bien en el tren, no sé exactamente lo que pasa, pero hay mucho movimiento por los pasillos y veo a la gente bastante nerviosa. El convoy ha ido dando frenazos y finalmente se ha parado; estamos en un lugar inhóspito, donde parece que no hay nadie salvo algunos pasajeros que han bajado al andén. Algo le ha pasado al maquinista porque veo que lo llevan en brazos y lo acuestan sobre la nieve, no sé por qué harán semejante cosa. A lo mejor está enfermo.

Desde la última visita, que fue aquel hombre de la gabardina, no he hablado con nadie. Mi vagón es una isla de tranquilidad y tal vez estoy demasiado aislada. Si sucede algo a lo mejor debiera salir y preguntar si puedo ayudar.

Pero no me siento capaz, vivo como sumergida en una nube que me abraza y me impide moverme. Me doy cuenta, mirando a través de la ventanilla, de que ha nevado, el campo se ve blanco y algodonoso, la luz es difusa y llena de colores suaves, debe de hacer mucho frío. ¿Dónde estaremos?, ¿adónde vamos? Y, en realidad, ¿de dónde venimos? ¿Qué hago aquí? Demasiadas preguntas para una mente que está sumergida en cloroformo, que no quiere pensar, ni analizar, ni sentir. Que se deja llevar sin más hacia donde el destino haya dispuesto.

Uno de los revisores se acerca al tren con un carro lleno de cestos, parece comida; tendré que salir de aquí si quiero comer algo, desde que el revisor me trajo las galletas María y el botellín de agua, no he tomado nada. De paso me enteraré de lo que está sucediendo y preguntaré si puedo ayudar.

martes, 15 de mayo de 2012

Vagón 44. Buenos días (2)

–Verá –la niña buscaba las palabras con mucho cuidado–, me gustaría mucho que me dijese el suyo, su nombre. Ya sabe, para estar en igualdad de condiciones.

La mujer sonrió y volvió las manos hacia arriba de modo que la niña pudiera ver sus palmas llenas de líneas marcadas como surcos.

–Tú ya sabes lo que ocurre cuando yo abro los ojos. Sin embargo yo no sé qué has escondido debajo de tu asiento, sólo conozco tu nombre. Creo que en realidad me llevas ventaja.

Los pies de la pequeña bailaban en el aire al compás del traqueteo.

–Eso es verdad.

Las dos se quedaron muy calladas, una frente a la otra. Un rato después parecía que se hubiesen olvidado.

Cuando la niña hizo ademán de levantarse, la mujer reprodujo el gesto como un espejo. Yamila parpadeó, incrédula. Incluso parecía que la otra había menguado para igualar su estatura.

–La gente tiene miedo a la oscuridad. Es absurdo. A mí sólo me asusta lo que se oculta en la luz. La luz es traicionera. La luz produce espejismos y alucinaciones, los fuegos fatuos iluminan caminos falsos que llevan a la muerte.

Yamila volvió a su asiento frente a la mujer.

–Mi nombre, por supuesto, es Luz. Mari Luz; y lo detesto por lo que muestra y por lo que oculta.

En el compartimento de Yamila lo que había escondido bajo el asiento se alteró.

domingo, 13 de mayo de 2012

Vagón Restaurante. Otra tostadita

Hacía días que Marta y Ester añoraban la rutina de sentarse frente a frente en el vagón restaurante y prepararse las tostadas la una a la otra. Pero ahora ya ha acabado el racionamiento y se han comido las dos sus tostadas, la una de mantequilla y la otra de mermelada. Se están mirando las dos cogidas de la mano y, de repente, Ester empieza a preparar otra tostada de mermelada. Entonces Marta dice:

-Pero si ya nos hemos comido dos.

-Hoy necesitamos comer muchas calorías porque, con los días que llevamos haciéndolo sólo una vez… Bueno, que quiero que nos pasemos el día dándonos besitos y lo que no son besitos.

Piden otro café con leche para mojar las tostadas y, al acabar, se cogen de la mano para volver a su compartimento pero, al llegar a la primera plataforma de separación entre vagones, Marta mira alrededor y, al no ver a nadie, arrincona a Ester, la abraza, se estrecha contra ella y le da un beso dulce y largo. Al acabar Ester le dice en voz muy baja al oído:

-Te voy a dar una chupadita que te voy a dejar turulata.

Marta se estremece y le pregunta también en voz muy baja al oído:

-¿Ah, sí? ¿Y dónde?

Aprovechando que Marta lleva falda, Ester le pasa la mano por debajo, la busca, le aparta las braguitas y, al encontrarla, le da un suave pellizco:

-Te la voy a dar aquí pero me vas a sentir aquí.

Saca la mano y le señala con el dedo el corazón.

