Entra en un vagón

sábado, 3 de marzo de 2012

Locomotora. Fiebres

El maquinista sufre unas extrañas fiebres. El doctor le ha desabrochado la camisa negruzca y le ha auscultado con calma, atento a los sonidos de sus entrañas. Empezó a delirar y a gritar obscenidades por la ventana de la locomotora. Mientras no se reponga no podremos parar en ninguna estación, porque sólo él sabe cómo funciona el tren. Estoy preocupado por los pasajeros. Más que por el tiempo. 

jueves, 1 de marzo de 2012

Vagón 21. Muñeco de nieve

No sé si la tormenta de nieve, que no deja ver el paisaje, se derrama dentro o fuera de mi vagón. Es como si mis pies tuvieran que enfrentarse a la resistencia blanca de montones de nieve que obstaculizaran el pasillo. Mis manos están frías de hacer bolas de nieve y tirarlas a contra las ventanillas, o contra las puertas, o contra mí mismo.

Aletargado por una tristeza infinita, me entrego con dedicación a confeccionar un muñeco de nieve, única compañía, hasta que llega el revisor y me mira con cara de pocos amigos. No hay nieve, aunque yo la siento en mis miembros anestesiados. Tampoco he visto entrar al revisor. Es rápido y silencioso, como una serpiente.

Lo más dignamente que puedo me levanto del suelo nevado y vuelvo a mi asiento. Allí, en mitad del pasillo, el cuerpo del muñeco ha empezado a derretirse.

martes, 28 de febrero de 2012

Vagón 42. La manta

Están desayunando como la primera vez, preparando cada una la tostada de la otra y Ester dice:

-¿Te acuerdas lo que te dije ayer sobre lo de ir a conocer gente? Podríamos empezar hoy.

-Pues cuando subí al tren y lo recorrí buscándote sin saber que te buscaba a ti vi, casi delante de todo, en el vagón 4, una anciana ciega que tejía.

-Iremos a visitarla.

Se cogen de la mano, empiezan a recorrer el tren en dirección a la máquina y, al llegar dos vagones más allá, ven al otro extremo al revisor que las está llamando. A Marta le empiezan a temblar las piernas: subió sin billete y si el revisor la echa del tren y la separa de Ester se le acaba el mundo. Llegan a la altura del revisor y éste las lleva hasta la plataforma de unión entre ese vagón y el siguiente donde nadie les puede ver ni oír:

-Señoritas, les rogaría que fueran menos escandalosas cuando están en sus asuntos.

Marta respira tranquila y promete que lo intentarán. Prosiguen su camino, llegan al vagón 4 y ven, en medio de un montón de gente de pie, a la anciana ciega sentada en un silla y tejiendo. Dicen las dos al unísono:

-Buenos días, señora.

-Buenos días. Acercaos para que os toque la cara y vea cómo sois.

Se acercan, se dejan palpar y la anciana dice:

-¿Vosotras dos sois…?

Deja interrumpida la pregunta pero Marta responde que sí.

-Pues si venís más veces a visitarme os tejeré una manta para que os cobijéis las dos.

Ester le pide permiso, le coge la labor y se sienta en el suelo a continuarla. 

domingo, 26 de febrero de 2012

Vagón 88. La pantera rosa

¿Orient Express? ¿Ha dicho Orient Express?

El pianista asiente como si hubiera formulado la pregunta en voz alta. Este tío está pirado, aunque la opción B es que lo esté yo. Ahora se ha puesto a tocar la sintonía de La Pantera Rosa y se ríe abiertamente, creo que de mí.

tarán tarán...

Lo miro y me sostiene la mirada con descaro, los ojos achicados por la risa.

...tarán...

¿Qué hago yo en el Orient Express?

...tarán tarán tarán...

Nuevamente, parece haber leído mi pensamiento y me señala la ventana con un gesto de su cabeza, adelantando el mentón y sacudiendo de paso su cabellera blanca.

...tarán tarán...

Miro a través del cristal para observar la totalidad del convoy, aprovechando una curva del trazado, y veo un caos tan grande como el que bulle en mi cabeza. No es el Orient Express; el tren está formado por infinidad de vagones de la más distinta factura, desde furgones de TALGO o de AVE, hasta mercancías y cercanías, mezclados sin orden ni concierto. El mío, un lujosísimo Pullman, es el vagón de cola, el último, porque no se ve ningún otro a través de la puerta trasera.

Un nuevo carraspeo de los altavoces y la voz —esa voz que inevitablemente ha de pertenecer a una preciosa mujer— anuncia que acabamos de salir del túnel que hemos estado atravesando durante más de una semana. Rebobino, porque no recuerdo tal túnel, y pregunto en voz alta, más para mí que para nadie:

—¿Túnel?

