Entra en un vagón

sábado, 17 de marzo de 2012

Vagón 37. Nada que deba preocuparme

¿Se puede saber qué pasa? No he dejado de preguntármelo desde que se lo dije a los niños en el vagón restaurante. Los niños discutían por cosas de chicos, nada que deba preocuparme. Pero… ¿se puede saber qué pasa?

Mirando por la ventana he notado algo raro en el horizonte, como si no existiera, como si el paisaje tuviera un fin. Y he sentido una presencia. Me debo de estar volviendo loca.

Al menos en nuestro vagón vuelve a ser de día. No sé cómo ha vuelto la luz. Cuando hemos regresado todo estaba en orden. Quitaremos las estrellas de las ventanas y después las abriremos para que también entre el aire fresco, ¿o será demasiado frío para los niños?

Me parece que el tren avanza cada vez más deprisa. Y el horizonte…

¿Se puede saber qué pasa?

viernes, 16 de marzo de 2012

Vagón 72. Miguel (1)

Por más empeño que pusiera no conseguía dormir. A pesar del cansancio. A pesar del agotamiento físico. Cerrar los ojos, apartar los pensamientos, dejar la mente en blanco … cualquier cosa que intentara solo conseguía empeorarlo.

Sí, la noche iba a ser horrible, como todas las noches, por otra parte.

Es curioso, hay gente a la que el monótono ruido del tren, los susurros de los compañeros de viaje, las respiraciones acompasadas y todo lo demás, llega a inducirles ese adormecimiento previo al sueño.

Pero a mí no, a mí me pone nervioso. 

jueves, 15 de marzo de 2012

Locomotora. Tengo una muñeca vestida de azul

El maquinista está peor. Sigue delirando y queriendo quitarse la ropa. Profiere obscenidades sin ton ni son, entre canciones infantiles. Ayer, en un descuido del doctor, huyó en calzoncillos de vagón en vagón, corriendo como un poseso y cantando el “tengo una muñeca vestida de azul”, a saber por qué. No le hemos alcanzado hasta el vagón restaurante. Estaba ya sin calzoncillos, delante de la pobre y abochornada camarera, bailando como una salchicha en un sartén. Había cambiado de canción. Ahora cantaba “el patio de mi casa”. Los clientes huían como de la peste.

miércoles, 14 de marzo de 2012

Vagón 18. La nostalgia del tiempo

- ¿Cuántas horas han pasado? - preguntó Camila cuando abrió los ojos.

- El tiempo no ha pasado ni por ti ni por mí, Camila.

El demonio tenía espuma en la boca cuando le hablaba de las edades del tiempo. No le gustaba hablar de las dimensiones que lo llenaban de tristeza. La tristeza de quien está solo por propia voluntad y no se ha dado cuenta. La compañía del viajero que cuenta las vías y las va calculando para no sentir el peso del silencio. Le daba rabia… Tanta rabia que Camila pudiera dormir tan tranquila y aún le pareciera que pasaba el tiempo.

Ese viaje eterno, al que no llegaba ni se iba. El demonio suspiró y no encontró las palabras.

- Camilita, Camilita. Me cansas, de verdad. Siempre haciendo esas preguntas; jugando a ser inocente. A no saber.

El demonio casi silbando al son de la locomotora, con los ojos cerrados, acariciándose la barba revuelta y tan llena de Camila. Con la tristeza en las maletas tantas veces empacadas.

- No sé qué horas son, ni mucho me importa. Vuélvete a dormir… Yo te despierto cuando haya llegado el momento por el que estamos esperando.

martes, 13 de marzo de 2012

Vagón 73. Despertar

No se cuanto tiempo llevó dormido. Mi reloj esta parado en la 13:30. En el sueño del que acabó de despertar vagaba por un edificio abandonado. Todo estaba intacto, sin embargo, si alguna vez hubo alguien tuvo que salir muy deprisa. El tiempo se había parado como si se hubiera pulsado la tecla de pause de un dvd. A lo mejor todavía estoy soñando, pero el escenario ha cambiado. Ahora estoy en un tren, eso es evidente, pero no recuerdo haberme subido en él. Registro mis bolsillos buscando un billete que me diga a donde me dirijo. No encuentro nada, solamente mi cartera con apenas 50 euros y mis tarjetas de crédito. Enfrente de mí hay un hombre que no he visto nunca, pero en los sueños todo es posible. Miro por la ventanilla, es de noche, casi no se distingue nada. Examino lo que se puede ver. Segmentos de carretera entre árboles destrozados.

lunes, 12 de marzo de 2012

Vagón 42. El calcetín

El abuelo ha llegado a casa de mal humor. Porque su compañero de dominó le ha reñido. Y con razón: no tenía que haberse doblado al cuatro en aquel momento y facilitado el dómino a los contrarios. A partir de ese momento todo ha transcurrido según la vieja creencia entre jugadores de dominó: si uno de los dos compañeros que forman la pareja comete una quebrada, o sea un error, a partir de ahí las fichas se les pondrán en contra a los dos. Así ha sido: luego todo han sido dobles y fichas cruzadas.