Marta coge la mano de Ester y tira de ella para llevársela corriendo hacia el compartimento.

viernes, 11 de mayo de 2012

Vagón 7. Diario gráfico

Dibujo para el convoy 89 desde el vagón 7, sobre papel reciclado
Estoy enfadada o enfadado, no sé. El sexo es para débiles. El caso es que llevo horas encerrado en el aseo del tren para evitar las miradas de los asientos vacíos, sé que por un motivo u otro no les caigo bien. Hoy no estoy de humor, sólo pienso en salir y dislocar esos cuellos anónimos mientras duermen, qué gran idea, después podría retocarlos a mi gusto, tengo el material suficiente, es más, sólo tengo pinturas en la maleta. Que magnifica idea, ¡esculturas orgánicas!, seguro así por fin conseguiré el reconocimiento que me merezco.

miércoles, 9 de mayo de 2012

Vagón 37. Comer y callar

Estamos todos callados desde que Juan ha dicho lo de su padre. Ni bosque blanco ni nada. Comer y callar, eso es lo que hemos hecho. Hasta le hemos dado las gracias muy bajito al revisor cuando nos ha dado las galletas.

Juan es tonto, no sé por qué se tiene que acordar ahora de su padre. Con lo bien que lo estábamos pasando. Yo me acuerdo de mi madre, pero no quiero llamarla. Y al tío Carlos menos. Juan es tonto.

—¿De verdad quieres llamar a tu padre? —La mujer de los juegos al fin habla.

—Es que… estará preocupado.

—¿Y si te digo que no lo está?

—¿Cómo lo sabes?

—Lo sé. —La mujer parecía estar escondiendo alguna lágrima—. ¿Lo echas de menos? ¿Quieres volver a tu casa?

—No… no es eso. Es que no quiero que se preocupe. Nada más.

La mujer de los juegos está triste. Pobrecita. Juan es tonto. Qué buenas están estas galletas. Y qué tonto es Juan. 

lunes, 7 de mayo de 2012

Vagón 5. Azul

Todo es azul. Un azul tenue, apenas iluminado. No veo nada más, pero me siento protegido. Estoy dentro de una cálida burbuja azul.

Estoy muerto. ¿Esta es la muerte? Tengo un fuerte dolor en la nuca. El estridente pitido de la locomotora resuena desde el centro de mi cabeza y el dolor se multiplica...

¿Pitido? ¿Es lo que escucho? Y el traqueteo... ¿Cómo puedo oírlo, si estoy muerto? Quiero quedarme en este azul...

Pero el azul desaparece de golpe. Y veo un rostro que se inclina sobre mí, con los ojos desorbitados por el asombro:

— ¡Está vivo! ¡Es un milagro!

jueves, 3 de mayo de 2012

Vagón 21. Elisa/Claire

He ayudado a la camarera y al doctor a bajar al maquinista y enterrarlo en la nieve. Algunos pasajeros han ido a ayudar al revisor en la búsqueda de comida. Otros han bajado a estirar las piernas, como si el eterno viaje fuese en un autobús de escuela.

El maquinista se ha dormido. Necesitaba descansar, el hombre. Mientras el doctor se ha quedado controlando cómo le baja la fiebre, la camarera y yo hemos podido hablar. Me ha dicho que se llamaba Claire y yo le he respondido que la llamaré Elisa. Su familia era francesa, pero nació en Copenhague. Pronto se trasladó toda la familia a Sudamérica, cuando ella era una cría, así que no sabría decir de dónde es. Y por si no hubiera viajado suficiente, ahora era camarera en un tren condenado al perpetuo movimiento.

Acabamos de conocernos, pero no sabemos cuánto tiempo estaremos parados ni cuánto tiempo tardaremos en volver a parar, así que nos hemos dedicado a tirarnos bolas de nieve como dos adolescentes. En plena batalla, he sentido cómo se me secaba la garganta. Al caer rodando por el suelo nevado sobre Elisa/Claire, nuestros labios se han rozado…

martes, 1 de mayo de 2012

Locomotora. La granja

Por desgracia hemos parado en un páramo. El doctor y la camarera han bajado al maquinista y lo han enterrado en la nieve, para que le baje la fiebre.

Yo he ido a la única edificación a la vista, una granja cercana, para ver qué encontraba. Era de esperar que estuviera abandonada, pero no ha dejado de sorprenderme encontrar toda esta cantidad de latas y frascos de conservas. Los habitantes de la granja pensaron que sobrevivirían con todas esas existencias, claro, pero no había ni rastro de ellos. Con ayuda de algunos pasajeros hemos traído todo lo que hemos encontrado en la granja que fuera comestible.

El maquinista, cubierto por completo de nieve, ha podido por fin descansar.