A lo que la voz sensual de la megafonía contesta:

—Sí, túnel —y se apaga con un nuevo chirrido de los altavoces.

...tararararán...

sábado, 25 de febrero de 2012

Vagón 42. La rueda

El abuelo, antes de ir a echar su partida de dominó al hogar del jubilado enciende el ordenador porque quiere saber cómo le van las cosas a Marta. Busca el fichero de su convoy pero luego, como sólo recuerda que estaba en un coche cama, tiene que ir recorriendo todas las cámaras de los compartimentos hasta dar con ella. Y cuando la encuentra…

-Sí, seguro que es ella.

La reconoce por la melena rubia y por la perfección del cuerpo. Porque le está viendo la espalda y cómo hunde la cabeza entre las piernas de la otra figurita que, a su vez, asoma la cabeza entre las piernas de Marta.

El abuelo vuelve a decidir dejarlas solas, apaga el ordenador y se va a su partida pensando que cómo puede ser que figuritas tan pequeñas tengan esos ardores.

Porque Marta no se pudo contener. Al oír su nombre y los suspiros de Ester dijo:

-Me estoy muriendo de ganas.

Se puso del revés sobre el cuerpo de Ester y Ester entendió. Ahora están perfectamente compenetradas: es como una rueda de placer que sale de la lengua de Ester, atraviesa todo el cuerpo de Marta hasta su lengua y, desde la lengua de Marta, recorre luego el cuerpo de Ester hasta dar con su lengua.

Y Marta está contenta porque Ester está aprendiendo: de momento le ha clavado las uñas con fuerza; y se le está tensando el cuerpo… 

viernes, 24 de febrero de 2012

Vagón 37. En busca del tiempo real

La mujer ha encendido la linterna tan rápido como ha podido, ¿a quién había pillado Juan? Julia estaba a su lado y el niño está en el otro extremo del vagón.

Luz.

Juan está desconcertado, mira entre sus manos y no hay nada, nadie. Sin embargo está seguro, había alcanzado y sujetado a alguien. Juan sabe que no es posible, que la oscuridad no encierra nada que no exista en la claridad.

La mujer mira por la ventana. El reflejo de los otros vagones sigue inundando el túnel. El túnel del que ya han salido en el resto del tren.

—Nos vamos. Vamos al vagón restaurante, ¿queréis?

A Juan le parece una buena idea.

Fuera del vagón 37 es de día y la luz del sol calienta a todos los pasajeros. En el paso entre dos vagones se encuentran a dos chicas que se abrazan divertidas. Los tres piensan que son muy guapas. Julia las encuentra muy parecidas a su muñeca preferida. De mayor le gustaría ser como ellas.

jueves, 23 de febrero de 2012

Vagón 18. Demonios en el vagón

Cuando Camila entró al vagón, no se percató de que había olvidado la cordura en la estación central. Tenía la cabeza llena de esos pájaros que cantan sin sentido. Se llevó la mano a la boca para cubrir el bostezo que le provocaba la náusea del cansancio.

Se sentó junto a la ventana y miró el paisaje nocturno. El tren hacía crujir las vías disparejas; tantas veces usadas, tan llenas de ires y venires. El puerto había quedado atrás, así como había quedado atrás su vida. Se llevó la mano discretamente al pecho. Aún le dolían las mordidas del apasionante encuentro en el baño de la estación. Un extraño cualquiera; podría haber sido un amigo o enemigo; un simple encuentro de soledades. Se lamió los labios y cerró los ojos. Se imaginó envuelta en la noche, con los recuerdos y el pasado en la maleta y la risa de los viajeros humedeciendo las ventanillas.

El demonio se sentó a su lado y le sobó la pierna. “Camilita, Camilita... ¿Adónde vas tan callada?” Camila se dio cuenta del acercamiento, pero ya estaba acostumbrada. Cuando intentaba alejarse de la vida, el demonio le hablaba de amor. Así era el juego. Así eran las reglas. “Dime, ¿qué es lo que buscas?” No había nunca respuestas a las preguntas. Eran tan sólo eso, preguntas al aire. Camila, distraída por el ajetreo del tren y las preguntas del demonio; con los sentidos todavía llenos del sexo de la estación. “No me hables” le dijo por fin al enervante demonio que le seguía hablando de lado. Y lo miró de frente, por primera vez. “¿A dónde mandaste a la gente que estaba aquí? Apenas me estaba acostumbrando a lo ruidoso de sus risas.” El demonio rió a carcajadas. “Camila, mi amor, aquí no había nadie. Te imaginaste las risas, así como también te imaginaste al hombre con el que estuviste hace rato.” Camila rió con esas risas que uno tiene cuando se ríe de uno mismo. “Eso sí no te lo voy a creer. ¿Te imaginas las cicatrices que me van a quedar de las mordidas que el muy cabrón le dio a mis pechos?” El demonio rió divertido y le metió la mano debajo de la falda. “Camila, en este vagón estamos solos. Vamos a repetirlo.” Camila tuvo que reír al darse cuenta de que reconocía la textura de la caricia. Le cayó el veinte antes de llegar a la primera parada. Titubeó por un instante. “Bueno, pero esta vez no me muerdas.”

martes, 21 de febrero de 2012

Vagón 37. Gallinas ciegas

El revisor me asegura que no estamos en el túnel. Pero yo miro por la ventana y sólo veo oscuridad. Los niños también.