Por eso intenta relajarse. Se sirve un lingotazo de whisky, entra en la habitación del nieto y se sienta frente a la maqueta del tren eléctrico. Mira el discurrir de los trenes pensando en Marta: duda si encender el ordenador para buscar la cámara de su compartimento y comprobar lo que hace. No quiere interferir en su intimidad si está enlazada con su compañera pero a la vez quiere saber que las dos están bien y felices.

De momento se limita a mirar la zona más alejada de la maqueta por donde corre el tren de Marta. Va contando los vagones para localizar su número, el 42, y se detiene ante algo raro que ve unos vagones más adelante, algo que cubre el vagón 37. ¿Eso no es un calcetín? Si será descuidado mi nieto… Va hacia esa zona de la maqueta, coge el calcetín sin detener el tren y lo lleva al lavadero, a la cesta de la ropa sucia.

Vuelve a la habitación del nieto y decide encender el ordenador. Busca el vagón y el compartimento de Marta, lo encuentra y mira. Ahí están las dos figuritas tumbadas de medio lado, desnudas, mirándose a los ojos y acariciándose las mejillas.

El abuelo apaga el ordenador y bebe otro trago de whisky.

domingo, 11 de marzo de 2012

Vagón 16. Obligatoria subida

¡Cómo lo echaba de menos!

Era como… una rotura muy dentro de su organismo, algo que no le dejaba vivir divisando su alrededor con tranquilidad y armonía… A las que, por regla general, estaba acostumbrado. Sentía continuamente náuseas, las típicas que te prohíben comer y desconcentrarte en múltiples tareas inacabadas, las dueñas de tu vida en incontrolables momentos, las que te indican: ¡Oiga, algo falla!

La continua lucha de negación ante lo que sentía le hacía cada día más monigote existencial. –Que no, que no y que no –se repetía–. Y el resultado fue un “que sí” devastador.

Reconocer que tu vida es cómodamente aburrida, carente de suspiros que recargan las ánimas, es el primer paso para iniciar el vuelo hacia una búsqueda sanadora.

Así, tras unos meses con sintomatología clave de incoherencia vital, Kuth cogió tres jerseys, tres calzoncillos, cinco camisetas, tres pares de calcetines finos, un pantalón y una chaqueta, y los introdujo en una vieja mochila roja. En menos de media hora se encontraría en el vagón 16. Por el momento no echaría de menos su Paz: su viaje. Siempre había estado enamorado de las vías. 


Se despidió de su vida, la que englobaba pérdidas gananciales e intrínsecas.

sábado, 10 de marzo de 2012

Vagón 42. Celos

Marta y Ester vuelven de desayunar, entran en su compartimento y Ester cierra la puerta. Se tumba y, cuando Marta se pone junto a ella, Ester, mirándola a los ojos, le dice:

-En el vagón restaurante hay un chico que te mira mucho.

-Sí, ya me he fijado.

-Como eres tan guapa y tienes un pelo tan bonito… Pero yo soy muy celosa y me entran ganas de arrancarle los ojos.

-Si yo sólo te quiero a ti.

-Bueno. Yo también te quiero mucho. Imagínate si te que quiero que, si ahora el tren se parara y nos bajáramos, fuera también te querría.

Marta se ríe y la besa. Luego, Ester sigue:

-Y si estuviéramos fuera del tren me gustaría que lloviera para oler la tierra mojada y andar las dos descalzas.

-O para tumbarnos en la playa y querernos quietas y con los ojos cerrados.

-Pero no te dejaría ponerte en top less.

Marta se vuelve a reír y la vuelve a besar:

-¿Y si nos metiéramos en el agua y nos alejáramos de la orilla?

-Entonces sería yo la que te quitara las dos piezas del bañador.

Marta se vuelve a reír y, antes de volverla a besar, dice:

-Pues eso.

