Entra en un vagón

martes, 17 de abril de 2012

Vagón 5. Caído del cielo

Ya no hay apeaderos como este, en el que paran pocos trenes al día y el jefe de estación está siempre durmiendo.Un fortísimo tirón me despierta, bruscamente. Siento que, además de salir de un profundo sueño, también me detengo luego de una vertiginosa caída. Y no estoy lejos de la realidad, me lo dicen el arnés y los tiradores que me sujetan por debajo de los brazos y se unen allá, arriba, a la inmensa y colorida lona del paracaídas.

Estoy mareado y confuso. No sé cómo llegué a esta situación, pero me doy cuenta que ahora eso no cuenta. Lo importante es mirar hacia abajo, para ver lo que me espera.

El descenso, ahora, es lento. El paisaje se baña, lentamente, de tonos anaranjados: está amaneciendo. Si no fuera por las circunstancias, me hubiera sentido un testigo privilegiado de las hermosas imágenes a las que, despacio, me voy acercando. La geografía no me resulta demasiado extraña, pero el lugar concreto que puedo abarcar con la mirada es desconocido para mí. Es una zona de montañas, no muy altas, y un espacioso valle, que se adivina muy fértil, irrigado en toda su longitud por un sinuoso río. La nieve resalta, luminosa, en las zonas más altas, a medida que el sol las descubre, pero en el fondo del valle todo es verde.

El paracaídas, a la vez que desciende, va dando un rodeo a la montaña, impulsado, tal vez, por las corrientes de aire que ésta provoca con su altura. Veo muy cerca las paredes rocosas, cubiertas de arbustos nevados, pero la misma fuerza del aire me mantiene alejado, y siento que no hay peligro de estrellarme. Ya casi al pie de la montaña, aparece ante mí una suave meseta, que se extiende a un lado del valle. Y, como delineando el borde, reconozco la cinta plateada de las vías del tren. El trazo se pierde en la oscura boca del túnel, que horada las entrañas de la roca.

Me quedan unos doscientos metros para tocar tierra y calculo que será sobre las vías, a poca distancia de la entrada del túnel. Cien metros... Ochenta... Escucho un rumor sordo, que en principio no reconozco. Cincuenta metros... Es un ruido acompasado... ¡No puede ser! ¡Es un tren! Treinta metros... ¿Será una fatídica casualidad? Caer sobre las vías... ¡para ser arrollado!

La impotencia me domina y cierro fuertemente los ojos, mientras mi voz, musitando una plegaria, se pierde entre el ruido ensordecedor de ese monstruo de hierro, que surge resoplando, avasallante, desde el vientre de la montaña.

4 comentarios:

Cristina Rubio dijo...

Ay que vida tan perra!! Y que bien lo cuentas :))))

convoy89 dijo...

Gracias, Cristina. Esperamos que a nuestro intrépido paracaidista no le pase nada… : )

Fernando Rubio Pérez dijo...

La plegaria no surtió efecto, ¿no?, cachis... Como dice Cristina, muy bien contado. Felicidades.

convoy89 dijo...

Bueno, no se sabe si la sangre llegará al río… a ver qué pasa.