Si hemos salido, ¿por qué nos ha traído una linterna? Lo más importante ahora es que los niños no se enteren de lo que está pasando. No pueden temer al tren, es nuestro único hogar, si también éste les falla…

—¡Niños! ¿Qué os parece si jugamos a la gallinita ciega?

—¡Vale, me pido primer! —A Juan se le da muy bien este juego.

—Muy bien, Julia dame las dos manos.

Rodean a Juan y giran alrededor de él cantando.

—Gallinita ciega, ¿qué se te ha perdido?

—Una aguja y un dedal.

—Pues date tres vueltas y lo encontrarás. ¡Uno, dos y tres!

Ahora me doy cuenta, de los otros vagones sale luz, puedo verlo en el túnel. Si es que esto es un túnel. Dios mío, ¿qué está pasando?

—¡Te pillé! Eres…

domingo, 19 de febrero de 2012

Vagón Restaurante. Arabesque

Juraría que, mientras miraba absorto por la ventanilla y apuraba uno de mis últimos cigarrillos, alguien empezaba a tocar el primer arabesque de Debussy. Hubo un tiempo en que me despertaba todas las mañanas con esa música, ya en la universidad, y entonces sólo podía pensar en Elisa. Las dos del vagón restaurante también me hacen pensar en Elisa. Y la madre de los dos niños del 37. Todo recuerda a Elisa, aunque hace días que no veo su fantasma.

Al entrar en el vagón 88 he visto un hombre de hombros prominentes y brazos excesivamente largos apoyándose en las notas como un orangután se apoyaría de rama en rama. Un pasajero le miraba tocar perplejo, quizás como miraba yo antes a través de la ventanilla. Debussy solía ser magnético. Pero el pianista mueve la cabeza como si estuviese tocando Rachmaninov. Aporrea las teclas de rama en rama en lugar de acariciarlas. Elisa se ha esfumado de mi pensamiento y he tenido que salir corriendo a vomitar al baño.

viernes, 17 de febrero de 2012

Vagón 4. Elvira

Elvira sabe que nunca abandonará el vagón 4. Tiene miedo. Por eso, desde hace ya más tiempo del que vivió en su pequeño pueblo, se conforma con esperar a que llegue buena compañía. Y lo hace ahí, en el vagón 4, sentada en una esquina sobre la maleta de madera de su madre. La espalda bien recta, los riñones a resguardo del frío que se deja ver de vez en cuando a través de las ventanas. Un frío que no entra en el vagón 4, no sea que no pueda salir. No sea que la vieja que teje sentada en la otra esquina opuesta del vagón se lo impida. Como se lo impidió a Elvira.

En realidad, Elvira sabe que lo que le impide abandonar el vagón 4 es el miedo. Lleva tanto tiempo en el tren que teme que su destino no sea el destino que ella esperaba, o no comprenderlo, o que su destino no la comprenda a ella. Tampoco está muy segura, tampoco quiere pensar demasiado en ello. De lo que está segura es de que cometió un gran error cuando llegó al vagón 4. Lo ha pensado mucho y no le queda duda. Además, lo ve todos los días.

Observa a todo el que entra en el vagón 4. Algunos lo cruzan, sin más, y salen por la puerta de enfrente sin que la tejedora se inmute. Otros curiosean, se les nota desconcertados. Está claro que no saben dónde están. Alguna vez tuvo Elvira la tentación de acercarse a alguno y decirle lo que ella supo nada más llegar al vagón 4. Pero entonces siente los ojos de la única pasajera con silla clavados en ella y sabe que debe callar. Aún así intenta ayudar a estas personas si ve que son buenas personas.

Elvira sabe esto de inmediato. Como con la chica que se sentó a su lado, hace poco. A pesar de sus pelos y sus ropas, es buena chica. También la nota perdida, más que perdida, desubicada. Y cansada. Pobre, lo que habrá pasado hasta llegar aquí. Parece no recordar nada. A Elvira le dio pena. Se le escapó un suspiro de súplica a las alturas. Una vieja costumbre. La chica, que pareció ofenderse, ahora duerme aferrada a su mochila. Es tan joven… y está tan cansada… Elvira lanza otro suspiro al techo como…, como si fuera al cielo.