Junta sus labios con los de Ester y empieza a desabrocharle la blusa.

viernes, 9 de marzo de 2012

Vagón 43. ¿Por qué?

Cuando ya habíamos recorrido unos cuantos kilómetros, me di cuenta de que aquello era una huida en toda regla. Miré hacia atrás, las fachadas blancas de las casas, reflejaban el sol y se iban alejando. Pasamos el primer túnel y salimos a la luz del día caminando hacia el oeste. No había nadie en el vagón. Elegí este tren precisamente porque, si lo deseas, puedes viajar en solitario y yo estaba encantada, si precisamente había emprendido este viaje era para estar sola.

Nacho me había pedido que lo dejara todo y Jaime que me iba a dejar si seguía con él. Yo estaba sorprendida porque jamás había pensado dejar nada por Nacho y me extrañaba mucho que Jaime me hablara de abandonarme, precisamente. «Habla conmigo, me pidió» y yo le conté que me acostaba con mi jefe de vez en cuando, que era un tío estupendo en la cama y me gustaba mucho. Me miraba con cara de asombro, aún me da la risa cuando lo pienso. «No sé de que te extrañas, querido —le dije alegremente—, estas cosas pasan y tú lo sabes bien» Pero no es porque él se distraiga, lo de mi jefe; la verdad es que no sé por qué. Me gusta, eso es todo y pensé que era la hora de darme el gusto.

Somos una pareja abierta, independiente. La verdad es que yo no era tan abierta, Jaime sí, él dice que los hombres son diferentes. ¡Ja! Que masculino es eso. Yo no había encontrado un hombre que mereciera la pena, quiero decir: otro. Algunos podrían haber sido suficiente tentación, pero la verdad no me gusta que me digan por dónde tengo que ir, ni cómo, ni cuándo. Tampoco quería una relación, ni nada semejante y yo no tenía nada que ocultar, pero ellos sí. Tampoco me gusta entrar en un bar y sentarme en el rincón más oscuro, o ver a mi chico a horas extrañas, cuando las calles están vacías. Si pensaba que podía gustarme lo suficiente como para repetir la salida y quien sabe si analizar sus cualidades físicas, les avisaba de que no me gusta jugar a la gallina ciega. Ellos sí se escondían: mi mujer, mi novia, mi madre… ¡por dios!

Con Nacho fue sencillo, ni siquiera lo pensé, solo pasó. Me gustaba como olía cuando se acercaba a mí para señalarme algo en el ordenador; también me gusta su buen gusto para todo. Un día me di cuenta de que sentirlo a mi espalda me producía un dulce cosquilleo. Entonces fue cuando lo miré como a un pájaro al que cazar. También cuando afilé mis armas para sitiar la fortaleza. La verdad es que no me hizo falta mucho. A ellos suele resultarles difícil dejar la manzana, cuando una mujer se la ofrece, y yo se la estaba poniendo en bandeja. Para qué perder el tiempo. Tampoco se lo puse fácil. Solo desperté su instinto y dejé que su imaginación trabajara para mí.

martes, 6 de marzo de 2012

Vagón Restaurante. Mirando

Este tren es muy divertido. Da un poco de miedo, pero seguro que todo es un juego. La mujer de los juegos es mágica y hace estas cosas: tan pronto es de día como de noche. Tengo hambre.

Aquí hay mucha gente. Las dos chicas que hemos visto antes acaban de entrar. Siempre se están riendo. Ahora creo que se ríen de ese chico que siempre lleva los ojos muy abiertos, como si se le hubiera perdido algo. Me va a entrar la risa, porque él no deja de mirarlas, creo que le gustan. Y a ellas les hace gracia su cara de asustado, seguro. Juan también las mira. Seguro que también le gustan. La mujer de los juegos no deja de mirar por la ventana. Parece preocupada, a lo mejor es que quería hacer un día menos soleado y no le ha salido. La noche en nuestro vagón le ha salido muy bien, era de oscura…

—Juan… ja,ja,ja. Te gustan esas chicas, ja, ja, ja.

Ya se ha enfadado. Es muy divertido cuando se enfada y no quiere que se le note. Se le juntan las cejas y la boca se le hace pequeñita.

—Tú eres tonta.

—Juan… no insultes.

La mujer de los juegos está rara. Parece como si no nos escuchara. Yo también he mirado por la ventana y no hay nada raro. Tengo hambre.

—Juan tiene novias, Juan tiene novias, Juan tiene novias…

—¡Mamá! Dile que deje de cantar eso. Julia, eres tonta.

—¿Se puede saber qué pasa?