Entra en un vagón

martes, 14 de febrero de 2012

Vagón 43. El estupendo primer día

Aquél iba a ser el día. En realidad aún me pregunto por qué elegí ese en lugar de cualquier otro, pero el caso es que fue así. Me duché con mucho cuidado y me miré al espejo. Quería saber si había algo en mi cuerpo o en mi cara que me diferenciara de la mujer que era ayer mismo. Creo que solo una nueva luz en mis ojos me hacía parecer diferente.

Parada delante de mi armario me costó decidir qué iba a necesitar y qué quería llevarme aunque no me hiciera falta. Finalmente metí en mi bolsa ropa interior, unos zapatos gruesos, dos pantalones, una falda y tres jerséis. Las cosas de aseo y mi diafragma. Y por los huecos que quedaban libres fui acomodando un par de libros, mis perritos de loza y la margarita aplastada y seca que me dio el día que nos conocimos.

Sentada en el metro pensé que estaba haciendo un ensayo. Cuando bajé en la plaza, por un impulso que no sé de dónde salió (aquel era el día de las sorpresas), me alejé de la Estación Central. Bajé por el puente al otro lado del río y entré en la Estación del Norte. ¿Adónde vas?, me pregunté sorprendida. No hubo respuesta porque ni siquiera yo lo sabía. Aquel tren tenía algo de mágico, circulaba por paisajes diferentes, tan pronto subía como bajaba y estaba cargado de historias. Y yo quería algo así para mi vida en esos momentos.

Había poca gente en la estación, el hall era amplio y en él había una cafetería de la que salía un rico aroma a café recién hecho. Dudé si entrar a tomar uno, pero no sabía los horarios de salida y no quería perder el tren que saliera primero. En la vía dos uno resoplaba, preparándose para salir. No pregunté cuál era su destino, saqué un billete y me metí en el vagón. Era justo el 43.

Me costó un poco colocar la bolsa en la rejilla del asiento. Elegí el que estaba al fondo del pasillo. Tenía que pensar y a ser posible a solas. Por la ventanilla se veía el río de aguas marrones y algunos edificios de cuyos portales entraba y salía gente. Cuando el pitido avisó que ya partíamos, mi corazón dio un brinco dentro de mi pecho, me iba… por fin iba a marcharme. El convoy dio un tirón, pareció que arrancaba, volvió a pararse y tiró de nuevo, como si le costara dejar la estación e iniciar el viaje.

Y así fue como empezó el mío hacia una vida nueva.

4 comentarios:

Pedro Luis López Pérez dijo...

Siempre es bueno tomar una determinación y acogerse a los designios del destino cuando buscamos experiencias nuevas y gratificadoras.
Precioso Relato.
Un saludo.

convoy89 dijo...

A veces, cuando un rizo se enreda, mejor que el cepillo es la tijera. Iremos viendo la evolución del vagón 43. : )

midala dijo...

Empezar de cero muchas veces es lo mejor.Un saludo!

convoy89 dijo...

Cortar por lo sano, sí. Muchas veces. Otras no, claro.